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El joven que pasó meses en su cuarto
y luego salió a caminar

por Luisa León

 

 

Suena el despertador, tú no te mueves en absoluto, te quedas en la cama, vuelves a cerrar los ojos. Otros despertadores comienzan a chillar en las casas contiguas. Oyes ruidos de agua, puertas que se cierran, pasos que se precipitan. La calle comienza a llenarse de ruidos. Te levantas un poco más tarde o un poco más temprano que de costumbre. Ya de pie te preparas, como todos los días, una taza de café; agregas, como siempre, unas gotas de leche y un poco de azúcar. No te lavas, apenas si te vistes.

Te sientas en el sillón en donde te quedarás el resto del día.

Alguien va y viene en la casa de al lado: vecinos que apenas has visto tres o cuatro veces en los seis meses que llevas en esa casa. Alguien tose, arrastra los pies, desplaza los muebles, abre cajones. Una gota de agua cae continuamente del grifo. Los ruidos de la calle llegan desde afuera. No sueltas el libro que te has puesto a leer apenas te sentaste en el sillón y del que, a pesar de los ruidos no despegas la mirada. Suenan las doce. Las horas también suenan desde algún reloj gigante en las afueras. Levantas la vista, dejas de leer, pero no leías ya desde hace mucho rato. Pones el libro abierto junto a ti, sobre la mesita. Extiendes el brazo, sorbes el último trago de café: apenas tibio, demasiado azucarado, un poco amargo. Tu mirada ahora está dirigida a la ventana, sigues sin moverte.

Estás empapado de sudor. Te levantas, vas a la ventana y la abres. Te diriges al pequeñísimo lavamanos, te refrescas, te mojas la cara, el cabello, la nuca.

Retrocedes y de nuevo te sientas en el sillón.

 

Te das cuenta que hace mucho que no sales quizá en meses, semanas… quizá sólo unos días que parecen demasiado largos, pero lo más probable es que hayan sido semanas en las que has salido muy poco si a caso a dar algunas caminatas por caminos no predestinados. Permaneces en tu pequeña casa, sin comer, casi sin moverte, casi sin leer. Miras la palangana, la repisa, la taza de café, la computadora que raras veces usas. Escuchas los ruidos de la calle, la gota de agua en el grifo, los ruidos de tu vecino, sus carraspeos, los cajones que abre y cierra, sus dolorosos accesos de tos, el sonido de su microondas cuando avisa que ya calentó. Observas, el itinerario inútil de una mosca, la grieta que está en la pared que parece ser un poco más larga.

No sabes con certeza desde cuándo estas así. No lo sabes.

Algo se rompía, algo se ha roto. Pero eso tú ya lo veías venir. Era algo que venía sucediendo desde hace tiempo, que se presentaba inminente, aunque no sabías bien que era o por qué. Pareciera una preparación a algo más. Pareciera una obscena premonición.

A ratos te quedas leyendo, a ratos viendo por la ventana. De pronto es como si estuvieras de nuevo en casa de tus padres cuando llegaba la lluvia y no salías de casa, cuando apenas salías de tu cuarto.

Ahora lees en voz alta, siguiendo con el dedo las líneas del texto, como los niños, hasta que las palabras pierden sentido, la frase más simple se vuelve incompleta, caótica. Llega la tarde. Estas sólo en tú pequeña casa. No enciendes la luz y te quedas inmóvil, sentado en el sillón frente de la ventana, con el libro entre las manos, ya sin leer, oyendo apenas los ruidos de la casa, el crujir de las vigas, de los suelos, la tos del vecino. Pero estás en tu pequeña casa en ese sillón del que raras veces te levantas y que se ha vuelto el centro de tu mundo.

