TRES TIEMPOS
tres reseñas por LOVAT
1
Elogiemos
ahora a hombres famosos.
Así tituló James Agee un
extraordinario libro en el que sus textos exploraban los rostros
de los seres anónimos que por todo el pais había
atrapado con su cámara fotográfica. Rostros endurecidos
o amables, míseros o satisfechos, tiernos o despreciativos,
pero, en cualquier caso, fotografiados en un momento de su vida,
en medio de su paisaje, fuera éste la cocina de su casa
o la barra de un bar, o una calle de un pueblo en el que ni
siquiera podríamos imaginar vida alguna. Esos hombres
siguen aquí, cruzándose con nosotros cada vez
que salimos a la calle. Están condenados al olvido porque
no son ni los verdugos ni las víctimas, sino las tablas
del patíbulo: sucios, inertes, tan acostumbrados a que
todo suceda por encima de ellos que ya ni siquiera están
hartos. Son los camareros del bar en el que tomamos una copa
a la una de la mañana de un martes, o los chavales que
empaquetan y sirven hamburguesas trescientos sesenta y cinco
días al año, o los conductores de autobús,
los acomodadores de cine, los vendedores de chucherías
los domingos a la salida de misa, los dependientes de hipermercado
abierto todos los festivos en diciembre, los vigilantes de segurudad...
continúe cada cual la lista como prefiera, y cuanta más
demagogia le eche, mejor, porque será igualmente inútil,
porque no los vamos a salvar ni es nuestra intención,
si ya hemos decidido que eso no es vida y que lo que tenemos
que hacer es vivir la nuestra a costa de tan poca cosa como
es el tiempo y los deseos de esta gente que bien está
donde está, dispuesta a servirnos, que para eso nosotros
somos diferentes y tenemos la mente bien amueblada. Y ellos,
que ya no quieren ascender de su vida de segunda clase a una
de primera, sino que, a lo mejor, aspiran a descender a la categoría
de parias, donde, al menos, les dejarán en paz.
Claro
que ellos no escriben poemas ni novelas, y no parece que a estas
alturas vaya a venir ningún Agee a rescatarlos.
2
¿Alguien
se acuerda de Yugoslavia?
¿Alguien
se acuerda de Fernando Quiñones?
Ojalá
la muchacha a la que esperamos en una parada de autobús
fuese tan puntual como el olvido. Mucho me temo que ya hemos
olvidado el silencio hipócrita con que asistimos a tanta
masacre como tenía lugar en el patio trasero de nuestra
casa, así como los hipócritas bombardeos con los
que, eso nos dijeron, se acababa la cuestión. Siempre
resulta más interesante la nueva guerra, sobre todo cuando
cualquier artefacto puede ser utilizado como arma. Por otro
lado, he podido constatar la casi completa desaparición
de los poemarios de Fernando Quiñones de las librerías,
y parece que sus novelas irán por el mismo camino sin
mucha demora. El tiempo ajusta sus cuentas, y este tiempo le
está cobrando a Quiñones su valor, el valor de
haber escrito siempre desde el compromiso con la literatura,
consigo mismo y con cuanto le rodeó, aquello de lo que
fue testigo o actor, si es que el testigo no es otra cosa que
el actor de la memoria; pero, se me olvidaba, no estamos para
memoria alguna desde hace mucho.
Quiñones publicó Las Crónicas Yugoslavas
en 1997, como respuesta, que no pudo dar en su momento, el tiempo
manda en la radio y esas cosas, a la pregunta que una periodista
le hizo por teléfono durante el climax del conflicto
(bonito eufemismo para nombrar el cruce de masacres), cuando
le pidió su opinión, dado que el había
estado en Yugoslavia en 1980, participando en un congreso de
escritores. Su recuerdo, su opinión, su desesperanza,
han quedado en ese largo poema acerca de una gente que no pretendía
ser pueblo, ni grupo, sino vivir como la ventura le permitiera.
