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ANTONIO POLO MIRA CON INCERTIDUMBRE AL CIELO
Cada mañana, antes de salir de casa, ejecuto el mismo ejercicio de perplejidad. Llamo a mi perro, le pido que se ponga erguido ante mí, apoyando sus patas delanteras en mi pecho, y compruebo si ya ha crecido lo suficiente como para rebasar mi estatura. Lo tengo decidido: el día en que lo haga, será él quien salga a trabajar. Eso, por supuesto no ha ocurrido nunca, como que las escaleras, el coche, la carretera o el resto de habitantes de mi ciudad no hayan estado ahí nunca, es decir, en su sitio, cuando yo paso o voy pasando, o me aproximo a ellos. Pero, cuántas veces he llegado a sospechar que si las escaleras, el coche, la carretera o los habitantes, por ejemplo, están ahí es porque yo quiero que estén ahí. Y no es que uno se las tome de Dios, o de falso cómitre del mundo, no: pero ahí queda la sospecha. Nada más. Yo voy a mi trabajo. El perro sigue en casa. Me gusta mucho saber que, cuando llego a la oficina, Pedro está por allí. No allí exactamente, pero sí por allí, aunque me digan que está de viaje de negocios en Londres. Para mí, Londres es por allí. Y echo de menos a Rafa, que se fue de la empresa, y debe andar por Córdoba o por Kyoto, es lo mismo. O a Jesús o a David, o a Juan Manuel o a Álvaro, con los que siempre he querido. Todos están por allí. Aunque yo esté visitando a un comercial en Milán o degustando una lubina en un mesón de Langreo. Sólo le tengo miedo a una cosa, pero no sé si es miedo, porque entra en el camino de lo irracional, o tal vez sea un poco más irracional que el resto de mis ocurrencias. A que la nieve cuaje en Madrid y dejen de verse los pasos de cebra. No va a pasar nunca. Siempre habrá quien eche sal al camino, siempre habrá una rodadura de un automóvil. Atesoro, desde el primer día que me fue desvelado, el secreto de la nieve. Bajo su tapiz blanco oculta otra ciudad. Quien la pisa corre el riesgo de quebrarla y pasar al otro lado. Es imperceptible, no se tarda ni un microsegundo de conciencia humana en filtrarse al plano de esa paradoja. Y todo parecerá igual, nada habrá cambiado. Pedro saludará como siempre, los coches avanzarán por la autopista, mi perro seguirá siendo mi perro. Desde el día que junto al mago pisé la calle nevada sé que estoy en otra ciudad, y no deseo que la nieve en Madrid vuelva a cuajar nunca.
2007
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