En un movimiento que no esperabas, y que quizá haces mecánicamente, tomas la computadora, pero no revisas ningún correo o página personal, hace mucho que no lo haces ni te conectas para hablar con alguien. Tu celular ya no tiene carga: ya no revisabas los mensajes ni contestabas las llamadas. Poco a poco o de golpe dejaste de comunicarte con tus amigos. Primero dejaste de ir al café y al bar de los sábados en los que siempre alguien te esperaba, en donde había un asiento destinado para ti. También dejaste de revisar tu correo electrónico. Ya no importaba si había algo que revisar, ya no importaba las páginas sociales y los mensajes de tus amigos, indagando tu paradero emocional. Lees los mensajes y los ignoras.

Te quedas sentado en el sillón. Miras el techo y descubres las grietas, las manchas, lo sucia que esta el dintel de la ventana, la grieta que no sabías que tenía. No tienes ganas de ver a nadie, ni de hablar, ni de pensar, ni de salir, ni de moverte. Te quedas en casa como lo has venido haciendo hace días, tal vez meses.

Ese día, o quizá desde antes, descubres sin sorpresa que algo no funciona. Para decir las cosas directas, descubriste que no sabes vivir, que no sabrás jamás.

En cambio lees noticias, el periódico, sección por sección. Lees meticulosamente. No puedes evitar seguir las líneas con los dedos por encima de la pantalla de la computadora. Abres otras páginas de información que hacía mucho no veías, que en algún momento decidiste no ver más. Pero vuelves a leer, no sabes por qué, no es que importe. Notas y notas de información pasan por tus ojos, un excelente ejercicio:

Una balacera que inició en calles de la colonia Villas del Rey, al norte de la ciudad generó una gran movilización policíaca ya que un grupo de sujetos armados abrieron fuego por más de 5 minutos en contra de elementos de la Policía Estatal Única…Un hombre fue hallado muerto en una brecha entre matorrales cerca del presón, pasando toda la Avenida Nueva España. El cuerpo se encontraba envuelto en una cobija… Reportes de inteligencia indican que la organización delictiva denominada La Barredora, es encabezada por Christian Arturo Hernández Tarín y Eder Jair Sosa Carbajal, alias El Cremas, actualmente este grupo se disputa el control de la plaza del puerto de Acapulco contra el grupo denominado Cártel Independiente de Acapulco (CIDA)…   Cientos de manifestantes con escoba en mano marcharon esta mañana por Wall Street en la ciudad de Nueva York luego de que la ciudad anunció la postergación de la limpieza del Parque Zuccotti en donde han estado acampando desde el 17 de septiembre. Los manifestantes gritaron "¿Cuáles calles? Nuestras calles!" y "Todo el día, toda la semana, ocupen Wall Street" mientras agitaban sus escobas y avanzaban hacia Wall Street. En un comunicado, la embajada de Estados Unidos en México informó que estos servidores públicos fueron entrenados para el uso de armas, que portarán a partir de ahora y se integrarán a la nueva Administración General de Auditoría de Comercio Exterior . ... Pero tú permaneces sentado en el sillón de siempre.

Todo esto ya no significada nada para ti, te has detenido. La situación es incómoda. Además lo sabías, o bien deberías haberlo sabido, tomar tus precauciones; sin embargo, y esto recientemente lo descubriste, decidiste ignorar. Nunca hay que darse la vuelta, detenerse, al menos no tan bruscamente, de lo contrario todo se rompe, todo se vuelve desorden. Sigues sentado en el sillón. Empiezas a adormecerte. Te preguntas si alguna vez viste alguna fisura, alguna señal de algo que se empezara a romper. Ese deseo permanente y constante de dejar de oír, de ver, de hacer, de permanecer sin hablar y sin moverse, los deseos irracionales de una completa soledad. Nada te afectaría jamás.

Persona sentada en su sillón frente a la ventana. Sol en la cara, un día por la tarde. Libro abierto a su lado. Computadora prendida en sus rodillas. Cabello despeinado, mirada ausente, vida detenida. Nada te afectaría jamás.

