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EL LABERINTO A R I A D N A - R C . c om c r e a c i ó n l i t e r a r i a
[número venticuatro edición
verano 2004]
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| Lejos
quedan
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© DAMIÁN HERRERO |
| Testamento
(poema 4 – la despedida)
Para Enrique Patterson, de
la Generación Inédita Nadie tendrá problemas con mis restos mortales
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© JULIO SAN FRANCISCO. Cuba, 1951. Poeta, prosista y periodista residente en Madrid. Este texto pertenece al cuaderno recién terminado El séptimo toro de la tarde (poemas escritos en La Habana y Madrid) |
| La
Geometría del vientre Sólo tu vientre I DE nuevo la esperanza en un ir y venir II SERÁ el llanto arremolinado en la noche III Y nada en él será tardío IV Y me intrigaron tus manos V Y nos dijeron que la vida era eso VI AL final pudo ser
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© Nuria Ruiz de Viñaspre. La Rioja, 1969. Finalista en el IX PREMIO INTERNACIONAL DE POESÍA GABRIEL CELAYA Finalista PREMIO INTERNACIONAL SIAL DE POESÍA Semifinalista PREMIO DE POESÍA ACADEMIA CASTELLANO LEONESA DE POESÍA. Ha publicadoEl mar de los suicidas y otros poemas, Huerga y Fierro, 1999 (Madrid), Desvaríos subterráneos, Ediciones Devenir, 2001 (Madrid), Desvaríos subterráneos, Ediciones Globo, 2001 (G. Canaria), Ahora que el amor se me instala, Editorial CELYA, 2003 (Salamanca) con prólogo de Eduardo Mendicutti. El campo de tus sueños rojos, versión bilingüe portugés, Editorial AC Mañana es Arte, 2004 (Madrid). Próximas publicaciones: Habría que matar al viento (Prólogo de Rosa Regàs) y Uterosexual. Revistas: Actualmente trabaja en un sello editorial del GRUPO ANAYA (Juan Ignacio Luca de Tena, 15. Madrid). Pertenece al consejo editorial de Editorial C.E.L.Y.A. (Salamanca). Organiza presentaciones de libros, lecturas, etc. Miembro de jurado en certámenes literarios nacionales e internacionales. Coordinadora de talleres literarios Interviene con producción poética propia en V Jornadas de Poesía Última de la Fundación Rafael Alberti (Cádiz. Puerto de Santa María, Abril, 2003) y en Festival Internacional de Poesía (Ediciones Olifante) Agosto, 2004. Publicación de sus poemas en diversas revistas como Texturas, El otro mensual, Babab, Ariadna RC, Espéculo, RevistAtlántica de Poesía etc... |
| El
miedo es vertical * el título del poema es un verso de Luis Rosales
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© Ana Gorría. Barcelona, 1979.Estudia filología hispánica en la Universidad Complutense de Madrid.Accésit del premio María Isidra de Guzmán poesía por el poemario Clepsidra ( Plurabelle, 2004). Ha sido antologada en Salida de Emergencia (Madrid, nosomoscomodos, 2004) por la productora nosomoscomodos s.a y 22 poetas desde Madrid (Madrid, Eneida, 2004) por Gonzalo Escarpa, coordinador.Colabora con diversas revistas literias como Fósforo, Müsu, Quebrados o Salamandria. Actualmente forma parte del consejo editorial de la Revista de Creación y pensamiento literario Silencios y forma parte del programa Red de Arte Joven de la Comunidad de Madrid además de llevar a cabo diversos proyectos culturales. |
| DESTINO
DESTIERRO AL PARTIR (poema 1 - la despedida) Dicen que lo despojaron
Para José María Heredia,
José Martí, Agustín Acosta, José Ángel
Buesa, Gastón Baquero, Reinaldo Arenas, Severo Sarduy, Heberto
Padilla..., para León Felipe, piedra como yo. El parque madrileño que frecuento El Retiro, Madrid, octubre, 1998
El exilio es una plaza TESTAMENTO DEL DESTERRADO (poema 4 – la despedida) Para Anel de Aguirrebengoa y Jorge de Satrústegui, quienes deberán hacer cumplir estas últimas y pequeñas voluntades Nadie tendrá problemas con mis restos mortales Tiradme en cualquier lugar Barcelona, noche del 9 de enero, 2002 CREDO (poema 5 – epitafio) Lucho LA EMPERATRIZ DE LAVAPIÉS (y la esperanza aparte) a la misma españolita La que pasa definitiva como una ola.
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© Julio San Francisco (Matanzas, Cuba, 1951). Poeta, prosista y periodista. Reside desterrado en España desde 1997 por ser cofundador y codirector de HABANA-PRESS. Estos poemas pertenecen al libro inédito De cuando yo fui poeta de versos libres en Madrid. Tiene escritos, además, Nada y otros cuentos del absurdo, Corto cuento contra Castro (memorias de un periodista desterrado) y 20 mil palabras de viaje substantivo (crónicas del mismo periodista desterrado), todo registrado en el Registro de Propiedad Intelectual. Julio San Francisco no perteneció nunca a ninguna institución oficial de artistas, no participó en ningún concurso auspiciado por el gobierno, no editó ningún libro en editoriales cubanas, no hizo vida literaria en su patria. |
| Primer
vuelo Smeretievo. Aeropuerto de Moscú. 18:30 Los hermanos Wright vuelan hoy conmigo, cercanos, sin alardes, sin concesiones al orgullo o a la lentitud de ideas. Volamos pendientes de las nubes y de los fríos rayos del sol naciente que poderosos salmodian a un auditorio entregado al turbio comercio de ozono y huracanes. Orville señala con el dedo al horizonte y mira a su hermano cómplice de la fuerza de los vientos y del alimento de la verdadera lealtad. Ambos piensan que yo tal vez debiera vigilar el futuro con mayor atención, participar de la evolución de las tormentas y de los cambios en los cúmulos estivales. Yo sin embargo sé que jamás seré capaz de abandonar del todo el suelo y preguntarme por lo que ha de ser más que por lo que ha sido. Desidia de vuelo aerostático lento y meditado a merced de corrientes en chorro, prefiero liberar lastre cuando el cielo me busca y dejarme caer sin premuras ni múltiples programas de actividades concertadas. Wilbur cree que debemos tomar tierra y yo trato de convencerle de que esa pared de altos cúmulos no es el principio de la catástrofe, ni supondrá el desarbolamiento de nuestras almas, aquellas que fletamos para el aire. Otro momento más de presente perfecto, de contemplación severa de amistades y pétreos meteoros sobre fondo añil. No Orville, yo no tengo citas con la historia, deja que permanezca un solo instante más de ciclón tropical y de monzones mientras esa multitud que espera, nos imagina henchidos de vientos y calimas.
