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EL LABERINTO A R I A D N A - R C . c om c r e a c i ó n l i t e r a r i a
[número venticuatro edición
verano 2004]
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| Lejos
quedan
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© DAMIÁN HERRERO |
| Testamento
(poema 4 – la despedida)
Para Enrique Patterson, de
la Generación Inédita Nadie tendrá problemas con mis restos mortales
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© JULIO SAN FRANCISCO. Cuba, 1951. Poeta, prosista y periodista residente en Madrid. Este texto pertenece al cuaderno recién terminado El séptimo toro de la tarde (poemas escritos en La Habana y Madrid) |
| La
Geometría del vientre Sólo tu vientre I DE nuevo la esperanza en un ir y venir II SERÁ el llanto arremolinado en la noche III Y nada en él será tardío IV Y me intrigaron tus manos V Y nos dijeron que la vida era eso VI AL final pudo ser
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© Nuria Ruiz de Viñaspre. La Rioja, 1969. Finalista en el IX PREMIO INTERNACIONAL DE POESÍA GABRIEL CELAYA Finalista PREMIO INTERNACIONAL SIAL DE POESÍA Semifinalista PREMIO DE POESÍA ACADEMIA CASTELLANO LEONESA DE POESÍA. Ha publicadoEl mar de los suicidas y otros poemas, Huerga y Fierro, 1999 (Madrid), Desvaríos subterráneos, Ediciones Devenir, 2001 (Madrid), Desvaríos subterráneos, Ediciones Globo, 2001 (G. Canaria), Ahora que el amor se me instala, Editorial CELYA, 2003 (Salamanca) con prólogo de Eduardo Mendicutti. El campo de tus sueños rojos, versión bilingüe portugés, Editorial AC Mañana es Arte, 2004 (Madrid). Próximas publicaciones: Habría que matar al viento (Prólogo de Rosa Regàs) y Uterosexual. Revistas: Actualmente trabaja en un sello editorial del GRUPO ANAYA (Juan Ignacio Luca de Tena, 15. Madrid). Pertenece al consejo editorial de Editorial C.E.L.Y.A. (Salamanca). Organiza presentaciones de libros, lecturas, etc. Miembro de jurado en certámenes literarios nacionales e internacionales. Coordinadora de talleres literarios Interviene con producción poética propia en V Jornadas de Poesía Última de la Fundación Rafael Alberti (Cádiz. Puerto de Santa María, Abril, 2003) y en Festival Internacional de Poesía (Ediciones Olifante) Agosto, 2004. Publicación de sus poemas en diversas revistas como Texturas, El otro mensual, Babab, Ariadna RC, Espéculo, RevistAtlántica de Poesía etc... |
| El
miedo es vertical * el título del poema es un verso de Luis Rosales
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© Ana Gorría. Barcelona, 1979.Estudia filología hispánica en la Universidad Complutense de Madrid.Accésit del premio María Isidra de Guzmán poesía por el poemario Clepsidra ( Plurabelle, 2004). Ha sido antologada en Salida de Emergencia (Madrid, nosomoscomodos, 2004) por la productora nosomoscomodos s.a y 22 poetas desde Madrid (Madrid, Eneida, 2004) por Gonzalo Escarpa, coordinador.Colabora con diversas revistas literias como Fósforo, Müsu, Quebrados o Salamandria. Actualmente forma parte del consejo editorial de la Revista de Creación y pensamiento literario Silencios y forma parte del programa Red de Arte Joven de la Comunidad de Madrid además de llevar a cabo diversos proyectos culturales. |
| DESTINO
DESTIERRO AL PARTIR (poema 1 - la despedida) Dicen que lo despojaron
Para José María Heredia,
José Martí, Agustín Acosta, José Ángel
Buesa, Gastón Baquero, Reinaldo Arenas, Severo Sarduy, Heberto
Padilla..., para León Felipe, piedra como yo. El parque madrileño que frecuento El Retiro, Madrid, octubre, 1998
El exilio es una plaza TESTAMENTO DEL DESTERRADO (poema 4 – la despedida) Para Anel de Aguirrebengoa y Jorge de Satrústegui, quienes deberán hacer cumplir estas últimas y pequeñas voluntades Nadie tendrá problemas con mis restos mortales Tiradme en cualquier lugar Barcelona, noche del 9 de enero, 2002 CREDO (poema 5 – epitafio) Lucho LA EMPERATRIZ DE LAVAPIÉS (y la esperanza aparte) a la misma españolita La que pasa definitiva como una ola.
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© Julio San Francisco (Matanzas, Cuba, 1951). Poeta, prosista y periodista. Reside desterrado en España desde 1997 por ser cofundador y codirector de HABANA-PRESS. Estos poemas pertenecen al libro inédito De cuando yo fui poeta de versos libres en Madrid. Tiene escritos, además, Nada y otros cuentos del absurdo, Corto cuento contra Castro (memorias de un periodista desterrado) y 20 mil palabras de viaje substantivo (crónicas del mismo periodista desterrado), todo registrado en el Registro de Propiedad Intelectual. Julio San Francisco no perteneció nunca a ninguna institución oficial de artistas, no participó en ningún concurso auspiciado por el gobierno, no editó ningún libro en editoriales cubanas, no hizo vida literaria en su patria. |
| Primer
vuelo Smeretievo. Aeropuerto de Moscú. 18:30 Los hermanos Wright vuelan hoy conmigo, cercanos, sin alardes, sin concesiones al orgullo o a la lentitud de ideas. Volamos pendientes de las nubes y de los fríos rayos del sol naciente que poderosos salmodian a un auditorio entregado al turbio comercio de ozono y huracanes. Orville señala con el dedo al horizonte y mira a su hermano cómplice de la fuerza de los vientos y del alimento de la verdadera lealtad. Ambos piensan que yo tal vez debiera vigilar el futuro con mayor atención, participar de la evolución de las tormentas y de los cambios en los cúmulos estivales. Yo sin embargo sé que jamás seré capaz de abandonar del todo el suelo y preguntarme por lo que ha de ser más que por lo que ha sido. Desidia de vuelo aerostático lento y meditado a merced de corrientes en chorro, prefiero liberar lastre cuando el cielo me busca y dejarme caer sin premuras ni múltiples programas de actividades concertadas. Wilbur cree que debemos tomar tierra y yo trato de convencerle de que esa pared de altos cúmulos no es el principio de la catástrofe, ni supondrá el desarbolamiento de nuestras almas, aquellas que fletamos para el aire. Otro momento más de presente perfecto, de contemplación severa de amistades y pétreos meteoros sobre fondo añil. No Orville, yo no tengo citas con la historia, deja que permanezca un solo instante más de ciclón tropical y de monzones mientras esa multitud que espera, nos imagina henchidos de vientos y calimas.
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© Pedro Díaz Del Castillo, Mayo 2004 |
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Conocí al hombre en un burdel de Marrakech. Si alguien espera que le dé aquí cuenta de mis costumbres y de por qué las tengo, es decir, que le explique qué hacía yo aquella noche de jueves en aquel lugar, va listo. Digamos que allí estaba y que allí le conocí, y punto. Coincidimos en la sala de espera, mientras aguardábamos a que vinieran las chicas. Aquella casa tenía una bien merecida fama. Material de lo más variado, y siempre de primera calidad. Había, sobre todo, un buen surtido de frutos de la tierra, aunque en los últimos tiempos, y contra mis preferencias personales, la abundancia de clientes extranjeros había movido al dueño a completar el repertorio con un cierto número de francesas, alemanas y europeas del este. Por si de repente a alguien le entraba la nostalgia y deseaba sensaciones más familiares, o una clase diferente de exotismo. Todas estaban bien pagadas, alimentadas y vestidas, y en consecuencia todas se hallaban allí de buen grado. Esto último resulta fundamental, por no decir imprescindible, para sacar adelante un prostíbulo decoroso. Sólo los degenerados y la chusma se avienen a yacer con prisioneras. Y uno acaba siempre teniendo la clase de clientela que su producto merece. Es una ley infalible, que se cumple en cualquier actividad comercial. Mi compañero de espera, sin duda, respondía al perfil del cliente de Chez Abdelkrim (o "La casa del siervo del Generoso", que es como podría traducirse el nombre de aquel modélico establecimiento). Era un hombre que pasaba de los sesenta, pero bien conservado. Nada de desmoronamientos físicos ostensibles, ningún rastro fisonómico de indisciplina moral o de costumbres. Se mantenía erguido, estaba limpio y su indumentaria era la de un caballero, elegante sin ostentación. Tenía el cabello bien cortado y cepillado, entrecano, algo más blanco ya que de su color original, una especie de castaño oscuro. Olía bien, a una colonia que evocaba hierbas aromáticas, tenue. Siempre me fijo en ese detalle. La gente que se permite oler a cualquier cosa inadmisible, ya sea a sudor o a colonia de chulo barato, es gente que se ha perdido el respeto a sí misma y que por tanto está naturalmente incapacitada para tenérselo a los demás. Es gente a la que conviene evitar, y en circunstancias excepcionales, abatir. El olor de aquel hombre, sin embargo, me inspiró en seguida confianza. Hasta tal punto que, transcurridos los primeros y forzados momentos de silencio, consideré oportuno dirigirme a él. Eludí, naturalmente, todas las frases estúpidas que nunca deben pronunciarse en un lugar como aquél, y que sin embargo son las que con desdichada frecuencia uno tiene ocasión de escuchar. Ya saben, frases del estilo de: "¿Viene usted muy a menudo por aquí?". -Diríase que este año el Ramadán está haciendo sus efectos –dije. El hombre me dedicó una reflexiva mirada. Tenía los ojos pequeños, de un gris acerado, profundamente tristes y sin embargo penetrantes. -Cierto –respondió, sin
dejar que el espacio entre mis palabras y las suyas se prolongara un
segundo más, ni menos, de lo que la urbanidad prescribía-.