"No es cuestión de serbios, de croatas o de macedonios,
sino de los hijos de puta que hay por todas partes". Imagino
el poema escrito casi del tirón, sin más ritmo
que el de los recuerdos y la rabia, consciente Quiñones
de que ningún otro precisaba, ni más artificio,
ni más poesía para tanta poesía como hay
en él. No pretende exculparse, sino despedirse, quizás
pedir perdón porque nadie lo ha pedido ni lo va a pedir.
También, de alguna manera, él los abandonó
cuando se marchó. Nosotros lo hicimos sin haber llegado
a estar entre ellos. Y es absurdo pensar que los bombardeos
hipócritas bajo el mando de Javier Solana solucionaron
algo. Quedan las aldeas por la noche, y los callejones donde
se mata silenciosamente, uno a uno, y las palizas, y las amenazas
de que todo se repita. Lo único que la OTAN hizo fue
cerrar la puerta del patio, cerciorarse de que no nos manchará
el futuro de los Balcanes, y marcharse a mendigar que le dejen
disparar un poco en Afganistán, que últimamente
no hay muchas oportunidades para la gloria.
Pero yo no soy mejor por acordarme de Yugoslavia y de Fernando
Quiñones. Incluso pienso a veces si no sería más
sensato olvidarme de una vez y para siempre.
3
Celso
Emilio Ferreiro militó en el bando franquista durante
la guerra civil, esa que a más de uno le pilló
estudiando oposiciones, lo que no quiere decir nada, porque
discutir los motivos de nuestros abuelos, de algunos de nuestros
abuelos, a estas alturas carece de sentido; quiero decir, carece
de sentido negar que algunos de nuestros abuelos perdieron la
cabeza por el paso de la oca y la camisa azul, del mismo modo
que algunos otros, más sensatamente, en mi opinión,
lo perdían por el paso de claqué y el vestido
de lentejuelas de las coristas. A Celso Emilio Ferreiro lo encarcelaron
porque su nombre apareció asociado a ciertos galleguismos
extremistas, y sonó la posibilidad de la pena capital,
que no sé por qué recibe ese nombre, si el garrote
vil o la cámara de gas resulta de lo más provinciano.
Pero en dos días se solucionó la cosa y volvió
a pegar tiros, o sellos en una oficina, que eso no queda claro,
dirigidos hacia donde las circunstancias, las suyas, consideraban
conveniente. Años más tarde, Celso Emilio Ferreiro
publicó Longa Noite de Pedra, libro de poemas en el que
meditaba sobre su experiencia de represaliado y supervivente
del exterminio que otro insigne gallego había decretado
para este pais, del que muchos no se libraron por más
que opositaran. Luego, con su equipaje de versos por carta de
presentación, marchó a hacer las Américas
pretendiendo para sí el puesto de prócer de las
letras al tiempo que adalid de la libertad, que, curiosa clarividencia
la de los gallegos, le fue en cierto modo negado por los emigrantes
de por allá, lo que supuso que Celso Emilio Ferreiro
se vengara con un latigazo, también en verso, al que
llamó Viaxe al pais dos enanos. Al menos, logró
salirse con la suya, y Celso Emilio Ferreiro es hoy el patrón
de todos los gallegos que no tienen por tal a Fraga Iribarne,
gallego también y también insigne.
Que
el personaje no es del gusto del reseñista lo habrá
adivinado ya el amable lector, y, por si el amable lector no
se ha percatado, lo que molesta e este pobre reseñista
es la bastardía de las intenciones del prócer,
la falta de sentido crítico para con uno mismo, y la
carencia de percepción de la historia que se muestran
en avatares como el del tal. Casi casi como Lain Entralgo, que
esperó para arrepentirse a constatar que los suyos ya
no mandaban. Pero es que, además, este pobre reseñista
piensa que los versos de Ferreiro no son para tanto, y que una
literatura que ha dado a Manoel Antoni tendría que pensárselo
dos veces antes de proclamar dioses.
Porque, pienso, ni Galicia, ni la izquierda, ni la poesía,
se merecen esto.
LOVAT