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© Pedro Díaz Del Castillo, Mayo 2004 |
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Conocí al hombre en un burdel de Marrakech. Si alguien espera que le dé aquí cuenta de mis costumbres y de por qué las tengo, es decir, que le explique qué hacía yo aquella noche de jueves en aquel lugar, va listo. Digamos que allí estaba y que allí le conocí, y punto. Coincidimos en la sala de espera, mientras aguardábamos a que vinieran las chicas. Aquella casa tenía una bien merecida fama. Material de lo más variado, y siempre de primera calidad. Había, sobre todo, un buen surtido de frutos de la tierra, aunque en los últimos tiempos, y contra mis preferencias personales, la abundancia de clientes extranjeros había movido al dueño a completar el repertorio con un cierto número de francesas, alemanas y europeas del este. Por si de repente a alguien le entraba la nostalgia y deseaba sensaciones más familiares, o una clase diferente de exotismo. Todas estaban bien pagadas, alimentadas y vestidas, y en consecuencia todas se hallaban allí de buen grado. Esto último resulta fundamental, por no decir imprescindible, para sacar adelante un prostíbulo decoroso. Sólo los degenerados y la chusma se avienen a yacer con prisioneras. Y uno acaba siempre teniendo la clase de clientela que su producto merece. Es una ley infalible, que se cumple en cualquier actividad comercial. Mi compañero de espera, sin duda, respondía al perfil del cliente de Chez Abdelkrim (o "La casa del siervo del Generoso", que es como podría traducirse el nombre de aquel modélico establecimiento). Era un hombre que pasaba de los sesenta, pero bien conservado. Nada de desmoronamientos físicos ostensibles, ningún rastro fisonómico de indisciplina moral o de costumbres. Se mantenía erguido, estaba limpio y su indumentaria era la de un caballero, elegante sin ostentación. Tenía el cabello bien cortado y cepillado, entrecano, algo más blanco ya que de su color original, una especie de castaño oscuro. Olía bien, a una colonia que evocaba hierbas aromáticas, tenue. Siempre me fijo en ese detalle. La gente que se permite oler a cualquier cosa inadmisible, ya sea a sudor o a colonia de chulo barato, es gente que se ha perdido el respeto a sí misma y que por tanto está naturalmente incapacitada para tenérselo a los demás. Es gente a la que conviene evitar, y en circunstancias excepcionales, abatir. El olor de aquel hombre, sin embargo, me inspiró en seguida confianza. Hasta tal punto que, transcurridos los primeros y forzados momentos de silencio, consideré oportuno dirigirme a él. Eludí, naturalmente, todas las frases estúpidas que nunca deben pronunciarse en un lugar como aquél, y que sin embargo son las que con desdichada frecuencia uno tiene ocasión de escuchar. Ya saben, frases del estilo de: "¿Viene usted muy a menudo por aquí?". -Diríase que este año el Ramadán está haciendo sus efectos –dije. El hombre me dedicó una reflexiva mirada. Tenía los ojos pequeños, de un gris acerado, profundamente tristes y sin embargo penetrantes. -Cierto –respondió, sin
dejar que el espacio entre mis palabras y las suyas se prolongara un
segundo más, ni menos, de lo que la urbanidad prescribía-.
Normalmente, debería verse esto más concurrido. Aquí el hombre me observó con una reprobación apenas perceptible. Bien encubierta, con estilo, pero no tanto que yo no pudiera advertirla. Mi oficio consiste en unas cuantas tareas de menor cuantía y una sola de verdadera trascendencia: tratar de calar en los deseos y los pensamientos de las personas. -Yo diría que la fe no es una cuestión de fundamentalismo, sino de supervivencia –declaró, con una amable lejanía. Aquello era un desafío, o una prueba, o las dos cosas. Cuando en el curso de una conversación casual, de circunstancias, uno de los interlocutores decide de pronto apuntar a una cuestión profunda y se descuelga con una afirmación sobre la existencia como la que el hombre acababa de soltar, el otro debe constatar que las reglas del juego acaban de sufrir una alteración, que se le invita a un territorio muy diferente, y decidir si le merece la pena o no emprender el viaje. Por lo común, en esas situaciones, rehúyo el esfuerzo. Nadie posee material de verdadero valor acerca de los problemas esenciales de la vida, y quien se entrega a escuchar las meditaciones vitales de los demás tan sólo suele cosechar un manojo de lugares comunes, lecciones mejor o peor aprendidas de maestros más o menos incompetentes y algunos balbuceos personales que raramente tienen alguna gracia y casi siempre carecen de la mínima coherencia necesaria para servir a nadie más que a su propietario. Pero hay veces en que uno, aun a sabiendas de que el ejercicio no puede ofrecer demasiado fruto, siente el antojo de probar. Depende del contrincante, naturalmente, y aquel hombre, no sé por qué, me parecía un oponente prometedor. Así que acepté el reto: -Perdone, pero no sé si le he
entendido. Asentí, sin prisa, meditando lo que iba a responder. Cuando uno entra en harina, hay que jugar en serio. Si no, más vale quedarse fuera. -Ya veo -dije-. Si no le entiendo mal, el hecho de no tener la afición de prosternarme cinco veces al día de cara a La Meca, ni tampoco la de acudir los domingos a comer una galleta de manos de un tipo con sotana, por poner un par de ejemplos, me coloca en la penosa obligación de pegarme un tiro. Mi interlocutor bajó prudentemente la mirada. -Es usted un hombre joven -repuso, sin alterarse-. Y acaso también un hombre al que hasta ahora le ha favorecido la suerte. Disculpe la impertinencia de arrastrarle a esta conversación tan inadecuada. Debo reconocer que en ese momento me desarmó. Completa y absolutamente, como hacía mucho tiempo que no me desarmaba nadie. No sólo por inutilizar con su suave disculpa mi briosa estocada, aunque ése es el tipo de cosas que más detesto, que me dejen en escorzo haciendo el ridículo de golpear al aire. Lo que más me hirió fue que con su cautelosa maniobra me provocaba todavía más que con su observación anterior acerca de la fe. Me expulsaba a un limbo vergonzoso, el que habitaban todos los que desconocían, o no conocían tanto como él, el misterio de la adversidad. Eso era tanto como despertar en mí el deseo irrefrenable de acceder a su experiencia de tal misterio, y de paso me abocaba a doblegarme para poder abrigar la más mínima esperanza de satisfacer mis apetencias. No sé qué era lo que yo perseguía hasta entonces, pero lo que a partir de aquel momento quise, por encima de todo, fue averiguar qué le permitía a aquel hombre humillarme con aquella dulzura. Y comprendí que no podría conseguir mi objetivo por la fuerza, sino con una claudicación convincente. -La suerte siempre es algo más bien relativo -argumenté, procurando resultar torpe tanto en en el fondo como en la forma-. Mal puedo contradecirle, sin saber cuánto y cómo le ha maltratado a usted. E intuyo que me interesaría mucho oírlo, pero imagino que mi juventud le parece una tara irremediable. Se rió, comedidamente. Había entendido. Había visto la bandera blanca y, como un general triunfador, ahora debía decidir si despachaba a un subalterno a tomar posesión del fuerte (es decir, si me largaba alguna evasiva) o si se avenía a estrechar mi mano tras recoger de ella mi sable inútil. Estaba claro que yo lo sujetaba por la hoja y le tendía a él la empuñadura. Predisponiéndome con ello a su favor, tomó el camino de los vencedores generosos: -Su juventud es su privilegio y mi
envidia, naturalmente. Cualquier otra apreciación por mi parte
le serviría a usted para extenderme un certificado inmediato
de incapacidad mental. Pero no puedo creer que le apetezca sacar de
esta velada el relato de las amarguras de un viejo. No es éste
lugar al que suela acudirse para salir cargado con esa deslucida mercancía. Para qué iba a andarme con rodeos ni con pamplinas. Ante aquel hombre se me habían caído de un solo golpe todas las máscaras y había sentido sonar una de esas raras, arbitrarias y preciosas horas de la verdad. -Ahora sólo falta que me pida
perdón –opinó, irónico. El hombre meneó la cabeza. -No sé si le entiendo bien.