Normalmente, debería verse esto más concurrido. Aquí el hombre me observó con una reprobación apenas perceptible. Bien encubierta, con estilo, pero no tanto que yo no pudiera advertirla. Mi oficio consiste en unas cuantas tareas de menor cuantía y una sola de verdadera trascendencia: tratar de calar en los deseos y los pensamientos de las personas. -Yo diría que la fe no es una cuestión de fundamentalismo, sino de supervivencia –declaró, con una amable lejanía. Aquello era un desafío, o una prueba, o las dos cosas. Cuando en el curso de una conversación casual, de circunstancias, uno de los interlocutores decide de pronto apuntar a una cuestión profunda y se descuelga con una afirmación sobre la existencia como la que el hombre acababa de soltar, el otro debe constatar que las reglas del juego acaban de sufrir una alteración, que se le invita a un territorio muy diferente, y decidir si le merece la pena o no emprender el viaje. Por lo común, en esas situaciones, rehúyo el esfuerzo. Nadie posee material de verdadero valor acerca de los problemas esenciales de la vida, y quien se entrega a escuchar las meditaciones vitales de los demás tan sólo suele cosechar un manojo de lugares comunes, lecciones mejor o peor aprendidas de maestros más o menos incompetentes y algunos balbuceos personales que raramente tienen alguna gracia y casi siempre carecen de la mínima coherencia necesaria para servir a nadie más que a su propietario. Pero hay veces en que uno, aun a sabiendas de que el ejercicio no puede ofrecer demasiado fruto, siente el antojo de probar. Depende del contrincante, naturalmente, y aquel hombre, no sé por qué, me parecía un oponente prometedor. Así que acepté el reto: -Perdone, pero no sé si le he
entendido. Asentí, sin prisa, meditando lo que iba a responder. Cuando uno entra en harina, hay que jugar en serio. Si no, más vale quedarse fuera. -Ya veo -dije-. Si no le entiendo mal, el hecho de no tener la afición de prosternarme cinco veces al día de cara a La Meca, ni tampoco la de acudir los domingos a comer una galleta de manos de un tipo con sotana, por poner un par de ejemplos, me coloca en la penosa obligación de pegarme un tiro. Mi interlocutor bajó prudentemente la mirada. -Es usted un hombre joven -repuso, sin alterarse-. Y acaso también un hombre al que hasta ahora le ha favorecido la suerte. Disculpe la impertinencia de arrastrarle a esta conversación tan inadecuada. Debo reconocer que en ese momento me desarmó. Completa y absolutamente, como hacía mucho tiempo que no me desarmaba nadie. No sólo por inutilizar con su suave disculpa mi briosa estocada, aunque ése es el tipo de cosas que más detesto, que me dejen en escorzo haciendo el ridículo de golpear al aire. Lo que más me hirió fue que con su cautelosa maniobra me provocaba todavía más que con su observación anterior acerca de la fe. Me expulsaba a un limbo vergonzoso, el que habitaban todos los que desconocían, o no conocían tanto como él, el misterio de la adversidad. Eso era tanto como despertar en mí el deseo irrefrenable de acceder a su experiencia de tal misterio, y de paso me abocaba a doblegarme para poder abrigar la más mínima esperanza de satisfacer mis apetencias. No sé qué era lo que yo perseguía hasta entonces, pero lo que a partir de aquel momento quise, por encima de todo, fue averiguar qué le permitía a aquel hombre humillarme con aquella dulzura. Y comprendí que no podría conseguir mi objetivo por la fuerza, sino con una claudicación convincente. -La suerte siempre es algo más bien relativo -argumenté, procurando resultar torpe tanto en en el fondo como en la forma-. Mal puedo contradecirle, sin saber cuánto y cómo le ha maltratado a usted. E intuyo que me interesaría mucho oírlo, pero imagino que mi juventud le parece una tara irremediable. Se rió, comedidamente. Había entendido. Había visto la bandera blanca y, como un general triunfador, ahora debía decidir si despachaba a un subalterno a tomar posesión del fuerte (es decir, si me largaba alguna evasiva) o si se avenía a estrechar mi mano tras recoger de ella mi sable inútil. Estaba claro que yo lo sujetaba por la hoja y le tendía a él la empuñadura. Predisponiéndome con ello a su favor, tomó el camino de los vencedores generosos: -Su juventud es su privilegio y mi
envidia, naturalmente. Cualquier otra apreciación por mi parte
le serviría a usted para extenderme un certificado inmediato
de incapacidad mental. Pero no puedo creer que le apetezca sacar de
esta velada el relato de las amarguras de un viejo. No es éste
lugar al que suela acudirse para salir cargado con esa deslucida mercancía. Para qué iba a andarme con rodeos ni con pamplinas. Ante aquel hombre se me habían caído de un solo golpe todas las máscaras y había sentido sonar una de esas raras, arbitrarias y preciosas horas de la verdad. -Ahora sólo falta que me pida
perdón –opinó, irónico. El hombre meneó la cabeza. -No sé si le entiendo bien.
¿Tanto le interesa meterse en las pesadumbres ajenas? ¿Espera
quizá algo truculento, escalofriante? Se lo digo porque en ese
caso me veré en la necesidad de defraudarle, salvo que le mienta. En ese momento, aparecieron las chicas. Su irrupción resultó seguramente oportuna. Al menos, a él pareció aliviarle, y a mí me dejó tiempo para pensar. Las chicas representaron para nosotros el ritual familiar que, por no ser el objeto principal de esta narración, me permitiré omitir, y una vez cumplimentado ese trámite, mi compañero de espera y yo nos vimos cada uno acompañado por una gratificante presencia femenina. Yo elegí a Leila, una antigua conocida en quien podía confiar casi sin restricciones, y él a una tal Yvonne, una rubia vagamente centroeuropea. Me decepcionó su elección, preciso es que lo reconozca, pero todo hombre necesita un espacio de debilidad y éste suele estar asociado a sus preferencias sensuales. Nunca debe descalificarse a nadie por eso. -Bien. Ha sido un placer conocerle
y compartir la broma -dijo. Leila e Yvonne nos observaban con una exquisita mezcla de despreocupación y curiosidad. Su oficio, del que eran profesionales expertas, exigía no asombrarse nunca mucho de nada y no parecer nunca completamente indiferentes a nada. Quizá por eso, en Chez Abdelkrim he conocido a una buena parte de las pocas personas sabias que se han cruzado en mi camino. El asombro es la divisa de los ignorantes y la indiferencia el orgullo de los idiotas. El hombre se colocó distraídamente la corbata. Sabía que era un acto innecesario, la prenda estaba perfectamente en su sitio. -Creo que sólo puedo consentir
con ciertas condiciones -dijo. Pedimos que nos dispusieran uno de los salones más discretos y allí nos instalamos con Leila e Yvonne. Estaban pagadas para toda la noche, que es lo que exige el buen gusto, y no tratar a una mujer como una jornalera pagándole el tiempo estrictamente imprescindible, así que se avinieron de buena gana a oficiar como testigos de nuestro trato inusual. Era difícil que una mujer como ellas viera algo que no hubiera visto antes, y el torneo de dos hombres intercambiando sus desdichas pareció interesarlas. Encargamos las bebidas, té para Leila, que era buena musulmana, vodka para Yvonne, que era atea, y dry martini para nosotros dos. Él lo pidió primero, y yo le seguí. Es bueno tener algo potente en el estómago para descender a las mazmorras de la memoria. Cumplí mi parte del trato. Sin ningún ánimo de competir, porque ya sabía que no iba a poder batirle. Esas cosas uno las nota desde el principio. Todo lo que intenté fue persuadirle de mi sinceridad. Expuse ante él, y ante Leila e Yvonne, que me escucharon en un reverente silencio, todos los contratiempos más o menos severos que la existencia me había deparado, y el modo en que eso me había minado la moral o me la había deshecho, dependiendo