Sabes bien que llegado hasta aquí no necesitas alguna excusa o justificación, ni remordimientos, ni nostalgias. No rechazas nada, no repudias nada. Has dejado simplemente de avanzar, pero hacía mucho que no lo hacías. Decides no seguir adelante. Sabes que has llegado no hay razón de seguir e ir más lejos ¿para qué? Fue suficiente un día en donde hacía demasiado calor y el aire no funcionaba, las inapropiadas palabras de un texto que ya no lograba tu atención, una taza de café un poco frío, el silencio de tu pequeña casa, una tarde que además de caliente era estúpida y hostil, una tarde como todas, para que algo se rompiera, se alterara, se deshiciera y apareciera como un rayo de luz en la oscuridad de tu casa esta verdad decepcionante, triste y ridícula, pesada e interminable: no tienes ganas de continuar, ni de defenderte, ni de atacar.

No tienes ganas ni de establecer un diagnostico de lo que ha pasado, porque quizá no ha pasado nada. Quizá eso que por un momento podría parecer una cambio no lo es, sino que siempre has sido así y hasta ahora ves el vaso desbordarse. Lo dejas así. Sabes que no hay nada que hacer, que no puedes volver atrás.

Van a ser las diez o quizá las doce de la noche. Cómo estar seguro que has oído bien. Es tarde. Es temprano. El día cae, la noche nace. Los ruidos no cesan jamás por completo. El tiempo no se detiene jamás totalmente, ni siquiera cuando es ya imperceptible, cuando nadie voltea a verlo. Sales de tu casa, caminas y no te detienes no preguntas por el camino. No tienes porque. No te perderás. No tienes ya ningún gesto, no es algo premeditado, es sólo que hace tiempo que ya no tienes ninguno. En la medida en la que avanzas el ruido se va desvaneciendo. Buscas un horizonte, pero lo haces en vano: no hay nada, y esto no te sorprende del todo.

Tienes planeado irte de la ciudad; no te vas a la aventura. Vas a casa de tus padres, cerca del campo en donde pasaste tu niñez. Un pueblo un poco muerto. El paisaje te inspira muy poco. La paz de los campos no te conmueve, el silencio del pueblo no te irrita ni te apacigua. Raras cosas te fascinan.

No deseas nada. Esperas, hasta que ya no haya nada que esperar. Deambular, dormir. Dejarte llevar por las multitudes, por las calles. Seguir las vías del tren, los caminos desiertos, los ríos. Perder el tiempo. Salir de todo proyecto. Jamás iniciar ningún proyecto, alejarse de toda impaciencia. Estar sin deseo, sin resentimiento, sin rebeldía.

Con el paso del tiempo se te ha presentado una vida inmóvil, sin crisis, sin desorden. Pareces tener equilibrio. Minuto tras minuto, hora tras hora, día tras día, semana tras semana. Cada vez que das otro paso, algo está por empezar, algo que no terminará jamás: una vida inmóvil, anulada, sin desorden. Tu vida que empieza.

Te diste cuenta que con el paso del tiempo te desprendes de todo, te alejas de todo, no hay apego ya a nada. Descubres, a veces con el entusiasmo de un niño, que eres libre, que nada te pasa, ni te gusta ni te disgusta. Has entrado ya a una vida sin desgaste, de instantes puros, de una felicidad casi perfecta. Experimentas una tranquilidad profunda. Vives en un vacío lleno de promesas y del que no esperas nada. Eres invisible, transparente. No existes ya. Sin darte cuenta, o dándote cuenta perfectamente, dejaste lentamente o de golpe la existencia. No fue una decisión premeditada, no lo planeaste. No estás del todo seguro pero algo te dice que has llegado. Algo te dice que al pasar de las horas, los días, las semanas, el sillón, la ventana, las tazas de café, el río del tiempo, el rumbo de las cosas, tú sobrevives, sin alegría, sin tristeza, sin futuro, sin pasado, así, como si fueras un perro o una hoja suspendida en el viento, una piedra.