¿Tanto le interesa meterse en las pesadumbres ajenas? ¿Espera
quizá algo truculento, escalofriante? Se lo digo porque en ese
caso me veré en la necesidad de defraudarle, salvo que le mienta. En ese momento, aparecieron las chicas. Su irrupción resultó seguramente oportuna. Al menos, a él pareció aliviarle, y a mí me dejó tiempo para pensar. Las chicas representaron para nosotros el ritual familiar que, por no ser el objeto principal de esta narración, me permitiré omitir, y una vez cumplimentado ese trámite, mi compañero de espera y yo nos vimos cada uno acompañado por una gratificante presencia femenina. Yo elegí a Leila, una antigua conocida en quien podía confiar casi sin restricciones, y él a una tal Yvonne, una rubia vagamente centroeuropea. Me decepcionó su elección, preciso es que lo reconozca, pero todo hombre necesita un espacio de debilidad y éste suele estar asociado a sus preferencias sensuales. Nunca debe descalificarse a nadie por eso. -Bien. Ha sido un placer conocerle
y compartir la broma -dijo. Leila e Yvonne nos observaban con una exquisita mezcla de despreocupación y curiosidad. Su oficio, del que eran profesionales expertas, exigía no asombrarse nunca mucho de nada y no parecer nunca completamente indiferentes a nada. Quizá por eso, en Chez Abdelkrim he conocido a una buena parte de las pocas personas sabias que se han cruzado en mi camino. El asombro es la divisa de los ignorantes y la indiferencia el orgullo de los idiotas. El hombre se colocó distraídamente la corbata. Sabía que era un acto innecesario, la prenda estaba perfectamente en su sitio. -Creo que sólo puedo consentir
con ciertas condiciones -dijo. Pedimos que nos dispusieran uno de los salones más discretos y allí nos instalamos con Leila e Yvonne. Estaban pagadas para toda la noche, que es lo que exige el buen gusto, y no tratar a una mujer como una jornalera pagándole el tiempo estrictamente imprescindible, así que se avinieron de buena gana a oficiar como testigos de nuestro trato inusual. Era difícil que una mujer como ellas viera algo que no hubiera visto antes, y el torneo de dos hombres intercambiando sus desdichas pareció interesarlas. Encargamos las bebidas, té para Leila, que era buena musulmana, vodka para Yvonne, que era atea, y dry martini para nosotros dos. Él lo pidió primero, y yo le seguí. Es bueno tener algo potente en el estómago para descender a las mazmorras de la memoria. Cumplí mi parte del trato. Sin ningún ánimo de competir, porque ya sabía que no iba a poder batirle. Esas cosas uno las nota desde el principio. Todo lo que intenté fue persuadirle de mi sinceridad. Expuse ante él, y ante Leila e Yvonne, que me escucharon en un reverente silencio, todos los contratiempos más o menos severos que la existencia me había deparado, y el modo en que eso me había minado la moral o me la había deshecho, dependiendo de los casos. Rehuí cualquier tinte melodramático, fui sucinto y a la vez exhaustivo. No voy a repetir aquí nada de lo que dije, porque no es ni el lugar ni el momento. Pero anotaré que tan pronto como terminé debí hacer una constatación ominosa: no podía aducir ningún impedimento serio a la inercia de seguir viviendo. Lo leí en los ojos de él, eso ya lo esperaba, pero también en el rostro de Leila, cuya sonrisa mientras acariciaba el dorso de mi mano, una vez concluida mi relación, me hizo sentir tan insignificante como nunca antes me había sentido. -Le agradezco muy de veras que haya tenido la deferencia de contarme todo esto -dijo el hombre, cuidando la solemnidad de su discurso-. Ahora me siento no sólo autorizado, sino obligado a contarle mi caso. No es un caso excepcional, no lo es más que el de cualquier persona que se haya quedado sin tiempo ni sitio para seguir escondiéndose, y por ello le ruego que no le conceda la menor importancia. Se lo ofrezco porque me comprometí a hacerlo, y porque para mí sí que es importante. No vale mucho una gota de aceite, salvo para el mosquito que queda atrapado en ella. Yo soy el mosquito, y ésta es mi gota de aceite. Sentí celos. Al verlas, a las dos, a Leila y a Yvonne, escucharle, antes de entrar en materia, con la unción con que a mí no me habían escuchado ni siquiera al final de mi relato. Era un sentimiento irracional, pero inevitable. No podemos consentir que otros seduzcan más que nosotros. Y menos a dos mujeres bellas, una con el bronce del sol en la piel y la otra con el azul del cielo en la mirada. Él reinaba sobre ellas, y estaba hecho a aquella sensación. Se dejó ir por la cuesta abajo de su historia con esa maestría sencilla e irresistible del que es consciente de todos los matices de su poder sobre los demás. -Antes, cuando estábamos en la sala de espera -comenzó-, le dije una cosa pretenciosa, por la que me disculpará. Le dije que sin fe no se debía vivir. No se lo propongo como regla. Es mi experiencia, simplemente. Hace tres meses que perdí la fe, y desde entonces siento que usurpo todas las cosas que tengo. Usurpo ahora su atención, usurpo la mirada y el silencio de estas dos damas encantadoras, usurpo esta ropa, la comida que cada día digiere mi estómago. Tomó aliento. Parecía faltarle, no era una simulación en busca de simpatía. Sabía que no tenía que hacer ningún esfuerzo para conquistarnos. -Hay otra cosa que voy a decirle, y que le ruego que tampoco interprete más que como lo que es, una convicción personal. De hecho, no quisiera creer que nadie deba andar por la vida con semejante convicción, porque el mundo sería un lugar mucho más desagradable de lo que ya es. Pero nada me ha causado más tormento que unir mi suerte a la de otra persona. Hay momentos en los que la maldigo por eso, por atraerme, por rendirme, y por no haber resultado ella ser alguien a quien la suerte estuviera dispuesta a favorecer. Las desgracias de uno no son las más temibles, porque en todas hay algo de expiación, y la expiación duele y desahoga a partes iguales. Las desgracias más horrendas son las que destruyen ante nuestros ojos a las personas de quienes dependemos. Si en ese momento Leila o Yvonne se hubieran vuelto hacia mí, no habría tenido más remedio que taparme la cara con las manos para ocultar mi sonrojo. Mi inventario de presuntas desgracias se ajustaba sin excepciones a un patrón: se trataba de dolencias, desaires y frustraciones que me incumbían a mí y sólo a mí. Con ello demostraba algo que en el pasado me habría enorgullecido, y que frente a aquel hombre, en cambio, me avergonzaba profundamente: había llegado a desasirme de todas las personas que habían cruzado por mi vida, hasta el extremo de permanecer insensible, en el fondo, a todas sus calamidades. Pero el hombre apenas me dio tregua para profundizar en mi bochorno. -En fin, le dije que sólo le contaría la parte más reciente. Y eso es lo que haré. La parte más reciente de mi desventura, la que me ha derribado para siempre, se llamaba Anna. Un nombre tan breve, cuatro letras para encerrar demasiados significados. Era más joven que yo, más joven que usted, pero ya no era una niña. Al contrario, llamaba la atención de ella lo poco niña que era. En todas sus palabras y en todos sus actos había una madurez como nunca había conocido en ninguna otra mujer. Una madurez limpia, sin resentimiento, que la salvaba de la vacuidad adolescente sin hacerla caer en la sordidez de la comadre. No le voy a aburrir con una historia de amor, que ya sé que sólo interesan al protagonista, si es que yo protagonicé algo. Le diré sólo que en un par de meses mi vida empezó a girar a su alrededor, que se mudó a mi casa y que pronto calculé que todas las mañanas que me quedaban las alumbraría ella. Era alegre, lista, generosa. Le sacaba muchos años, así que nunca temí que pudiera tener que enterrarla. Si algo temí, fue que se cansara de soportarme. Pero ella me quería de veras, me decía que yo era lo que necesitaba, y al cabo de algún tiempo, sin presunción ninguna, llegué a convencerme de que así era y dejé de temer. Leila e Yvonne contenían el aliento. Yo también. Mi sensación era que la historia caminaba hacia un final previsible, incluso demasiado previsible, pero que lo que importaba no era el desenlace, ni siquiera los acontecimientos (¿había contado alguno, en realidad?), sino otra cosa que sus palabras contenían y no alcanzaba a entender. Leila e Yvonne no sé que sensación tenían, sólo puedo decir que fuera la que fuese, las mantenía tan suspendidas como a mí. -La muerte puede escoger formas piadosas -prosiguió-. Es su privilegio. Y también puede golpear con la mayor atrocidad. También es su privilegio. Tantos siglos de cultura, tanta palabrería de políticos, filósofos y demás charlatanes, nos han hecho creer que tenemos derecho a muchas cosas. Pero no tenemos derecho a nada: en cualquier momento y de cualquier forma podemos ser abolidos. Ése es el verbo. Abolir. Anna fue abolida, no se me ocurre mejor manera de expresarlo. Tal vez espera usted que ahora sea cuando le proporcione los detalles, y abrigue la esperanza de que en ellos se encuentre la justa contraprestación a lo que antes me contó usted. Pues si es así, se equivoca. Los detalles forman parte de lo único que puedo ya guardarle a Anna: la intimidad de su sufrimiento. No me pertenecen a mí, ni aun si me pertenecieran se los daría; ni por todo el oro del mundo ni por todas las miserias de su alma. Lo que le he vendido, y estoy dispuesto a darle, son los detalles de mi sufrimiento. Estuve a punto de pedirle que no siguiera. De pronto, me pareció vil e inmoral dejar que me lo contara, cobrarle por mi historia ínfima, intercambiable e irrisoria, aquel precio sublime que él estaba dispuesto a pagar. -Lo peor -dijo, con voz firme, como si me leyera el pensamiento- no fue presentir la soledad, ni siquiera verla desmoronarse, aunque eso fue todo lo malo que puede imaginar si alguna vez ha querido a alguien. Leila, cruelmente, me miró de reojo. -Lo peor -continuó- fue escuchar
una y otra vez cómo me pedía que no me quedase anclado
en ella, porque yo todavía era joven y la vida podía depararme
algo más que ser su viudo. Ver cómo se aguantaba el dolor
y me decía, sonriendo, que sabía que me gustaban otras
mujeres, y que no aprobaba que prolongase más allá de
su muerte aquella monogamia que practicaba con ella. Era tan insufrible
ver cómo se daba por desaparecida, cómo anteponía
mi miserable futuro a su propia consunción… Pero fue entonces
cuando Anna quiso mostrarme algo que yo no había visto antes.