de los casos. Rehuí cualquier tinte melodramático, fui sucinto y a la vez exhaustivo. No voy a repetir aquí nada de lo que dije, porque no es ni el lugar ni el momento. Pero anotaré que tan pronto como terminé debí hacer una constatación ominosa: no podía aducir ningún impedimento serio a la inercia de seguir viviendo. Lo leí en los ojos de él, eso ya lo esperaba, pero también en el rostro de Leila, cuya sonrisa mientras acariciaba el dorso de mi mano, una vez concluida mi relación, me hizo sentir tan insignificante como nunca antes me había sentido. -Le agradezco muy de veras que haya tenido la deferencia de contarme todo esto -dijo el hombre, cuidando la solemnidad de su discurso-. Ahora me siento no sólo autorizado, sino obligado a contarle mi caso. No es un caso excepcional, no lo es más que el de cualquier persona que se haya quedado sin tiempo ni sitio para seguir escondiéndose, y por ello le ruego que no le conceda la menor importancia. Se lo ofrezco porque me comprometí a hacerlo, y porque para mí sí que es importante. No vale mucho una gota de aceite, salvo para el mosquito que queda atrapado en ella. Yo soy el mosquito, y ésta es mi gota de aceite. Sentí celos. Al verlas, a las dos, a Leila y a Yvonne, escucharle, antes de entrar en materia, con la unción con que a mí no me habían escuchado ni siquiera al final de mi relato. Era un sentimiento irracional, pero inevitable. No podemos consentir que otros seduzcan más que nosotros. Y menos a dos mujeres bellas, una con el bronce del sol en la piel y la otra con el azul del cielo en la mirada. Él reinaba sobre ellas, y estaba hecho a aquella sensación. Se dejó ir por la cuesta abajo de su historia con esa maestría sencilla e irresistible del que es consciente de todos los matices de su poder sobre los demás. -Antes, cuando estábamos en la sala de espera -comenzó-, le dije una cosa pretenciosa, por la que me disculpará. Le dije que sin fe no se debía vivir. No se lo propongo como regla. Es mi experiencia, simplemente. Hace tres meses que perdí la fe, y desde entonces siento que usurpo todas las cosas que tengo. Usurpo ahora su atención, usurpo la mirada y el silencio de estas dos damas encantadoras, usurpo esta ropa, la comida que cada día digiere mi estómago. Tomó aliento. Parecía faltarle, no era una simulación en busca de simpatía. Sabía que no tenía que hacer ningún esfuerzo para conquistarnos. -Hay otra cosa que voy a decirle, y que le ruego que tampoco interprete más que como lo que es, una convicción personal. De hecho, no quisiera creer que nadie deba andar por la vida con semejante convicción, porque el mundo sería un lugar mucho más desagradable de lo que ya es. Pero nada me ha causado más tormento que unir mi suerte a la de otra persona. Hay momentos en los que la maldigo por eso, por atraerme, por rendirme, y por no haber resultado ella ser alguien a quien la suerte estuviera dispuesta a favorecer. Las desgracias de uno no son las más temibles, porque en todas hay algo de expiación, y la expiación duele y desahoga a partes iguales. Las desgracias más horrendas son las que destruyen ante nuestros ojos a las personas de quienes dependemos. Si en ese momento Leila o Yvonne se hubieran vuelto hacia mí, no habría tenido más remedio que taparme la cara con las manos para ocultar mi sonrojo. Mi inventario de presuntas desgracias se ajustaba sin excepciones a un patrón: se trataba de dolencias, desaires y frustraciones que me incumbían a mí y sólo a mí. Con ello demostraba algo que en el pasado me habría enorgullecido, y que frente a aquel hombre, en cambio, me avergonzaba profundamente: había llegado a desasirme de todas las personas que habían cruzado por mi vida, hasta el extremo de permanecer insensible, en el fondo, a todas sus calamidades. Pero el hombre apenas me dio tregua para profundizar en mi bochorno. -En fin, le dije que sólo le contaría la parte más reciente. Y eso es lo que haré. La parte más reciente de mi desventura, la que me ha derribado para siempre, se llamaba Anna. Un nombre tan breve, cuatro letras para encerrar demasiados significados. Era más joven que yo, más joven que usted, pero ya no era una niña. Al contrario, llamaba la atención de ella lo poco niña que era. En todas sus palabras y en todos sus actos había una madurez como nunca había conocido en ninguna otra mujer. Una madurez limpia, sin resentimiento, que la salvaba de la vacuidad adolescente sin hacerla caer en la sordidez de la comadre. No le voy a aburrir con una historia de amor, que ya sé que sólo interesan al protagonista, si es que yo protagonicé algo. Le diré sólo que en un par de meses mi vida empezó a girar a su alrededor, que se mudó a mi casa y que pronto calculé que todas las mañanas que me quedaban las alumbraría ella. Era alegre, lista, generosa. Le sacaba muchos años, así que nunca temí que pudiera tener que enterrarla. Si algo temí, fue que se cansara de soportarme. Pero ella me quería de veras, me decía que yo era lo que necesitaba, y al cabo de algún tiempo, sin presunción ninguna, llegué a convencerme de que así era y dejé de temer. Leila e Yvonne contenían el aliento. Yo también. Mi sensación era que la historia caminaba hacia un final previsible, incluso demasiado previsible, pero que lo que importaba no era el desenlace, ni siquiera los acontecimientos (¿había contado alguno, en realidad?), sino otra cosa que sus palabras contenían y no alcanzaba a entender. Leila e Yvonne no sé que sensación tenían, sólo puedo decir que fuera la que fuese, las mantenía tan suspendidas como a mí. -La muerte puede escoger formas piadosas -prosiguió-. Es su privilegio. Y también puede golpear con la mayor atrocidad. También es su privilegio. Tantos siglos de cultura, tanta palabrería de políticos, filósofos y demás charlatanes, nos han hecho creer que tenemos derecho a muchas cosas. Pero no tenemos derecho a nada: en cualquier momento y de cualquier forma podemos ser abolidos. Ése es el verbo. Abolir. Anna fue abolida, no se me ocurre mejor manera de expresarlo. Tal vez espera usted que ahora sea cuando le proporcione los detalles, y abrigue la esperanza de que en ellos se encuentre la justa contraprestación a lo que antes me contó usted. Pues si es así, se equivoca. Los detalles forman parte de lo único que puedo ya guardarle a Anna: la intimidad de su sufrimiento. No me pertenecen a mí, ni aun si me pertenecieran se los daría; ni por todo el oro del mundo ni por todas las miserias de su alma. Lo que le he vendido, y estoy dispuesto a darle, son los detalles de mi sufrimiento. Estuve a punto de pedirle que no siguiera. De pronto, me pareció vil e inmoral dejar que me lo contara, cobrarle por mi historia ínfima, intercambiable e irrisoria, aquel precio sublime que él estaba dispuesto a pagar. -Lo peor -dijo, con voz firme, como si me leyera el pensamiento- no fue presentir la soledad, ni siquiera verla desmoronarse, aunque eso fue todo lo malo que puede imaginar si alguna vez ha querido a alguien. Leila, cruelmente, me miró de reojo. -Lo peor -continuó- fue escuchar
una y otra vez cómo me pedía que no me quedase anclado
en ella, porque yo todavía era joven y la vida podía depararme
algo más que ser su viudo. Ver cómo se aguantaba el dolor
y me decía, sonriendo, que sabía que me gustaban otras
mujeres, y que no aprobaba que prolongase más allá de
su muerte aquella monogamia que practicaba con ella. Era tan insufrible
ver cómo se daba por desaparecida, cómo anteponía
mi miserable futuro a su propia consunción… Pero fue entonces
cuando Anna quiso mostrarme algo que yo no había visto antes.
Algo casi inhumano. Al ver que yo rechazaba sus sugerencias, no se contentó
con tratar de persuadirme por la palabra. Sin más contemplaciones,
me abandonó. Desapareció de casa, de la noche a la mañana.
