|
Si este invierno la nieve puso un mantel callado sobre todo, como en un poema de Pessoa, este verano nos va dejando la sombra del adobe, de cuyo muro cuelgan las jaulas de perdices, como en un poema de Umar Abbas. El estío es la única estación cuya memoria es tan dócil como el queso, capaz de desvanecer la rotundidad inicial que percibimos en junio para diluirla poco a poco nada más asomar septiembre. Nada más beber la pócima de sus días comenzamos a vivir a manos llenas como si sobrase la luz a todas horas sin el sobresalto de la duda. Entonces las fachadas se encalarán con un toque de añil para postularse al mediodía, Córdoba que luce como una perla alrededor de un puente en el río, los poetas que no hacen ruido, la noche de San Juan en una playa encendida, la rotundidad de agosto en Tindouff. Después con el sosiego de septiembre se va difuminando la evidencia. Las aves se abandonan en sus jaulas sobre el muro, las paredes con vocaciones de ocres y limonitas se preparan a recibir con tibieza las tardes presurosas, pero Córdoba continuará luciendo como una perla alrededor del puente, y seguirán siendo verdad los versos de Pessoa y las perdices de Umar Abass
|