Algo casi inhumano. Al ver que yo rechazaba sus sugerencias, no se contentó
con tratar de persuadirme por la palabra. Sin más contemplaciones,
me abandonó. Desapareció de casa, de la noche a la mañana.
La busqué como loco, por toda la ciudad. No por ésta,
sino por la ciudad donde vivíamos. Fueron unas semanas espantosas,
hasta que di con su pista. A la sazón, y en medio de mi arrebato,
me creí un hábil detective. Hoy lo que creo es que ella
se encargó de facilitármela. La pista traía hasta
aquí. A mí sí que me costó, en ese preciso momento, no derrumbarme. Recordaba que hacía algo menos de cuatro meses había venido una noche a Chez Abdelkrim, y que en lugar de elegir a Leila o a alguna otra de mis amigas marroquíes, me había dado el capricho de coger a una chica nueva, de treinta y tantos años, rubia y extrañamente turbadora. Recordaba, también, haber preguntado por ella algunas semanas después, extrañado por su ausencia, y que la administradora me había contado que la pobre chica padecía una grave enfermedad y había muerto. Me acordaba, por último, de la rapidez con que había archivado en el cuarto oscuro de mi memoria aquel suceso macabro. -Así, a primera impresión,
puede parecer una tragedia un poco aparatosa, lo reconozco -dijo el
hombre, como si se excusara-. Pero es una historia sencilla. Ella se
fue, yo la echo de menos, aunque ella se esforzó por evitarlo,
y ya no tengo ganas de vivir. Pasa a menudo. Cometió algunos
excesos, y me dolieron, no voy a negarlo, pero Anna no era responsable
de lo que hacía. Estaba desesperada y sólo buscaba la
mejor forma de ayudarme. Por eso he estado viniendo aquí una
vez por semana, sin rencor, a reencontrarme con su fantasma. El rito
me aliviaba, al principio, pero ahora está empezando a dejar
de aliviarme, porque cada mujer me la recuerda y a la vez me la hace
añorar. En realidad, no sé si volveré a venir,
porque hace poco he descubierto un rito mejor. La última parte estaba destinada a mí, no a Yvonne. Pero hizo una pausa, por si me cabía alguna duda, y mirándome a los ojos, agregó: -Espero que ahora entienda lo demás. Siempre resulta un poco engorroso tener que explicar todos los detalles. Dicho esto, el hombre se puso en pie
y le tendió la mano a Yvonne, que en el único fallo que
la vi cometer como profesional aquella noche, se permitió dudar
un segundo antes de cogerla. Salieron sin despedirse, y no se lo reprocho,
porque yo no había hecho nada para merecer su atención. |
© Lorenzo
Silva |
| La Emperatriz de
Lavapiés: Historia de un poema solo
Era yo un niño de cinco o seis años en la época en que oía en La Habana un chotís cuya letra manos o menos decía “ Cuando vayas a Madrid chulona mía / voy a hacerte Emperatriz de Lavapiés / y alfombrarte con claveles la Gran Vía / y a bañarte con vinillo de Jerez”. Lavapiés era una ficción. Yo y mi circunstancia caímos en Madrid cuarenta años después y, desde luego, una de las primeras cosas que hice fue ir a Lavapiés, recorrerla calle por calle con la misma minuciosidad con que se corre y recorre a una mujer ansiada. De vez en vez miraba los rostros femeninos de la multitud, entre esperanzado y escéptico, pero siempre dispuesto a sorprenderme, para poder encontrarme con la, seguramente ya, Emperatriz de Lavapiés. Nunca que la busqué la encontré. El verano pasado, sin embargo, estaba tomándome unos tragos (copas) en una de las terrazas más calientes de Madrid, o sea, en una terraza de Lavapiés y, de pronto, intuitivamente, miré hacia el frente por donde se alejaba, anónima y notable, de espaldas, una mujer que con toda seguridad era la Emperatriz de Lavapiés, pues sobresalía elegante, distinguida, inteligente, sensible y glamuorosa y sexy. (Parecería como que me gustaran estas cualidades en las mujeres). Y no déjese de notar que pude descubrir esos dones mirando solamente una imagen que se alejaba y un tipo! de andar subyugante nada fácil de encontrar en la capital española, ni en Lavapiés ni en La Moraleja y que en las calles habaneras es el femenino andar , o pan, de todas las horas. Siempre había pensado que algún día le escribiría un poema a la famosa y desconocida Emperatriz y, ahora, así como así, Dios me la ponía delante para cumplir mi vieja y romántica obsesión. Llegué a mi casa y, sin quitarme aún el cansancio de mis 55 kilogramos de piel, huesos y ensoñaciones, me senté ante Pippa Medias Largas (mi computadora) y escribí un clásico soneto porque a la Emperatriz había que escribirle nada menos que un clásico soneto. Casi un verano después, el jueves pasado, llegó el momento de dar una lectura comentada de poemas míos en España y de estrenar el soneto de marras. La lectura se organizó obviamente en Lavapiés en un pequeño café que responde al llamado de la noche por el poético nombre de Grándola y conté con un auditorio tan generoso que varias veces me aplaudió después de terminar de leer, no de declamar que eso no lo hacen los poetas, poemas. Especialmente emocionante para mí fue la acogida que recibió El desterrado, que es mi texto más desolador y más querido, el primero que escribí en España y el último que leí aquella noche. Aquella noche hice esta misma historia y realicé el estreno mundial del poema a la aristocrática deidad andante. En el auditorio había algunas mujeres, pero todas estaban sentadas de frente hacia mí por lo cual no hubiera podido ni intentar identificar a la Emperatriz en el hipotético caso de que estuviera allí desapercibidamente oyendo mis textos. En el supuesto de que alguna se hubiera sentido aludida, se levantara y se pusiera de espaldas para ser identificada, actitud nada de esperar, de ese abolengo, tampoco habría sido posible porque un poeta no ve igual dos veces a una mujer que, primero, ha visto espontáneamente y, después, tenga que verla por encargo. De las presentes, sí una me preguntó, con torpe ironía, si la ! dama que yo había designado como la folclórica Emperatriz de Lavapiés el día que la vi llevaba un pañuelo lila enroscado en el cuello, y otra, como quien no quiere las cosas, indagó si la tal dama portaba el tal día una rosa natural roja en la mano izquierda. Yo, banalmente, dije que no estaba habituado a fijarme en esos detalles. Concluidos los comentarios, todos, damas y caballeros, aplaudieron otra vez y se pararon prestos a salir del salón. Como dato curioso, puedo aportar el hecho de que las damas, de forma tan precisa cual un pelotón de ceremonias, fueron las primeras en pararse y en ponerse de espaldas. ¡ La maravillosa vanidad femenina ¡ Finalmente, los autógrafos de rigor, no de rutina, y algo que me dejó obnubilado. Una bella señora –si es que toda mujer no es intrínsecamente bella- se me acercó, me puso las dos mejillas y, concluido el ritual español de los dos besos, que es mejor que el cubano –solo uno en la mejilla izquierda-, pero al que aún no me he acostumbrado, ante mi desconcierto abrió un monedero y me extendió un billete de dos mil pesetas aliñado con la frase al fin inscripta en la lengua universal “ los poetas también tienen que ganarse la vida”. – No, señora, muchas gracias, pero yo vine aquí solo a estrenar un poema. Me pidió, entonces, que, por favor, le leyera nuevamente el poema. Se lo leí. Todos terminaron de irse y yo quedé