La busqué como loco, por toda la ciudad. No por ésta,
sino por la ciudad donde vivíamos. Fueron unas semanas espantosas,
hasta que di con su pista. A la sazón, y en medio de mi arrebato,
me creí un hábil detective. Hoy lo que creo es que ella
se encargó de facilitármela. La pista traía hasta
aquí. A mí sí que me costó, en ese preciso momento, no derrumbarme. Recordaba que hacía algo menos de cuatro meses había venido una noche a Chez Abdelkrim, y que en lugar de elegir a Leila o a alguna otra de mis amigas marroquíes, me había dado el capricho de coger a una chica nueva, de treinta y tantos años, rubia y extrañamente turbadora. Recordaba, también, haber preguntado por ella algunas semanas después, extrañado por su ausencia, y que la administradora me había contado que la pobre chica padecía una grave enfermedad y había muerto. Me acordaba, por último, de la rapidez con que había archivado en el cuarto oscuro de mi memoria aquel suceso macabro. -Así, a primera impresión,
puede parecer una tragedia un poco aparatosa, lo reconozco -dijo el
hombre, como si se excusara-. Pero es una historia sencilla. Ella se
fue, yo la echo de menos, aunque ella se esforzó por evitarlo,
y ya no tengo ganas de vivir. Pasa a menudo. Cometió algunos
excesos, y me dolieron, no voy a negarlo, pero Anna no era responsable
de lo que hacía. Estaba desesperada y sólo buscaba la
mejor forma de ayudarme. Por eso he estado viniendo aquí una
vez por semana, sin rencor, a reencontrarme con su fantasma. El rito
me aliviaba, al principio, pero ahora está empezando a dejar
de aliviarme, porque cada mujer me la recuerda y a la vez me la hace
añorar. En realidad, no sé si volveré a venir,
porque hace poco he descubierto un rito mejor. La última parte estaba destinada a mí, no a Yvonne. Pero hizo una pausa, por si me cabía alguna duda, y mirándome a los ojos, agregó: -Espero que ahora entienda lo demás. Siempre resulta un poco engorroso tener que explicar todos los detalles. Dicho esto, el hombre se puso en pie
y le tendió la mano a Yvonne, que en el único fallo que
la vi cometer como profesional aquella noche, se permitió dudar
un segundo antes de cogerla. Salieron sin despedirse, y no se lo reprocho,
porque yo no había hecho nada para merecer su atención. |
© Lorenzo
Silva |
| La Emperatriz de
Lavapiés: Historia de un poema solo
Era yo un niño de cinco o seis años en la época en que oía en La Habana un chotís cuya letra manos o menos decía “ Cuando vayas a Madrid chulona mía / voy a hacerte Emperatriz de Lavapiés / y alfombrarte con claveles la Gran Vía / y a bañarte con vinillo de Jerez”. Lavapiés era una ficción. Yo y mi circunstancia caímos en Madrid cuarenta años después y, desde luego, una de las primeras cosas que hice fue ir a Lavapiés, recorrerla calle por calle con la misma minuciosidad con que se corre y recorre a una mujer ansiada. De vez en vez miraba los rostros femeninos de la multitud, entre esperanzado y escéptico, pero siempre dispuesto a sorprenderme, para poder encontrarme con la, seguramente ya, Emperatriz de Lavapiés. Nunca que la busqué la encontré. El verano pasado, sin embargo, estaba tomándome unos tragos (copas) en una de las terrazas más calientes de Madrid, o sea, en una terraza de Lavapiés y, de pronto, intuitivamente, miré hacia el frente por donde se alejaba, anónima y notable, de espaldas, una mujer que con toda seguridad era la Emperatriz de Lavapiés, pues sobresalía elegante, distinguida, inteligente, sensible y glamuorosa y sexy. (Parecería como que me gustaran estas cualidades en las mujeres). Y no déjese de notar que pude descubrir esos dones mirando solamente una imagen que se alejaba y un tipo! de andar subyugante nada fácil de encontrar en la capital española, ni en Lavapiés ni en La Moraleja y que en las calles habaneras es el femenino andar , o pan, de todas las horas. Siempre había pensado que algún día le escribiría un poema a la famosa y desconocida Emperatriz y, ahora, así como así, Dios me la ponía delante para cumplir mi vieja y romántica obsesión. Llegué a mi casa y, sin quitarme aún el cansancio de mis 55 kilogramos de piel, huesos y ensoñaciones, me senté ante Pippa Medias Largas (mi computadora) y escribí un clásico soneto porque a la Emperatriz había que escribirle nada menos que un clásico soneto. Casi un verano después, el jueves pasado, llegó el momento de dar una lectura comentada de poemas míos en España y de estrenar el soneto de marras. La lectura se organizó obviamente en Lavapiés en un pequeño café que responde al llamado de la noche por el poético nombre de Grándola y conté con un auditorio tan generoso que varias veces me aplaudió después de terminar de leer, no de declamar que eso no lo hacen los poetas, poemas. Especialmente emocionante para mí fue la acogida que recibió El desterrado, que es mi texto más desolador y más querido, el primero que escribí en España y el último que leí aquella noche. Aquella noche hice esta misma historia y realicé el estreno mundial del poema a la aristocrática deidad andante. En el auditorio había algunas mujeres, pero todas estaban sentadas de frente hacia mí por lo cual no hubiera podido ni intentar identificar a la Emperatriz en el hipotético caso de que estuviera allí desapercibidamente oyendo mis textos. En el supuesto de que alguna se hubiera sentido aludida, se levantara y se pusiera de espaldas para ser identificada, actitud nada de esperar, de ese abolengo, tampoco habría sido posible porque un poeta no ve igual dos veces a una mujer que, primero, ha visto espontáneamente y, después, tenga que verla por encargo. De las presentes, sí una me preguntó, con torpe ironía, si la ! dama que yo había designado como la folclórica Emperatriz de Lavapiés el día que la vi llevaba un pañuelo lila enroscado en el cuello, y otra, como quien no quiere las cosas, indagó si la tal dama portaba el tal día una rosa natural roja en la mano izquierda. Yo, banalmente, dije que no estaba habituado a fijarme en esos detalles. Concluidos los comentarios, todos, damas y caballeros, aplaudieron otra vez y se pararon prestos a salir del salón. Como dato curioso, puedo aportar el hecho de que las damas, de forma tan precisa cual un pelotón de ceremonias, fueron las primeras en pararse y en ponerse de espaldas. ¡ La maravillosa vanidad femenina ¡ Finalmente, los autógrafos de rigor, no de rutina, y algo que me dejó obnubilado. Una bella señora –si es que toda mujer no es intrínsecamente bella- se me acercó, me puso las dos mejillas y, concluido el ritual español de los dos besos, que es mejor que el cubano –solo uno en la mejilla izquierda-, pero al que aún no me he acostumbrado, ante mi desconcierto abrió un monedero y me extendió un billete de dos mil pesetas aliñado con la frase al fin inscripta en la lengua universal “ los poetas también tienen que ganarse la vida”. – No, señora, muchas gracias, pero yo vine aquí solo a estrenar un poema. Me pidió, entonces, que, por favor, le leyera nuevamente el poema. Se lo leí. Todos terminaron de irse y yo quedé
nuevamente solo degustando el sabor agridulce de tener la certeza de
que nunca ni yo mismo podría reconocer a la real musa de un poema
del que por alguna razón todavía, después de haber
sido dicho en público, me siento creador y dueño. Quedé
nuevamente solo en este barrio, tal vez el más nocturnal, cosmopolita
y popular de Madrid, Lavapiés, que aquella noche había
pasado a ser una contundente realidad cuando el niño que lo evocaba
en La Habana cuarenta años atrás a través de un
chotís había pasado a ser la ficción. * Del libro inédito 20 mil palabras de viaje sustantivo (crónicas del mismo periodista desterrado). (N. del A.)
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© JULIO
SAN FRANCISCO. Cuba, 1951. Poeta, prosista y periodista residente en
Madrid. Este texto pertenece al cuaderno recién terminado El
séptimo toro de la tarde (poemas escritos en La Habana y Madrid) |
| Entre mis brazos
(La Javier Panizo Collection)
Parece un autómata, o un dormido, Javier Panizo. Parece un sonámbulo en trance hipnótico al que un ruido, un estruendo incomprensible, ha obligado a bajarse del autobús no exactamente en contra de su voluntad pero tampoco impulsado por ésta. Incrédulo ante lo que presiente ha sucedido, está sucediendo, porque un nuevo estallido rompe el aire, como si Madrid fuese Bagdad y pudiesen estar lloviendo bombas sobre la ciudad que le vio nacer. Javier Panizo atraviesa la Avenida Ciudad de Barcelona con paso firme, los reflejos en posición piloto automático, avanzando en dirección contraria a la corriente: hay una desbandada general, un pánico de hombres empequeñecidos, mujeres con los tacones rotos, llantos de niño y olor a humo. Se sumerge Panizo en el horror, sin verlo, sin dejarse afectar, sólo su pelo rubio y rizado parece resistirse, no querer seguir al ensayista en su descenso hacia el infierno. No podrás hacer nada, Javier Panizo, nada de nada. Lo sucedido escapa por completo a tu mínima capacidad para hacer milagros. Eso lo veremos, lucha, se revela contra mí, Panizo, Javier Panizo, que acaba de mentir a un hombre, soy médico, porque pretendía hacerle dar media vuelta: -Está usted loco. Aún no sabemos si van a estallar más bombas, váyase de aquí. Le ignora Panizo. Y aún le ignoraría si el hombre fuese un poderoso adivino y supiese con absoluta certeza que el tren entero iba a estallar, que el mundo entero iba a estallar. Porque Javier Panizo siempre cree lo que quiere creer, siempre ve, como un burro con orejeras, lo que desea ver. Así que no va a estallar el mundo entero, ni siquiera el tren entero, porque allí está Javier Panizo para impedirlo, para hacer algo, algo, lo que sea, ¡algo! Entra Panizo en el vagón desventrado,
el pelo ya sumiso, vencido ante la Y a los pocos minutos la encuentra. También hoy, esta aciaga y encima gris mañana de marzo, la suerte está de su lado. Sonríe Panizo, mirando un vestido verde aguacate, que se mueve. Sonríe Panizo ante la vida e ignora la muerte. Un estertor ahogado confirma que la mujer que lleva el vestido verde aún respira, aunque lo cierto es que -se preocupa Panizo- lo hace con espantosa dificultad. Es una chica, una mujer joven, y Javier la levanta entre sus brazos de gimnasta, de hombre que cuida su cuerpo para que la mente pueda sentirse relajada, y siente un alivio infinito al escuchar como la mujer tose cuando él la aprieta contra su pecho. ¡Está realmente viva! Javier Panizo roza sus mejillas contra
los moños en forma de teléfono que adornan la cabeza de
la mujer, contra la frente ensangrentada, dañada la piel tan
suave por la metralla, y le habla, le susurra palabras reconfortantes:
te pondrás bien, la cara se curará, habrá una solución. Pero está perdiendo el tiempo.
Tiene que sacarla de allí y llevarla hasta la calle. Deprisa.