Un nuevo aire reanima tu caminata. Das vuelta, pasas por un callejón y sigues caminando. Transitas por calles oscuras y de pronto te ves, te ves observándote. No puedes escapar a tu mirada que parece escrutarte como si te vieras reflejado en un espejo. Tu mirada te sigue a todas partes. De pronto todo parece tomar otro rumbo. Te parece que estas dormido y que no te dejarán despertar jamás. No estás muerto. Te das cuenta que vas sólo y a la deriva. No tenías previsto esto, como podías. Te enfrentas con calles desiertas y mal iluminadas, bancas vacías, fuentes secas, plazas sin gente. Ya no sabes en dónde estás. Te preguntas a dónde es que has llegado.

Sin embargo decides no romper el círculo encantado de la soledad. Estás solo y no conoces a nadie; no conoces a nadie y estás solo. Te has vuelto un fantasma, transparente. Fantaseas con la esperanza de los encuentros improbables. Te repites: ¡Libre como un piedra, como hoja suspendida en el viento¡ ¿ Libre como una piedra, como una hoja al viento?

Pero no hubo salida, ni milagro, ni verdad alguna. No quedaba nada. Parecías llegar al final de todo. El termino de aquella ambigua trayectoria que había sido tu vida durante esas horas, esos días, semanas, quizá meses en los que habías decidió no salir, aislarte, desde aquel día sofocante en el que todo exploto, en el que todo se detuvo, de aquella búsqueda indecisa que no te había llevado a ninguna parte, que no te había enseñado nada. Y quizá por eso rectificas, reflexionas y decides no ir a casa de tus padres. Para qué. Sigues caminando. Te das cuenta hagas lo que hagas, vayas donde vayas, lo que ves no tiene importancia, lo que haces es en vano, lo que buscas es falso. Sólo existe la soledad. Tarde o temprano, te enfrentas a ella, te quedas solo, desconcertado o perdido, desesperado o impaciente. Das vuelta en la siguiente esquina sin que eso signifique que tengas un destino a donde llegar, sigues sólo. Caminas. Cada paso que das es como si te dijeras a ti mismo que todo esto fue así porque así lo has querido, porque así tenía que ser. Necesitas repetírtelo, que era eso o la muerte, y tú no estás muerto.

Ya a estas alturas te das cuenta que tocar fondo no quiere decir gran cosa, y que la indiferencia es inútil. Puedes querer o no querer, ¡qué importa¡ a lo largo de todo tu trayecto el mundo no se ha movido, no ha ocurrido nada, ni un milagro. No has cambiado. La indiferencia no te ha vuelto diferente. No te has muerto ni te has vuelto loco. Sigues.

No sabes cuánto has caminado. Decides dejar que el tiempo haga lo suyo, por qué luchar ahora. Cansado de tanto caminar paras en una banca de una plaza solitaria, esta amaneciendo. Y tú estás sólo en esa banca. Estás en esa plaza a la que nunca habías llegado antes. El tiempo, que se ocupa de todo, ha encontrado la solución a pesar tuyo. Quizá ni hubiera sido necesario que te movieras. El tiempo, que conocía la respuesta antes que tú, ha seguido pasando sin que tú pudieras hacer algo contra ello. Un poco temprano, un poco tarde, en esa banca, como te pasó en el sillón, descubriste que algo pasaba. Te alberga una nueva epifanía: ahora todo vuelve a empezar. Todo empieza, todo continua. Tú tienes que seguir. Tú seguirás.

Tendrás miedo, y esperarás. ¿No habrías sabido siempre que vendría este día?

 


© Luisa León nació en los desiertos de Sonora, México, paso una infancia feliz. Volteó siempre a Tijuana, Baja California, su segunda tierra. Viajo por un par de lugares. Curso estudios de administración y de literatura hispanoamericana. Tomo talleres de música, danza y creación literaria. Su interés por la literatura viene desde su juventud al igual que su pasión por la lectura y escritura, que cultivo a lo largo de sus días. Se construyo como un sujeto con consciencia y así decidió llevar su vida. También se interesó por la investigación tanto literaria como social, relacionándolas lo más posible. Consideró que el mundo de la creación e investigación podría ser el suyo. Hasta aquí vivió una vida tranquila.


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