nuevamente solo degustando el sabor agridulce de tener la certeza de
que nunca ni yo mismo podría reconocer a la real musa de un poema
del que por alguna razón todavía, después de haber
sido dicho en público, me siento creador y dueño. Quedé
nuevamente solo en este barrio, tal vez el más nocturnal, cosmopolita
y popular de Madrid, Lavapiés, que aquella noche había
pasado a ser una contundente realidad cuando el niño que lo evocaba
en La Habana cuarenta años atrás a través de un
chotís había pasado a ser la ficción. * Del libro inédito 20 mil palabras de viaje sustantivo (crónicas del mismo periodista desterrado). (N. del A.)
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© JULIO
SAN FRANCISCO. Cuba, 1951. Poeta, prosista y periodista residente en
Madrid. Este texto pertenece al cuaderno recién terminado El
séptimo toro de la tarde (poemas escritos en La Habana y Madrid) |
| Entre mis brazos
(La Javier Panizo Collection)
Parece un autómata, o un dormido, Javier Panizo. Parece un sonámbulo en trance hipnótico al que un ruido, un estruendo incomprensible, ha obligado a bajarse del autobús no exactamente en contra de su voluntad pero tampoco impulsado por ésta. Incrédulo ante lo que presiente ha sucedido, está sucediendo, porque un nuevo estallido rompe el aire, como si Madrid fuese Bagdad y pudiesen estar lloviendo bombas sobre la ciudad que le vio nacer. Javier Panizo atraviesa la Avenida Ciudad de Barcelona con paso firme, los reflejos en posición piloto automático, avanzando en dirección contraria a la corriente: hay una desbandada general, un pánico de hombres empequeñecidos, mujeres con los tacones rotos, llantos de niño y olor a humo. Se sumerge Panizo en el horror, sin verlo, sin dejarse afectar, sólo su pelo rubio y rizado parece resistirse, no querer seguir al ensayista en su descenso hacia el infierno. No podrás hacer nada, Javier Panizo, nada de nada. Lo sucedido escapa por completo a tu mínima capacidad para hacer milagros. Eso lo veremos, lucha, se revela contra mí, Panizo, Javier Panizo, que acaba de mentir a un hombre, soy médico, porque pretendía hacerle dar media vuelta: -Está usted loco. Aún no sabemos si van a estallar más bombas, váyase de aquí. Le ignora Panizo. Y aún le ignoraría si el hombre fuese un poderoso adivino y supiese con absoluta certeza que el tren entero iba a estallar, que el mundo entero iba a estallar. Porque Javier Panizo siempre cree lo que quiere creer, siempre ve, como un burro con orejeras, lo que desea ver. Así que no va a estallar el mundo entero, ni siquiera el tren entero, porque allí está Javier Panizo para impedirlo, para hacer algo, algo, lo que sea, ¡algo! Entra Panizo en el vagón desventrado,
el pelo ya sumiso, vencido ante la Y a los pocos minutos la encuentra. También hoy, esta aciaga y encima gris mañana de marzo, la suerte está de su lado. Sonríe Panizo, mirando un vestido verde aguacate, que se mueve. Sonríe Panizo ante la vida e ignora la muerte. Un estertor ahogado confirma que la mujer que lleva el vestido verde aún respira, aunque lo cierto es que -se preocupa Panizo- lo hace con espantosa dificultad. Es una chica, una mujer joven, y Javier la levanta entre sus brazos de gimnasta, de hombre que cuida su cuerpo para que la mente pueda sentirse relajada, y siente un alivio infinito al escuchar como la mujer tose cuando él la aprieta contra su pecho. ¡Está realmente viva! Javier Panizo roza sus mejillas contra
los moños en forma de teléfono que adornan la cabeza de
la mujer, contra la frente ensangrentada, dañada la piel tan
suave por la metralla, y le habla, le susurra palabras reconfortantes:
te pondrás bien, la cara se curará, habrá una solución. Pero está perdiendo el tiempo.
Tiene que sacarla de allí y llevarla hasta la calle. Deprisa.
Rápido. Rápido. Sin dejar de cuidarla, de transmitirle
su Y ahora Javier Panizo ya no es el humilde
Javier Panizo, sino el hombre más rápido del mundo, el
corredor cristiano de la película Carros de Fuego que Dios, el
mismísimo Dios, hizo para ser rápido. Corre Panizo, corre,
no te permitas ninguna debilidad, corre. Mírala, mírala
entre tus brazos, lo único Javier Panizo deja de correr. Se deja llevar por la escalera de metal. Sus ojos asombrándose ante los de la chica que lleva entre los brazos. No es una chica. No es una simple mirada lo que tiene enfrente. Es una ciudad. Una ciudad ignota. Sus ojos, los ojos de la chica, son como las puertas, la entrada de una ciudad. Nunca le había pasado. Nunca una mujer le había recordado una ciudad. Al revés, sí, muchas veces. Siempre. Las ciudades le recordaban mujeres; eran mujeres. Pero que una mujer le hiciese pensar en una ciudad..., jamás le había sucedido. A Panizo la mirada, no puede evitarlo, le hace añorar la Habana, pero también Santiago, y hasta un pueblo sobre los acantilados de Escocia que sólo había conocido en sueños. Tengo entre los brazos una ciudad. Se aterra Panizo. No puede dejar que le pase nada. Debe mantenerla viva a toda costa. Vuelve a mirar los ojos, a entrar en la ciudad. Llueve. Llueve sin parar. Los ojos están húmedos. Mojado el suelo de sus calles asustadas. La ciudad mira a su salvador como si ambos fueran parte de un mismo todo y Javier advierte entonces que está temblando, que tiembla como un azogado de pies a cabeza por el brutal esfuerzo realizado. ¡Pero no puede permitírselo! ¡Ni el menor signo de debilidad, Panizo! ¡Fuerte, tienes que ser fuerte y aguantar! Y de nuevo vuela Javier Panizo, ahora sobre el piso encogido de la estación de Atocha, buscando la ayuda de la luz, la luz gris -joder, al menos podría hacer sol- que penetra por los ventanales. Sigue corriendo Javier Panizo y no quiere volver a bajar la mirada, porque si lo hace... Ha sentido como el cuerpo se relajaba, se dejaba, se iba. Perdía veintiún gramos. Así que no lo mira, no mira a la chica, no mira a la ciudad. Ya está demasiado próxima la meta. -Rápido, necesita ayuda. Está a punto de pegarle un puñetazo al enfermero que niega con la cabeza. Lucha contra él cuando intenta quitarle el cuerpo de entre los brazos. No quiere creerlo. Es mentira, Satanás, es mentira, tiene que ser mentira. La abraza, pelea por ella, por su cuerpo inane, contra el hombre de la bata, la besa en los labios, le sopla en los oídos, buscándole los ojos, la puerta de la ciudad, que -misericordemente- el destino ha cerrado. Nunca podrá volver a entrar en esa ciudad. Nunca la conocerá. Entre mis brazos, estaba entre mis brazos. Protegida por mis brazos. Y ya no es capaz, Javier Panizo de dar la vuelta, -se derrumba sobre el suelo- de regresar a por más vida, de volver a bajar al infierno en busca de más vida. No es capaz. De nada es ya capaz. De levantarse y alejarse de allí. Ni siquiera de llorar.
