Paradero del aire
porAarón Andrés
I had a dream, which was not a dream.
The bright sun was extinguish'd, and the stars
did wander darkling in the eternal space...
(Darkness, Lord Byron)
Pensando voy,
por la angostura voy de los senderos
a lomos del torrente en las palabras.
Voy sumando la altura de los dedos
a mis noches de mármol.
(Mahler se entretuvo con ellas
y las notas de Bruckner les urdió terciopelos).
Se hace más tenue
cada jazmín adentro
sobre alientos de púrpura
y el camino que lleva a los pasillos
de la hierba oreada.
Remontando.
Del otero venido y remontando
como acero que flota.
Sin aliento
traspaso cada zenit deseado, pulcro
de las atalayas.
Me encamino al azar como un latido,
un cadáver de agua
hasta el único cauce que se apaga
donde duelen los sauces
y contemplo
(más bien anticipo)
su densa colección de precipicios
y botín de silencios.
Atravieso el sigilo.
Lo atravieso.
Y el afán es el vértigo que produce escucharlos
sobre el muro del aire.
Galopando en los labios
el pasado mira, observa las figuras
de sierpes anotadas
y las sombras se erigen en vapor, en magma
de los sauces numéricos.
Qué bello el cielo.
Qué bello el cielo
inhóspito hace un día.
Qué baño de almanaques se levanta
sobre el azul transido de la tarde.
(Obviamente
las estrellas pretenden olvidar que son águilas).
Puedo oírlas.
Ya respiran las nubes
los perfumes de atrio y arboleda
diluyéndose
como archivos del viento.
Todo un rumor de yedra es la palabra.
Ya no bastan las sábanas de un hogar de medusas.
Compone el día el frasco, la apariencia
de un clamor combinado con praderas humanas.
Es la sombra allanada de antorchas.
Es la llama, su elixir de soles.
Y es la brisa que ondea.
Bella patria.
Arquitectura al límite.
(Parece moribunda, decimal infinito).
Leviatán de silencio todavía
para la voz de silo y de garganta.
Vorágine
sembrada de mis sesgos y mis limos,
a tiempo de mis abecedarios.
Otra paloma herida de violetas errantes.
Y un reloj de los labios
que diría el orate.
Una especie de orilla.
Y un incendio de rosas.
Y un silencio de nadie.
Mío.
Y un silencio.
……………..
Vivir
es un dilema inmenso
para un bosque improbable
habituado a morir
con los brazos abiertos.
Cada espiga que yergue
su elevada sonrisa
de una paz luminosa
se evapora de bruces.
Cada afán es silencio
con aroma de duda.
El colibrí no esconde
sus caricias en llama
cuando vuela hasta el fuego
de los clanes de plumas
y hay un mágico lecho
de culebras que llegan
a olvidar los luceros
con sus manos de tierra,
hojarascas de cuerpos,
ataúdes y dunas.
Porque nadie sucumbe.
Todo el bosque resiste
hasta hallar todo el verso
empapado de dudas
y vivir es un sesgo,
un quizás, una nube.
.................
Lentamente
vas mostrándote en los vados
rematados de avena y recostándote
con el paso del aire
para dejar los prados con las sábanas líberas,
para sentir los oros y durar un poco
semillada de tacto.
Como un rayo inconsciente
apunto las mareas que conducen a los sótanos
y las redes vacías.
Te dibujo tormenta de una acera de músicos
y me siembro en la almohada.
Crisálida vigía y madreselva
de los abrazos pobres.
Nadie lo sabe.
Que el centinela gris de los tumultos
se hospeda en la yedra
y los labios insisten todavía en desnudarte
rodeada de tálamos.
Torreones de umbría a pesar de los lirios.
Como atmósferas tiernas
las caderas se tornan
rebosantes de ti, tuiluminadas
y el recuerdo del quicio es la ventana
de tu olor a cintura
y el destino del árbol.
Quiero inundar tu búsqueda de poros
otra noche de amantes y talleres antiguos
y abandonar los cánticos
por enormes caricias
y quiero
ser feliz sembrándote, oyéndote, amándote
devastada de rémoras.
Así los dedos.
Nuestros.
Tuyos.
Míos.
Así se agolpan como los días frágiles
y la emoción segura que nos abre las puertas
o los dorados huesos sumergidos.
Eres tú y es la rueda, el mito, la memoria
buscando las palomas en tu torso,
el carrusel en llamas de tus labios.
Tu acequia y tu cajón, tu no durmiente
buceando la luz como una llama.
Como el haz de legajos de un limón escarlata,
un apunte de orto
para un mar de caléndulas.
Ahora, por ejemplo.
Ahora
vienes a mí como un adiós de frente.
Desnudo abordo
la senda de Platón sobre tus pechos
y el poema te roza para siempre
emulando el sudor de un escorzo en el agua.
¿Siempre ya?
No siempre: cuando el verso acecha.
Solo entonces
es el tacto tan grande, tan urgente en los brazos
que no sirve la ronda o el capricho nocturno
de las manos profanas.
Así, sin plateas, con el gemido apenas
de una mueca oriunda.
Sin tapujos, ni placeres o atajos
puedo verte, sentirte del silencio
como un telón llamando a la puerta de nadie.
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