Rápido. Rápido. Sin dejar de cuidarla, de transmitirle
su Y ahora Javier Panizo ya no es el humilde
Javier Panizo, sino el hombre más rápido del mundo, el
corredor cristiano de la película Carros de Fuego que Dios, el
mismísimo Dios, hizo para ser rápido. Corre Panizo, corre,
no te permitas ninguna debilidad, corre. Mírala, mírala
entre tus brazos, lo único Javier Panizo deja de correr. Se deja llevar por la escalera de metal. Sus ojos asombrándose ante los de la chica que lleva entre los brazos. No es una chica. No es una simple mirada lo que tiene enfrente. Es una ciudad. Una ciudad ignota. Sus ojos, los ojos de la chica, son como las puertas, la entrada de una ciudad. Nunca le había pasado. Nunca una mujer le había recordado una ciudad. Al revés, sí, muchas veces. Siempre. Las ciudades le recordaban mujeres; eran mujeres. Pero que una mujer le hiciese pensar en una ciudad..., jamás le había sucedido. A Panizo la mirada, no puede evitarlo, le hace añorar la Habana, pero también Santiago, y hasta un pueblo sobre los acantilados de Escocia que sólo había conocido en sueños. Tengo entre los brazos una ciudad. Se aterra Panizo. No puede dejar que le pase nada. Debe mantenerla viva a toda costa. Vuelve a mirar los ojos, a entrar en la ciudad. Llueve. Llueve sin parar. Los ojos están húmedos. Mojado el suelo de sus calles asustadas. La ciudad mira a su salvador como si ambos fueran parte de un mismo todo y Javier advierte entonces que está temblando, que tiembla como un azogado de pies a cabeza por el brutal esfuerzo realizado. ¡Pero no puede permitírselo! ¡Ni el menor signo de debilidad, Panizo! ¡Fuerte, tienes que ser fuerte y aguantar! Y de nuevo vuela Javier Panizo, ahora sobre el piso encogido de la estación de Atocha, buscando la ayuda de la luz, la luz gris -joder, al menos podría hacer sol- que penetra por los ventanales. Sigue corriendo Javier Panizo y no quiere volver a bajar la mirada, porque si lo hace... Ha sentido como el cuerpo se relajaba, se dejaba, se iba. Perdía veintiún gramos. Así que no lo mira, no mira a la chica, no mira a la ciudad. Ya está demasiado próxima la meta. -Rápido, necesita ayuda. Está a punto de pegarle un puñetazo al enfermero que niega con la cabeza. Lucha contra él cuando intenta quitarle el cuerpo de entre los brazos. No quiere creerlo. Es mentira, Satanás, es mentira, tiene que ser mentira. La abraza, pelea por ella, por su cuerpo inane, contra el hombre de la bata, la besa en los labios, le sopla en los oídos, buscándole los ojos, la puerta de la ciudad, que -misericordemente- el destino ha cerrado. Nunca podrá volver a entrar en esa ciudad. Nunca la conocerá. Entre mis brazos, estaba entre mis brazos. Protegida por mis brazos. Y ya no es capaz, Javier Panizo de dar la vuelta, -se derrumba sobre el suelo- de regresar a por más vida, de volver a bajar al infierno en busca de más vida. No es capaz. De nada es ya capaz. De levantarse y alejarse de allí. Ni siquiera de llorar.
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© Javier Puebla |
| Jubilación
anticipada
El primer día en que Enrique Fanegas tomó conciencia real de su extraño caso, fue un caluroso viernes del mes de Mayo. Ese día había resultado especialmente agotador. Se había levantado a primerísima hora de la mañana para dirigirse al aeropuerto, coger un avión a Madrid, dar un seminario de tres horas en la Universidad Politécnica, regresar a Barcelona en el primer avión de la tarde, reunirse con el Consejero Delegado de Silvermayer -la empresa para la que trabajaba-, estudiar la propuesta de venta de unos equipos de seguridad para una importante empresa de Terrassa, presentarse a las 18 horas llamando a su puerta y convencerlo durante dos horas de que estaba haciendo una excelente inversión. Enrique había regresado a la oficina exhausto. Eran las 20,30 horas y reinaba el silencio en el local casi vacío. Se encontraba en su despacho, repasando la agenda del lunes cuando Falconero, uno de los comerciales, le propuso dar por zanjada la semana e ir a tomarse un copazo al bar de Monchete. Durante quince años Enrique se había dedicado en cuerpo y alma a la empresa y progresivamente había ido escalando posiciones. Cuanta más responsabilidad más trabajo. De no ser por la casa que compró en Sitges, no hubiese tenido nunca tiempo de gastar su sueldo, con el que mantenía mujer y dos niños. Tenía 41 años y hacía tiempo que se sentía fatigado. Aquella semana había trabajado una media de quince horas diarias y aunque tenía una secretaria, su individualismo le llevaba a confiar poco en sus colaboradores y a llevar sus asuntos personalmente. Falconero y él entraron en el bar de la esquina donde solían desayunar, almorzar y llevar a algunos clientes. Ambos se quitaron las americanas y se sentaron en la barra. Falconero pidió un Ginger Ale y Enrique un whisky con mucho hielo. Monchete, les sirvió las bebidas y contemplando un instante a Enrique le dijo: “¡Cómo te estás poniendo, macho! ¡Si tienes hasta tetas!”. Y esa frase era la prueba fehaciente de que sus sospechas eran fundadas; de un tiempo a esta parte sus pechos habían aumentado. Falconero, con la boca abierta, palpó el pectoral derecho de su compañero. “¡Estate quieto, hombre!” reprendió Enrique visiblemente molesto. Monchete rió y añadió; “Sí, estate quieto, que a lo peor eso se pega”. Falconero estalló en una carcajada. Enrique se echó al galillo el contenido de su vaso y se levantó. “Hasta el lunes”, dijo antes de salir a la calle. Monchete le despidió con un “Adiós, tía buena”. Cuando Enrique llegó a casa estaba muy nervioso. Se duchó, se enrolló una toalla alrededor de la cintura y pasó al comedor a ver cuál era el comentario de su mujer. Amparo lo miró e informó “Tienes ropa limpia en el armario”. Él continuó inmóvil, con un semblante tan descompuesto que parecía que iba a estallar en sollozos. “¿Me ves algo raro?” preguntó a la esposa. Ella dijo que no pero, cuando él entraba en el dormitorio, se animó a añadir que, bueno, que tal vez no estaría mal que hiciera un poco de régimen. Enrique se miró en el espejo e hizo algo que nunca creyó que iba a hacer: la prueba del lápiz. Ésta consistía en ponerse un lápiz bajo uno de los pechos. Si el lápiz no caía al suelo significaba “pechos caídos”. Y allí estaba él, contemplando su triste figura, haciendo algo que sólo hacían las mujeres. El lápiz se mantuvo firme, pegado a su piel. El lunes por la mañana Enrique reajustó su agenda para escaparse al médico. No se anduvo con chiquitas; buscó al mejor especialista. Pagando una visita de urgencia, acudió a la consulta del doctor Sicasents; una eminencia en nutrición, que había estudiado a fondo los conocimientos orientales, había escrito varios libros y salía a menudo por la tele. Después de estudiar minuciosamente su caso durante quince segundos, el doctor Sicasents le diagnosticó un stress grado diez. Enrique preguntó si era grave y él respondió; “Mire, yo el stress lo mido en una escala del uno al diez. El grado uno es el más leve, así que... vd. mismo”. El galeno le recomendó unas vacaciones, a ser posible sin su esposa y sin niños, de no menos de mes y medio. Mucha verdurita, muchos paseitos y mucha agüita que hace la vista clara. Enrique salió de allí algo apesadumbrado porque era impensable anticipar las vacaciones en un plazo breve de tiempo. Quiso engañarse creyendo que controlando la alimentación su problema desaparecería. Como nunca comía en casa, su mujer tomó por costumbre preparar cada noche una fiambrera con alimentos bajos en calorías, y durante el día Enrique calentaba la comida en el microondas de la oficina y la deglutía acompañada de un litro de agua mineral. Para postre estaba Falconero y sus ácidos comentarios: “Con lo que comes, pronto no te olerán ni los pedos”. Su única satisfacción era la de rematar el festín con un café. Naturalmente sin azúcar ni sacarina. Pasaron tres semanas y Enrique no sólo no vio mejoría alguna sino que, con la llegada de más altas temperaturas, se veía incapaz de ocultar su voluminoso pectoral bajo la chaqueta. Acudía a las citas con la camisa de manga corta y con una corbata extremadamente ancha que no alcanzaba a disimular las protuberancias. En la oficina él imaginaba murmuraciones y risitas que cada día se le hacían más insoportables. El mes de Junio fue tan caluroso que las moscas volaban con abanico. Enrique notaba chorrear el sudor por su frente, las axilas y el tórax. Una mañana, en un autobús, un sujeto con el cráneo lleno de rizos y con unas pestañas muy largas le guiñó un ojo y le lanzó un beso. Enrique se quedó estupefacto. Asido fuertemente a la barra desvió la mirada hacia otra parte. El individuo se levantó y se acercó a la puerta. Y cuando menos lo esperaba, le dijo en voz baja: “Tienes unos peeeechos encantadoooores”. El tipo descendió a la calle y Enrique descubrió horrorizado que la camisa húmeda trasparentaba y que sus pezones se insinuaban a modo de chica de calendario. A la mañana siguiente convenció a su mujer de que le enrollara el tronco con plástico de envolver alimentos. Llegó a la oficina rojo como un pimiento y lo primero que hizo fue meterse en el lavabo y liberarse de aquella faja insoportable. Una mañana el Consejero Delegado lo vio tan hundido que lo llamó a su despacho. Le propuso anticipar sus vacaciones y él respondió que no podía ser porque ya había planificado con la familia un viaje organizado a Italia en Septiembre. El Consejero le sugirió que fuera al médico del seguro y pidiera la baja. Enrique respondió: “¿Qué quiere que alegue? ¿Qué tengo tetas? Si ni siquiera me duelen”. Pocas noches después tuvo la sensación de que sus pechos habían aumentado y le pasó