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© Javier Puebla |
| Jubilación
anticipada
El primer día en que Enrique Fanegas tomó conciencia real de su extraño caso, fue un caluroso viernes del mes de Mayo. Ese día había resultado especialmente agotador. Se había levantado a primerísima hora de la mañana para dirigirse al aeropuerto, coger un avión a Madrid, dar un seminario de tres horas en la Universidad Politécnica, regresar a Barcelona en el primer avión de la tarde, reunirse con el Consejero Delegado de Silvermayer -la empresa para la que trabajaba-, estudiar la propuesta de venta de unos equipos de seguridad para una importante empresa de Terrassa, presentarse a las 18 horas llamando a su puerta y convencerlo durante dos horas de que estaba haciendo una excelente inversión. Enrique había regresado a la oficina exhausto. Eran las 20,30 horas y reinaba el silencio en el local casi vacío. Se encontraba en su despacho, repasando la agenda del lunes cuando Falconero, uno de los comerciales, le propuso dar por zanjada la semana e ir a tomarse un copazo al bar de Monchete. Durante quince años Enrique se había dedicado en cuerpo y alma a la empresa y progresivamente había ido escalando posiciones. Cuanta más responsabilidad más trabajo. De no ser por la casa que compró en Sitges, no hubiese tenido nunca tiempo de gastar su sueldo, con el que mantenía mujer y dos niños. Tenía 41 años y hacía tiempo que se sentía fatigado. Aquella semana había trabajado una media de quince horas diarias y aunque tenía una secretaria, su individualismo le llevaba a confiar poco en sus colaboradores y a llevar sus asuntos personalmente. Falconero y él entraron en el bar de la esquina donde solían desayunar, almorzar y llevar a algunos clientes. Ambos se quitaron las americanas y se sentaron en la barra. Falconero pidió un Ginger Ale y Enrique un whisky con mucho hielo. Monchete, les sirvió las bebidas y contemplando un instante a Enrique le dijo: “¡Cómo te estás poniendo, macho! ¡Si tienes hasta tetas!”. Y esa frase era la prueba fehaciente de que sus sospechas eran fundadas; de un tiempo a esta parte sus pechos habían aumentado. Falconero, con la boca abierta, palpó el pectoral derecho de su compañero. “¡Estate quieto, hombre!” reprendió Enrique visiblemente molesto. Monchete rió y añadió; “Sí, estate quieto, que a lo peor eso se pega”. Falconero estalló en una carcajada. Enrique se echó al galillo el contenido de su vaso y se levantó. “Hasta el lunes”, dijo antes de salir a la calle. Monchete le despidió con un “Adiós, tía buena”. Cuando Enrique llegó a casa estaba muy nervioso. Se duchó, se enrolló una toalla alrededor de la cintura y pasó al comedor a ver cuál era el comentario de su mujer. Amparo lo miró e informó “Tienes ropa limpia en el armario”. Él continuó inmóvil, con un semblante tan descompuesto que parecía que iba a estallar en sollozos. “¿Me ves algo raro?” preguntó a la esposa. Ella dijo que no pero, cuando él entraba en el dormitorio, se animó a añadir que, bueno, que tal vez no estaría mal que hiciera un poco de régimen. Enrique se miró en el espejo e hizo algo que nunca creyó que iba a hacer: la prueba del lápiz. Ésta consistía en ponerse un lápiz bajo uno de los pechos. Si el lápiz no caía al suelo significaba “pechos caídos”. Y allí estaba él, contemplando su triste figura, haciendo algo que sólo hacían las mujeres. El lápiz se mantuvo firme, pegado a su piel. El lunes por la mañana Enrique reajustó su agenda para escaparse al médico. No se anduvo con chiquitas; buscó al mejor especialista. Pagando una visita de urgencia, acudió a la consulta del doctor Sicasents; una eminencia en nutrición, que había estudiado a fondo los conocimientos orientales, había escrito varios libros y salía a menudo por la tele. Después de estudiar minuciosamente su caso durante quince segundos, el doctor Sicasents le diagnosticó un stress grado diez. Enrique preguntó si era grave y él respondió; “Mire, yo el stress lo mido en una escala del uno al diez. El grado uno es el más leve, así que... vd. mismo”. El galeno le recomendó unas vacaciones, a ser posible sin su esposa y sin niños, de no menos de mes y medio. Mucha verdurita, muchos paseitos y mucha agüita que hace la vista clara. Enrique salió de allí algo apesadumbrado porque era impensable anticipar las vacaciones en un plazo breve de tiempo. Quiso engañarse creyendo que controlando la alimentación su problema desaparecería. Como nunca comía en casa, su mujer tomó por costumbre preparar cada noche una fiambrera con alimentos bajos en calorías, y durante el día Enrique calentaba la comida en el microondas de la oficina y la deglutía acompañada de un litro de agua mineral. Para postre estaba Falconero y sus ácidos comentarios: “Con lo que comes, pronto no te olerán ni los pedos”. Su única satisfacción era la de rematar el festín con un café. Naturalmente sin azúcar ni sacarina. Pasaron tres semanas y Enrique no sólo no vio mejoría alguna sino que, con la llegada de más altas temperaturas, se veía incapaz de ocultar su voluminoso pectoral bajo la chaqueta. Acudía a las citas con la camisa de manga corta y con una corbata extremadamente ancha que no alcanzaba a disimular las protuberancias. En la oficina él imaginaba murmuraciones y risitas que cada día se le hacían más insoportables. El mes de Junio fue tan caluroso que las moscas volaban con abanico. Enrique notaba chorrear el sudor por su frente, las axilas y el tórax. Una mañana, en un autobús, un sujeto con el cráneo lleno de rizos y con unas pestañas muy largas le guiñó un ojo y le lanzó un beso. Enrique se quedó estupefacto. Asido fuertemente a la barra desvió la mirada hacia otra parte. El individuo se levantó y se acercó a la puerta. Y cuando menos lo esperaba, le dijo en voz baja: “Tienes unos peeeechos encantadoooores”. El tipo descendió a la calle y Enrique descubrió horrorizado que la camisa húmeda trasparentaba y que sus pezones se insinuaban a modo de chica de calendario. A la mañana siguiente convenció a su mujer de que le enrollara el tronco con plástico de envolver alimentos. Llegó a la oficina rojo como un pimiento y lo primero que hizo fue meterse en el lavabo y liberarse de aquella faja insoportable. Una mañana el Consejero Delegado lo vio tan hundido que lo llamó a su despacho. Le propuso anticipar sus vacaciones y él respondió que no podía ser porque ya había planificado con la familia un viaje organizado a Italia en Septiembre. El Consejero le sugirió que fuera al médico del seguro y pidiera la baja. Enrique respondió: “¿Qué quiere que alegue? ¿Qué tengo tetas? Si ni siquiera me duelen”. Pocas noches después tuvo la sensación de que sus pechos habían aumentado y le pasó por la cabeza