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Poemas del Libro IV
porPedro López Castañeyra

 

 

ROMA

Nuestro idioma se corrige solo.

Hemos construido la cama y el credo.

Se quejarán las hienas.

Donde el aire aprecia el tacto de la ruina (base, friso)

dividimos el nombre y estamos,

voz por voz, concluidos.

 

No sabemos nada. Somos pequeños.

Como la ropa del mar y la belleza.

 

Un día la luz tercera convence

y se dora el campo y se hace firme

y se peca en secreto de alabanza.

 

Entonces, el campo en olvido

-yo tengo sed, yo tengo hambre, yo tengo nervios-,

sólo contorno, en tela viva dibujado,

deja un gesto alegre,

como tierno, casi feliz.

 

Porque he aprendido a despedirme

como si hubiese vivido mucho

la pequeña ausencia ya no se dilata.

 

Adiós sin vergüenza, sin daño,

que los naipes de colores

vuelan solos.

 

 

SOCIAL (Padre)

 

A lo invisible se accede

chasqueando los dedos,

pagando a un tribunal

para que venda a tus ojos

la prenda rota.

 

Conciencia que delimita

desconoce la pulcritud

de un espacio.

Llagas en el cuello vuelto.

 

Y el día nos pesa como esa tierra sin arar.

Adocenado el hijo; piedras con padre.

 

Caníbal, yo me reseco

la sangre sin fuente

doblando la herencia.

En el plomo de las casitas

de menta habitamos.

 

Me quité en sueños tu bondad.

Frágil, porque no recuerdo,

danzo a tierras desocupadas.

Y es ancho el absurdo y la tristeza,

como un loco en un remolque.

 

 

 


© Pedro López Castañeyra

59ariadna