por la cabeza probarse uno de los sujetadores de su mujer (talla 90). Verse de aquella guisa en el espejo le dio grima; sus peludos pechos rebosaban por los bordes del sostén. Al día siguiente confesaría amargado a un amigo: “Estoy deshecho. Tengo más tetas que mi mujer”. Como le daba pereza la constancia de acudir a un gimnasio se las arregló para acercarse a una sauna próxima a la oficina, un rato antes de comer. Fue durante tres días y al cuarto se mareó y cayó de bruces sobre las tablas de madera. Un empleado lo reanimó y le tomó la tensión. El hombre sopló y juró no haber tomado nunca la tensión a nadie que la tuviese tan baja. Cuando Enrique se recuperó se hizo unos análisis. El médico al ver los resultados pensó que se trataba de una persona octogenaria. Le ordenó que comiera de todo, que se administrase un buen vaso de vino tinto durante las comidas y que se dejase de monsergas de dietas. Enrique hizo caso al médico y a los pocos días su mujer tuvo que comprar camisas nuevas porque las viejas ya no había forma de abrocharlas. Desesperado decidió acudir a una masajista de cierto renombre de la parte alta de la ciudad. Marianne era una mujer morena, con un cuerpo formidable, que masajeaba con energía su pectoral hasta el punto de que a veces Enrique notaba los dedos entre sus costillas. Salía de allí baldado y con ganas de arrojarse por un precipicio. Un día, tras una sesión, se le acentuó la impresión de que estaba haciendo el idiota. Fue cuando Marianne, probablemente en plan de broma, dijo: “Yo cobro tanto si le toco las tetas a vd. como si vd. me las toca a mí”. Ya no volvió más. Consumiendo los últimos cartuchos, Enrique tomó la determinación de apuntarse a un gimnasio y dejó muy claro que él no pretendía salir de allí hecho un Adonis. Lo único que deseaba era rebajar el volumen de sus pechos. El fisioterapeuta le informó que, cuando se trata de poner en forma el cuerpo, uno no debe marcarse nunca plazos para obtener buenos resultados. Aquella frase le desalentó y le preguntó sin ambages si había alguna solución más rápida. “Hombre, verá, por lo que veo vd. tiene ahí mucha masa que eliminar y su tratamiento puede ser tan largo como la infancia de Heidi... de modo que le recomiendo que pruebe con la liposucción.” Dicho y hecho. Una mañana Enrique se presentó en la Clínica Farnesio, líder en el campo de la estética, y procedieron a eliminarle la grasa del pecho. El Dr.Lamotta le informó que por un poco más de dinero podrían echarle el guante a las nalgas, pero Enrique dijo que su culo estaba muy bien como estaba. La operación le costó un dineral porque no quiso demorar más la cosa y pidió todas las pruebas deprisa y corriendo. La intervención fue un éxito y a partir de ése día Enrique volvió a considerarse un hombre normal. Su mujer y él lo fueron a festejar a un restaurante célebre por su variedad de mariscos y Enrique se desquitó de las insípidas semanas de verduras y hervidos. Se sentía recuperado y lleno de energía. Trabajó como un demente, se llevaba incluso trabajo a casa los fines de semana y veía con optimismo la llegada de las vacaciones. Vivía excitado, viajaba mucho y dormía poco. Tal vez por eso no se dio cuenta de forma inmediata de lo que pasaba, hasta que nuevamente Monchete hizo un comentario; “Enrique, creo que pronto tendrás que volver a Lourdes”. Con temor, bajó la vista y observó que la corbata torcida descansaba sobre una prominencia. Corrió al lavabo y comprobó lo que ya se imaginaba; los pechos volvían a crecer. Esta vez se informó a fondo a través de Internet y creyó encontrar la solución en un médico sin título de Manaos (Brasil) llamado Sandro Framberaes. Éste hombre, llamado “O Curandeiro”, había conseguido grandes logros en casos como el suyo. Enrique voló a Brasil como el que toma un autobús y se presentó en casa del tal Framberaes. Éste, que hablaba un castellano bastante digno, le dijo: “Sobre todo debe tener fe en que se resolverá su problema. Yo estoy seguro de que sanará. En primer lugar; le voy a entregar una caja con veintiséis amuletos. Uno de ellos es de marfil blanco y se lo colgará antes de irse a dormir. Hay otro, de jade rojo, que se lo deberá colgar dos veces al día durante dos horas y cada uno de los veinticuatro restantes, de color verde, deberá ponérselos cada media hora. No debe llevar nunca más de un amuleto colgado y los restantes deben estar guardados en su estuche y éste, de forma permanente durante los 90 días que dura el tratamiento, bajo su cama. Se lo voy a anotar en una receta para que no se olvide”. Cualquier humano hubiese salido de allí con la sensación de que le habían levantado la camisa, pero Enrique vio en los ojos de Framberaes la convicción. Cuando llegó a su casa le explicó a su mujer en qué consistía el tratamiento y ésta empezó a pensar que su marido se había trastocado. Enrique procedió al cuelgue del primer amuleto de color verde. A la media hora sustituyó el colgajo y, como no podía sacar el estuche de casa, se dio cuenta entonces de que prácticamente no podría salir a la calle más que cuando llevara el amuleto rojo; dos veces al día durante dos horas. Llamó a Manaos para preguntar si había habido algún error en las dosis. El mismo Framberaes le contestó que no y que sobre todo, tuviera fe. Aquel año no hubo vacaciones a Italia. Durante 90 días desayunó, comió y cenó en casa, dio paseos de no más de dos horas un par de veces al día, recibió a amigos y se dedicó a cuidar su jardín. Mantenía conversaciones telefónicas diarias de quince minutos con el personal de Silvermayer hasta que un día, próximo a cumplir los 90 del tratamiento y cuando el volumen de los pechos de Enrique había desaparecido, el Consejero Delegado le propuso la jubilación anticipada. Sólo tenía 41 años. Pensó que se trataba de un ardid de la empresa para quitárselo de encima. Estaba en lo cierto: habían empleado savia nueva. Enrique negoció las condiciones de su retiro y consiguió un paquete de acciones que supondrían un pico al finalizar el ejercicio. Una tarde, mientras regaba unas margaritas, Enrique vio ponerse el sol antes que de costumbre y se dio cuenta de que comenzaba el otoño. Vio aparecer la luna y se percató de que había estado años sin prestarle atención. Mientras reflexionaba sonó el teléfono móvil en la mesa del jardín. Enrique se anticipó a su mujer, agarró el aparato, lo lanzó a la piscina y su hija de cinco años se partió risa. Enrique comenzó a reír y Amparo se contagió con una deliciosa risa nerviosa. El niño, poco acostumbrado a la hilaridad en casa, quiso prolongar la diversión, así que cogió el reloj de oro de su padre e imitó a su progenitor. Enrique corrió inútilmente a la piscina y le dijo muy seriamente a su hijo que aquello no se hacía.
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© Josep Ruíz |
| Uno más,
uno menos
Ahora pienso que tal vez aquella pelea fue para permitirse el descanso sin cargo de conciencia por abandonar a los hijos. Quizá el Felpa ya sepa que todos nos merecemos un descanso. Hace mucho no lo veo. Quizá esté por allá abajo discutiendo de nuevo con mi viejo, en otro basural del infierno. O por allá arriba. Ya no se sabe dónde están el arriba y el abajo. Ni dónde está el condenado cielo. Fui mordido por esta vida de mala muerte a los ocho pirulos. Desde entonces, mis suelas son las del robo. El primer afano fue en el almacén de don Justo: hacía mucho calor, como hoy, y cuando el rengo se fue a refrescar la cara, aproveché y birlé la recaudación. Nunca supo quién le había afanado. Recuerdo que cuando mi viejo me vio llegar con los morlacos, me clavó los ojos, más oscuros que nunca, y me dijo: «Sos uno más, pibe». Después comenzamos a contar la plata. Uno más, uno menos, no sé si importa algo. Llevo más de treinta años en este laburo, el único que conozco y donde gasté mi niñez, mi juventud. Uno se gana buena fama en este ambiente. Aquí también la hay, dura, estropeada, con mala prensa, pero fama: en el ambiente villero tengo fama de ser un maestro de la punga. También uno se cansa, claro que se cansa, si con lo que roba apenas si encuentra otra excusa para volver a robar. Y la cana, ahí, en cualquier parte, yirando y yirando, y jodiendo: no sólo vigila, también pide guita. Esos ladrones uniformados. ¡La concha’e su madre! Primero afané por superar al viejo, y cuando él se piró p’al bombo, fue por el morfi, porque el hambre no espera ni se muere: el hambre nos desgasta; y después estaban los gurises, pobrecitos, qué vida de perros les tocó, una vida que ninguna escuela enseña. Y en un tiempo afané por la falopa: entré como entramos muchos en la calesita, para pasarla bien. Me volé una ristra de sueños montándome en ella y una noche estuve a un tantito así de reventar. Pegué la frenada, pero ya estaba hecho bolsa, y luego todo se rejuntó en mi cabeza. Algunos días, la cabeza no me anda bien, y sólo sé que tengo que salir como una sudestada que arranca árboles y techos. ¡Diosito cuide al que me le pegue! Yo soy el Tumba: de mí naide zafa cuando le lanzó el ojo, naide. Y hoy estaba en lo mío, en lo de siempre: laburando en el transporte de un bolsillo a otro. La frase es de mi gomía el Loco Cervantes, muy leído el chabón, pero le faltan cinco jugadores y últimamente no se le ve ni director técnico. Se le nota por como raja por ahí por el medio de la avenida Eva Perón, como toro en la pampa. El Loco fue golpeado por la cana una vez y quedó así, con el equipo a medias. Nuestra amistad carga muchos años: cuando éramos unos pibes sin pelo en los huevos estábamos en la misma patota. Después ocurrieron cosas. Cosas que imaginábamos y otras que nos sorprendieron. Pa’qué contar. Pero el Loco Cervantes