probarse uno de los sujetadores de su mujer (talla 90). Verse de aquella guisa en el espejo le dio grima; sus peludos pechos rebosaban por los bordes del sostén. Al día siguiente confesaría amargado a un amigo: “Estoy deshecho. Tengo más tetas que mi mujer”. Como le daba pereza la constancia de acudir a un gimnasio se las arregló para acercarse a una sauna próxima a la oficina, un rato antes de comer. Fue durante tres días y al cuarto se mareó y cayó de bruces sobre las tablas de madera. Un empleado lo reanimó y le tomó la tensión. El hombre sopló y juró no haber tomado nunca la tensión a nadie que la tuviese tan baja. Cuando Enrique se recuperó se hizo unos análisis. El médico al ver los resultados pensó que se trataba de una persona octogenaria. Le ordenó que comiera de todo, que se administrase un buen vaso de vino tinto durante las comidas y que se dejase de monsergas de dietas. Enrique hizo caso al médico y a los pocos días su mujer tuvo que comprar camisas nuevas porque las viejas ya no había forma de abrocharlas. Desesperado decidió acudir a una masajista de cierto renombre de la parte alta de la ciudad. Marianne era una mujer morena, con un cuerpo formidable, que masajeaba con energía su pectoral hasta el punto de que a veces Enrique notaba los dedos entre sus costillas. Salía de allí baldado y con ganas de arrojarse por un precipicio. Un día, tras una sesión, se le acentuó la impresión de que estaba haciendo el idiota. Fue cuando Marianne, probablemente en plan de broma, dijo: “Yo cobro tanto si le toco las tetas a vd. como si vd. me las toca a mí”. Ya no volvió más. Consumiendo los últimos cartuchos, Enrique tomó la determinación de apuntarse a un gimnasio y dejó muy claro que él no pretendía salir de allí hecho un Adonis. Lo único que deseaba era rebajar el volumen de sus pechos. El fisioterapeuta le informó que, cuando se trata de poner en forma el cuerpo, uno no debe marcarse nunca plazos para obtener buenos resultados. Aquella frase le desalentó y le preguntó sin ambages si había alguna solución más rápida. “Hombre, verá, por lo que veo vd. tiene ahí mucha masa que eliminar y su tratamiento puede ser tan largo como la infancia de Heidi... de modo que le recomiendo que pruebe con la liposucción.” Dicho y hecho. Una mañana Enrique se presentó en la Clínica Farnesio, líder en el campo de la estética, y procedieron a eliminarle la grasa del pecho. El Dr.Lamotta le informó que por un poco más de dinero podrían echarle el guante a las nalgas, pero Enrique dijo que su culo estaba muy bien como estaba. La operación le costó un dineral porque no quiso demorar más la cosa y pidió todas las pruebas deprisa y corriendo. La intervención fue un éxito y a partir de ése día Enrique volvió a considerarse un hombre normal. Su mujer y él lo fueron a festejar a un restaurante célebre por su variedad de mariscos y Enrique se desquitó de las insípidas semanas de verduras y hervidos. Se sentía recuperado y lleno de energía. Trabajó como un demente, se llevaba incluso trabajo a casa los fines de semana y veía con optimismo la llegada de las vacaciones. Vivía excitado, viajaba mucho y dormía poco. Tal vez por eso no se dio cuenta de forma inmediata de lo que pasaba, hasta que nuevamente Monchete hizo un comentario; “Enrique, creo que pronto tendrás que volver a Lourdes”. Con temor, bajó la vista y observó que la corbata torcida descansaba sobre una prominencia. Corrió al lavabo y comprobó lo que ya se imaginaba; los pechos volvían a crecer. Esta vez se informó a fondo a través de Internet y creyó encontrar la solución en un médico sin título de Manaos (Brasil) llamado Sandro Framberaes. Éste hombre, llamado “O Curandeiro”, había conseguido grandes logros en casos como el suyo. Enrique voló a Brasil como el que toma un autobús y se presentó en casa del tal Framberaes. Éste, que hablaba un castellano bastante digno, le dijo: “Sobre todo debe tener fe en que se resolverá su problema. Yo estoy seguro de que sanará. En primer lugar; le voy a entregar una caja con veintiséis amuletos. Uno de ellos es de marfil blanco y se lo colgará antes de irse a dormir. Hay otro, de jade rojo, que se lo deberá colgar dos veces al día durante dos horas y cada uno de los veinticuatro restantes, de color verde, deberá ponérselos cada media hora. No debe llevar nunca más de un amuleto colgado y los restantes deben estar guardados en su estuche y éste, de forma permanente durante los 90 días que dura el tratamiento, bajo su cama. Se lo voy a anotar en una receta para que no se olvide”. Cualquier humano hubiese salido de allí con la sensación de que le habían levantado la camisa, pero Enrique vio en los ojos de Framberaes la convicción. Cuando llegó a su casa le explicó a su mujer en qué consistía el tratamiento y ésta empezó a pensar que su marido se había trastocado. Enrique procedió al cuelgue del primer amuleto de color verde. A la media hora sustituyó el colgajo y, como no podía sacar el estuche de casa, se dio cuenta entonces de que prácticamente no podría salir a la calle más que cuando llevara el amuleto rojo; dos veces al día durante dos horas. Llamó a Manaos para preguntar si había habido algún error en las dosis. El mismo Framberaes le contestó que no y que sobre todo, tuviera fe. Aquel año no hubo vacaciones a Italia. Durante 90 días desayunó, comió y cenó en casa, dio paseos de no más de dos horas un par de veces al día, recibió a amigos y se dedicó a cuidar su jardín. Mantenía conversaciones telefónicas diarias de quince minutos con el personal de Silvermayer hasta que un día, próximo a cumplir los 90 del tratamiento y cuando el volumen de los pechos de Enrique había desaparecido, el Consejero Delegado le propuso la jubilación anticipada. Sólo tenía 41 años. Pensó que se trataba de un ardid de la empresa para quitárselo de encima. Estaba en lo cierto: habían empleado savia nueva. Enrique negoció las condiciones de su retiro y consiguió un paquete de acciones que supondrían un pico al finalizar el ejercicio. Una tarde, mientras regaba unas margaritas, Enrique vio ponerse el sol antes que de costumbre y se dio cuenta de que comenzaba el otoño. Vio aparecer la luna y se percató de que había estado años sin prestarle atención. Mientras reflexionaba sonó el teléfono móvil en la mesa del jardín. Enrique se anticipó a su mujer, agarró el aparato, lo lanzó a la piscina y su hija de cinco años se partió risa. Enrique comenzó a reír y Amparo se contagió con una deliciosa risa nerviosa. El niño, poco acostumbrado a la hilaridad en casa, quiso prolongar la diversión, así que cogió el reloj de oro de su padre e imitó a su progenitor. Enrique corrió inútilmente a la piscina y le dijo muy seriamente a su hijo que aquello no se hacía.
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© Josep Ruíz |
| Uno más,
uno menos
Ahora pienso que tal vez aquella pelea fue para permitirse el descanso sin cargo de conciencia por abandonar a los hijos. Quizá el Felpa ya sepa que todos nos merecemos un descanso. Hace mucho no lo veo. Quizá esté por allá abajo discutiendo de nuevo con mi viejo, en otro basural del infierno. O por allá arriba. Ya no se sabe dónde están el arriba y el abajo. Ni dónde está el condenado cielo. Fui mordido por esta vida de mala muerte a los ocho pirulos. Desde entonces, mis suelas son las del robo. El primer afano fue en el almacén de don Justo: hacía mucho calor, como hoy, y cuando el rengo se fue a refrescar la cara, aproveché y birlé la recaudación. Nunca supo quién le había afanado. Recuerdo que cuando mi viejo me vio llegar con los morlacos, me clavó los ojos, más oscuros que nunca, y me dijo: «Sos uno más, pibe». Después comenzamos a contar la plata. Uno más, uno menos, no sé si importa algo. Llevo más de treinta años en este laburo, el único que conozco y donde gasté mi niñez, mi juventud. Uno se gana buena fama en este ambiente. Aquí también la hay, dura, estropeada, con mala prensa, pero fama: en el ambiente villero tengo fama de ser un maestro de la punga. También uno se cansa, claro que se cansa, si con lo que roba apenas si encuentra otra excusa para volver a robar. Y la cana, ahí, en cualquier parte, yirando y yirando, y jodiendo: no sólo vigila, también pide guita. Esos ladrones uniformados. ¡La concha’e su madre! Primero afané por superar al viejo, y cuando él se piró p’al bombo, fue por el morfi, porque el hambre no espera ni se muere: el hambre nos desgasta; y después estaban los gurises, pobrecitos, qué vida de perros les tocó, una vida que ninguna escuela enseña. Y en un tiempo afané por la falopa: entré como entramos muchos en la calesita, para pasarla bien. Me volé una ristra de sueños montándome en ella y una noche estuve a un tantito así de reventar. Pegué la frenada, pero ya estaba hecho bolsa, y luego todo se rejuntó en mi cabeza. Algunos días, la cabeza no me anda bien, y sólo sé que tengo que salir como una sudestada que arranca árboles y techos. ¡Diosito cuide al que me le pegue! Yo soy el Tumba: de mí naide zafa cuando le lanzó el ojo, naide. Y hoy estaba en lo mío, en lo de siempre: laburando en el transporte de un bolsillo a otro. La frase es de mi gomía el Loco Cervantes, muy leído el chabón, pero le faltan cinco jugadores y últimamente no se le ve ni director técnico. Se le nota por como raja por ahí por el medio de la avenida Eva Perón, como toro en la pampa. El Loco fue golpeado por la cana una vez y quedó así, con el equipo a medias. Nuestra amistad carga muchos años: cuando éramos unos pibes sin pelo en los huevos estábamos en la misma patota. Después ocurrieron cosas. Cosas que imaginábamos y otras que nos sorprendieron. Pa’qué contar. Pero el Loco Cervantes no siempre fue mugroso, tuvo una buena época cuando la familia tenía un quiosquito en Mataderos. Recuerdo que le dio por los libros y nosotros nos burlábamos cuando se metía en la biblioteca municipal. En el fondo sentíamos envidia, tenía cabeza para los libros y nosotros no. Nos contaba cosas que había leído y los ojos se nos ponían como luna llena escuchándolo. Ha leído mucho el Loco, y mucho también le quedó cajoneado después del golpe. A veces habla y habla, y yo me quedo como un bobo escuchándolo aunque no entiendo todo. A veces se da cuenta y me dice que él es un libro mal cosido, que se le cayeron las páginas y se las volvieron a poner pero las pegaron como quiera: como la esperanza del país, dice, y se lamenta. Y después de la página catorce viene la ochenta y siete, dice el chabón, y cuando llega a la cien salta para la veintitrés, y todo se vuelve confuso y uno teme no existir siquiera. No existir nunca. Cuando habla así me parece menos loco Ángel. Ese es su verdadero nombre. La vida es un libro, dice, y hasta lo escriben los que no saben leer ni escribir. Pobre Ángel golpeado. Y yo me quedo pensando que lo que escribimos los miserables no les interesa al gobierno ni a naide. Somos libros que terminan en el basural. Por eso nuestros recuerdos nos duelen el doble. A esa hora de la tarde, el 132 venía a la medida de mis deseos, no cabía ni un alfiler. El calor era una piña en plena jeta. Todos queríamos que el viaje terminara, vestidos mejor o peor, todos éramos lo mismo: un asco de sudor. La Margocita estaba fatigada, se notaba; me había acompañado antes en el Sarmiento, donde pungueamos a una flaca llena de pintura y cargada de carpetas, y a un gordo que transpiraba como un balón de cerveza. Habíamos estado hasta pasado el mediodía tirados en la catrera. Margot había tenido una de sus noches feas. Cuando despertamos, nos amamos con ganas, redoblando la apuesta del calor; después nos echamos toda el agua que pudimos, nos vestimos con la mejor pilchita, tragamos unos chori con un poco de pan viejo y salimos a reventar. En dos horas ya teníamos ciento sesenta y ocho pesos. Un día de esos que me hacen feliz, sólo el calor pesaba. El calor estaba desmadrado. Yo pensaba que si en el 132 nos iba la mitad de bien que en el tren, zafábamos por varios días. Yo podía conseguirme la merca y pasar el fin de semana volado y volando, soñando, y la pibita de mi corazón iba a poder estrenar zapatos en la bailanta del domingo. Entre la experiencia y el Loco Cervantes había aprendido que si uno va con la ropa cuidada, limpita, la gente te mira menos, se descuida con uno. Subimos en la primera parada de Larrea y pechando un poco nos movimos hacia atrás. Allí estaba mi regalo, esperándome, con moño y todo. Emboqué prontito a la vieja perfumada que parecía una gallina gorda en aquel espacio que ocupaba cerca de la puerta de bajada. Le ojié la cartera, debía haber costado mucho, era una piercardin pero no de ésas del Once, de diez morlacos. Esa era legítima y adentro me esperaban los huevos de oro. Hice una seña y la piba se fue acercando más. Margot es linda, sus ojos claros como un cielo nuevo. No siempre tuvo ese aspecto, tan pálida, con ojeras y esas arruguitas tempraneras que le empezaban a marcar el rostro. Sus dieciocho pirulos parecían el doble. Era mi chinita linda y se estaba marchitando. Pero bailantear la transformaba: los ojitos le brillaban y yo sentía que podía tocar las estrellas en su mirada. Hubiera querido que todos los días fueran de bailanta para ella. Nos juntamos hace más de un año y le tengo cariño, es buena y mansa, como un perro viejo; y como un perro viejo, tiene madrugadas que duerme mal y yo me quedo pensando en que seré su primer y último hombre. Mi Margocita sudaba y de reojo miraba a la vieja, y luego a mí. Me rasqué la oreja izquierda y ella sacó el pañuelo. Era nuestra contraseña. La vieja emperifollada se había parado cerca de la puerta. Mi único temor era que se bajara antes: reventarla en la vereda era más complicado y peligroso. Cuando la piba se le acercó para comenzar la avivada, me puse en guardia para tirar la punga no bien llegáramos a la parada. Necesitaba cuerpear rápido antes de que cerraran las puertas para perderme en la calle. Fue entonces cuando lo vi: había cambiado de aspecto y parecía un copetín, y la cicatriz seguía en su lugar, junto al ojo. Me miraba con dureza, y supe que me seguía teniendo la misma pica, pero no bajé la vista y lo miré como diciendo: «A mí no me venís con fayutas, te conozco mañoso». El Ñato era un rubio flaco y alto que caminaba raro, parecía que le sobraban huesos. Cuando estábamo |