no siempre fue mugroso, tuvo una buena época cuando la familia tenía un quiosquito en Mataderos. Recuerdo que le dio por los libros y nosotros nos burlábamos cuando se metía en la biblioteca municipal. En el fondo sentíamos envidia, tenía cabeza para los libros y nosotros no. Nos contaba cosas que había leído y los ojos se nos ponían como luna llena escuchándolo. Ha leído mucho el Loco, y mucho también le quedó cajoneado después del golpe. A veces habla y habla, y yo me quedo como un bobo escuchándolo aunque no entiendo todo. A veces se da cuenta y me dice que él es un libro mal cosido, que se le cayeron las páginas y se las volvieron a poner pero las pegaron como quiera: como la esperanza del país, dice, y se lamenta. Y después de la página catorce viene la ochenta y siete, dice el chabón, y cuando llega a la cien salta para la veintitrés, y todo se vuelve confuso y uno teme no existir siquiera. No existir nunca. Cuando habla así me parece menos loco Ángel. Ese es su verdadero nombre. La vida es un libro, dice, y hasta lo escriben los que no saben leer ni escribir. Pobre Ángel golpeado. Y yo me quedo pensando que lo que escribimos los miserables no les interesa al gobierno ni a naide. Somos libros que terminan en el basural. Por eso nuestros recuerdos nos duelen el doble. A esa hora de la tarde, el 132 venía a la medida de mis deseos, no cabía ni un alfiler. El calor era una piña en plena jeta. Todos queríamos que el viaje terminara, vestidos mejor o peor, todos éramos lo mismo: un asco de sudor. La Margocita estaba fatigada, se notaba; me había acompañado antes en el Sarmiento, donde pungueamos a una flaca llena de pintura y cargada de carpetas, y a un gordo que transpiraba como un balón de cerveza. Habíamos estado hasta pasado el mediodía tirados en la catrera. Margot había tenido una de sus noches feas. Cuando despertamos, nos amamos con ganas, redoblando la apuesta del calor; después nos echamos toda el agua que pudimos, nos vestimos con la mejor pilchita, tragamos unos chori con un poco de pan viejo y salimos a reventar. En dos horas ya teníamos ciento sesenta y ocho pesos. Un día de esos que me hacen feliz, sólo el calor pesaba. El calor estaba desmadrado. Yo pensaba que si en el 132 nos iba la mitad de bien que en el tren, zafábamos por varios días. Yo podía conseguirme la merca y pasar el fin de semana volado y volando, soñando, y la pibita de mi corazón iba a poder estrenar zapatos en la bailanta del domingo. Entre la experiencia y el Loco Cervantes había aprendido que si uno va con la ropa cuidada, limpita, la gente te mira menos, se descuida con uno. Subimos en la primera parada de Larrea y pechando un poco nos movimos hacia atrás. Allí estaba mi regalo, esperándome, con moño y todo. Emboqué prontito a la vieja perfumada que parecía una gallina gorda en aquel espacio que ocupaba cerca de la puerta de bajada. Le ojié la cartera, debía haber costado mucho, era una piercardin pero no de ésas del Once, de diez morlacos. Esa era legítima y adentro me esperaban los huevos de oro. Hice una seña y la piba se fue acercando más. Margot es linda, sus ojos claros como un cielo nuevo. No siempre tuvo ese aspecto, tan pálida, con ojeras y esas arruguitas tempraneras que le empezaban a marcar el rostro. Sus dieciocho pirulos parecían el doble. Era mi chinita linda y se estaba marchitando. Pero bailantear la transformaba: los ojitos le brillaban y yo sentía que podía tocar las estrellas en su mirada. Hubiera querido que todos los días fueran de bailanta para ella. Nos juntamos hace más de un año y le tengo cariño, es buena y mansa, como un perro viejo; y como un perro viejo, tiene madrugadas que duerme mal y yo me quedo pensando en que seré su primer y último hombre. Mi Margocita sudaba y de reojo miraba a la vieja, y luego a mí. Me rasqué la oreja izquierda y ella sacó el pañuelo. Era nuestra contraseña. La vieja emperifollada se había parado cerca de la puerta. Mi único temor era que se bajara antes: reventarla en la vereda era más complicado y peligroso. Cuando la piba se le acercó para comenzar la avivada, me puse en guardia para tirar la punga no bien llegáramos a la parada. Necesitaba cuerpear rápido antes de que cerraran las puertas para perderme en la calle. Fue entonces cuando lo vi: había cambiado de aspecto y parecía un copetín, y la cicatriz seguía en su lugar, junto al ojo. Me miraba con dureza, y supe que me seguía teniendo la misma pica, pero no bajé la vista y lo miré como diciendo: «A mí no me venís con fayutas, te conozco mañoso». El Ñato era un rubio flaco y alto que caminaba raro, parecía que le sobraban huesos. Cuando estábamos encanados lo enseñé a odiar. Ahora se veía distinto que en Caseros. ¡Una pinta! A ese en la yeca de la vida le había ido bien, llevaba una campera que costaba un huevo. Tres años estuvimos entre rejas, él salió primero. Un día tropecé al Larva en el Mercado Central y supe que el Ñato andaba enredado con una banda que asaltaba camiones en la ruta. ¿Cuánto había pasado desde que hablé con el Larva? No recuerdo; muchos recuerdos los tengo troceados. Y ahora el Ñato está a un paso. Mientras nos fundimos enteros en la mirada, con odio, me pregunté en qué andaría, y seguí plantado junto a la puerta, como un dolor de muelas para los que se bajaban. Enfrentándolo. Su cicatriz era mi firma y todavía le tenía que amargar al muy fulero. Por un tantito así no le arranqué el ojo en aquella pelea. No tenía uña de guitarrero: chamullaba por detrás que me iba a cortar en tiras, que iba a invitar a todos al asado, hasta a los canas, pero tenía suficiente cabeza para evitar chocar conmigo. Me daba risa su actitud patotera. Nos mirábamos. Un tic del párpado gritaba su odio, y su miedo. Y yo sabía. ¡Qué asco de día! Pero no me despegaba de la puerta. El sudor me corría por las piernas. Íbamos por Paraguay y Margocita había comenzado su rutina cerca de la gallina paqueta. Ya el 132 llegaba a la parada de Callao. En la apretujadera del colectivo el calor subía y subía, todos éramos goterones, si nos pasaban la lengua todos teníamos el mismo sabor. El Ñato no dejaba de mirarme. Adivinó mi próximo paso y noté que pechaba a los que tenía delante. El 132 ya paraba y las puertas se abrían: le arranqué de un encontronazo limpio la piercardin a la gallina en el momento justo en que mi piba se le iba encima, como perdiendo el equilibrio, para agarrarse del brazo de la vieja. Era una de las mañas que mejor había aprendido. Margocita, mi flor. Le enseñé todo lo que sabía y la florcita aprendió rápido, con las ganas que da la necesidad. Dos paradas después, ella se bajaría y nos reuniríamos como otras veces. Tantas veces. Al mismo tiempo que la vieja gritaba di el salto afuera, pero la gambeta fue jodida y tropecé con un tacho de basura. Me incorporé rápido y salí rajando. Sobre la voz chillona de la vieja pateaba otro grito. Un grito de hombre, fuerte, rabioso: «¡Parate, parate...!». Yo conocía esa voz. Otros gritos se entrecruzaron. Aquello era el loquero Borda. Todo pasó en segundos; todo fue rápido, demasiado rápido. Mucho después pensé que lo más importante a veces ocurre en un suspiro y no lo sabemos hasta que es tarde y sentimos que la vida nos metió en un hueco sin fondo donde alguien, algo, nos bate y nos bate hasta molernos. Oí el disparo cuando el colectivo arrancaba, para detenerse de inmediato, como si el motor escupiera miedo. Abrió otra vez las puertas y el cuerpo de la Margot rodó a la calle, pintarrajeado de rojo. En ese momento miré para atrás, antes de doblar la esquina, y vi el cuerpito: una pierna le había quedado en la escalera. Nadie vivo podía mantener en aquella posición. Un ronquido me atravesó la garganta. La bailantera estaba perdida, la mansa y linda Margot. Ya no más noches de dormir a los tumbos; no más fiebre, ni escalofríos. No más calenturas, no más ojitos de cielo. La manada de gritos dentro del colectivo era insoportable. Una batucada de los mil demonios. El Ñato se quedó con las ganas de hacerme cagar fuego. Entre el tumulto de gente bajando espantada del 132, sobresalía su cabeza; en la distancia, nuestras miradas volvieron a fundirse en el odio. Todo fue en menos de lo que tardo en encender un faso. Doblé la esquina y corrí para enterrarme en la tarde. Corrí con mis pulmones y con los de la Margot, mi perrito bueno, mi perrito viejo. ¡Puta, qué mala suerte! Corrí llorando por la piba. No le tocaba. La vida es rabiosa y muerde, como me dijo mi viejo y le dije yo a la Margocita. Rabiosa y muerde. Estoy lleno de mordidas. Sigo corriendo aunque esté caminando normal, dejándome llevar por el calor, como uno más por Corrientes. Mis lágrimas se confunden con el sudor, quizá todo mi cuerpo está llorando. Hoy la noche será muy triste. La noche más larga que he vivido. Ojalá tengan bailanta en el cielo, piba de mi corazón. Uno más, uno menos... Pero no te tocaba, sos tan joven... Si hasta te iba a llevar al hospital para que los doctorcitos te curaran. Lo venía pensando, lo juro. Ibas a estar bien. Ahora te voy a extrañar. Sé que me entendés, la vida es rabiosa y te mordió feo, flaca. No pude hacer nada por vos. Nada, salvo quererte. Pero mañana, dentro de una semana, dentro de un mes o un año, voy a encontrarme al Ñato y no voy a darle las gracias como le di al Felpa. Porque lo voy a encontrar, florcita. Por vos. Algún picolargo me ayudará, siempre alguien ve o escucha lo que otro cuenta, y lo voy a encontrar, Margocita. Ese mañoso y yo volveremos a clavarnos los ojos. Entonces seremos uno más o uno menos. Pongo a Dios y al Diablo por testigos. ¿Ahora? No me aguanto, voy a meterme en este boliche, necesito un yin, para que el dolor no me atragante.
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© Rosa Elvira Peláez (La Habana, 1956). Licenciada en Periodismo de la Universidad de La Habana, reside desde 1993 en la ciudad de Buenos Aires, desde donde ha colaborado con algunos medios de prensa de la isla, además de mantener columnas en la revistas literarias Los Noveles (digital) y Nitecuento (Barcelona). Su página personal de internet se llama Wemilere (http://usuarios.lycos.es/wemilere). En narrativa, tiene relatos premiados: los más recientes, el XVI Premio de Relato Policial de la Semana Negra de Gijón, 2003, y el XVII Premio de Relatos Breves del Diario de León (España), 2002. En formato libro ha publicado Ciclones (42º Premio Kutxa-San Sebastián, 2000, de relato en español) y Entre fuegos y otros cuentos (libro ganador del IV Concurso Internacional Manuel Llano, 2000, de Cantabria). Cuentos suyos integran ediciones de los concursos Hucha de Oro 2003, Madrid; Premio Relatos Ciudad de Zaragoza (1999, 2000, 2001, 2002) y el libro Callejón de palabras, Mizares-Editorial Alternativa (España), publicado en 2002. También tiene relatos y cuentos cortos en revistas y suplementos de cultura en España, Argentina, México, Venezuela y Luxemburgo. Ha tomado cursos y talleres relacionados con informática, literatura, dramaturgia, comunicación y publicidad, en La Habana y en la Universidad de Buenos Aires. Tiene tres libros inéditos de relatos. Durante su carrera periodística en La Habana, recibieron premios varios de sus trabajos y aparecieron en libros algunas de sus entrevistas a personalidades de la cultura. Avalan su trayectoria profesional numerosos viajes de trabajo por Ámerica y Europa; reporte de actividades culturales de importancia y entrevistas a personalidades de la literatura y de la cultura en general: por citar, Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, Jorge Amado, Julio Cortázar, Eduardo Galeano, Rafael Alberti, Nicolás Guillén y Alicia Alonso. |
| Kay: el país
de los apostadores.
Hace mucho que perdieron su patria,
era de esperarse, en un arranque de adrenalina colectiva se lo jugaron
todo, literalmente todo, su país se esfumó de la noche
a la mañana, sin guerras, sin intervenciones, sin desastres naturales.
Bastó una mano de poker, una tercia de ases, ni siquiera más,
para arrebatarles el paraíso. Pero, son buenos perdedores, eso
exige el código civil de los Kayanos: “saber perder es
la mejor ganancia”. Y así, sin nada de nada, se lanzaron
a recorrer el mundo en busca de suerte, de buena fortuna, de pequeños
refugios para apostar. Las Vegas es su santuario, los casinos su iglesias,
si se encuentran se saludan o se prestan, ningún Kayano puede
dejar de jugar, es la ley de su vida, su único fin hacer dinero.
Entre ellos no hay diferencias, los que ganan más son iguales
a los que ganan menos, y a los que nada ganan, pues de cualquier manera
son extranjeros. Su única pertenencia es saberse acompañados
en la desdicha del destierro. No se les juzgue mal, ellos sólo
saben que el futuro ya no existe, el pasado es puro olvido, y el presente
es lo único que hace historia cuando tiran los dados sobre la
mesa y, escuchan los aplausos que les brindan cuando ganan. |
© Cecilia Eudave. Serie: Países inexistentes. 2004 |
| El suave viento
En el nombre de Dios, el más misericordioso, el dispensador de gracia, Alabado sea Dios, Señor del universo, el Compasivo, el Misericordioso, Dueño del día del Juicio, A Ti solo servimos y a Ti solo imploramos. Dirígenos por la vía recta, la vía de los que Tú has agraciado. Se abren las puertas y entro mezclado con la gente. Algunos jóvenes de mi edad llevan bolsas de deporte y mi mochila no despierta sospechas. Las piernas me tiemblan. Dios me da fuerzas pero tengo que apoyarme en la pared del vagón para sostener el peso enorme de la bolsa. Comienza el trayecto. A mi lado hay un hombre. Es negro. No lo había visto y está tan cerca que me sobresalto. Tengo los nervios a flor de piel. ¿Será creyente este negro? Si es así me gustaría avisarle, pero no puedo. No importa. Si es creyente compartirá mi destino. Mañana correremos juntos por las praderas del paraíso. Si es un verdadero creyente entrará conmigo en la infinita misericordia de Dios, más allá del cómputo del tiempo. Ha tenido suerte de estar aquí. Quedan cinco minutos para la explosión. Parece una eternidad. ¿Y si la eternidad fuera eso, una espera perpetua de Dios? ¿Qué estoy diciendo? Son los nervios. O tal vez el Demonio me hace pensar demasiado para impedir que cumpla con mi deber. No hay problema. Sé lo que hago. Dios me dicta el camino y mis hermanos aguardan mi martirio. Mi ejemplo será determinante. Ni el tren ni yo podemos retroceder. El negro está muy cerca ¿Lo habrá adivinado? No, no es posible. Mi mochila no despierta sospechas, de eso estoy seguro, pero me observa. ¿Será que me conoce? Tengo que tranquilizarme. No puedo más. ¿qué quiere?, ¿quién es? Levanto la cabeza. Le miro a los ojos. Es un alivio. No le he visto en mi vida y él tampoco puede saber quién soy. Llevo pocos días en el país, no he salido del piso franco, no me he relacionado con nadie. Me observa fijamente. Tiene los ojos raros, muy grandes. ¿Está sonriendo? Me conoce, está claro. No sé cómo, pero me conoce. Aunque tal vez… No. Es un negro corriente. Quizás más alto de lo normal. Como los etíopes. En el nombre de Dios, el más misericordioso, el dispensador de gracia, Alabado sea Dios, Señor del universo, el Compasivo, el Misericordioso, Dueño del día del Juicio, A Ti solo servimos y a Ti solo imploramos. Dirígenos por la vía recta, la vía de los que Tú has agraciado. - ¿Por qué te detienes? En el nombre de Dios, el más misericordioso, el dispensador de gracia, Alabado sea Dios, Señor del universo, el Compasivo, el Misericordioso, Dueño del día del Juicio, A Ti solo servimos y a Ti solo imploramos. - Quedan cinco segundos - Dirígenos por la vía recta, la vía de los que Tú has agraciado…Tres segundos - No la de aquellos que han sido condenados por ti.- Un segundo - Ni de los que caminan extraviados. Los ojos del negro se cierran. El suave viento recorre el tren.
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© Miguel Ángel Gara |
| La guerra de las
rosas
De pronto, Canela salió corriendo hacia unos arbustos de romero y volvió trayendo un bulto negro entre los dientes. Había adoptado una postura de perro cazador que a su aspecto de chucho le sentaba como un disfraz mal cosido. El abuelo se agachó y tomó el bulto entre sus manos. Era un mirlo en cuyo pecho apenas aleteaba un soplo de vida. Hasta ellos se acercaron dos niños, que habían presenciado la escena desde el porche con un sopor veraniego de película ya vista, hasta que el mirlo entró en escena, imponiendo un giro argumental. La niña, más pequeña, lo acunó entre sus manos mientras entraba con él en la casa. Su madre le busca una caja que llena de algodón, en una esquinita un dedal con agua y un plato con pan mojado. Lo pone en un lugar templado, donde la luz del sol lo acaricia tamizada por las cortinas. El mirlo entreabre los ojos de párpados grises, con la mirada desenfocada de los que agonizan. Por la noche, el mirlo morirá y a la mañana siguiente la madre se ocupará de enterrarlo en un rincón del jardín. Para sus hijos inventará la historia de que el mirlo escapó por la ventana abierta, y aunque el mayor la acose a preguntas mantendrá la misma versión. Durante toda la mañana cada mirlo que se posa sobre el césped será el mirlo que salvaron de morir. El abuelo no dirá nada. Cuando
nadie le vea, irá hacia donde el mirlo fue enterrado y removerá
la tierra hasta dejarlo al aire, para que se lo coman los gatos. “Aquí
van mis gallinas”, dirá, “y allí el cochino”,
mientras señala el lugar donde Canela pisotea unas petunias.
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© Ana Pérez Cañamares |
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No era demasiado guapa ni tampoco tenía una voz especialmente sensual, pero por los pueblos que iba dejando atrás pude comprobar años después que había permanecido una especie de recuerdo difuso de, sobre todo, su caja de acuarelas. Viajaba sola, según todos, con una bolsa de lona verde a la espalda y un libro en la mano repleto de horarios de trenes intercalados entre las páginas. Sabía hablar inglés, algo de francés, gallego y nada de alemán ni de holandés. Yo he seguido su ruta desde Cedeira por toda la cornisa Cantábrica, luego he descendido hasta Valencia y he tenido que ascender de nuevo hacia Gerona. He seguido la huella de sus bocetos y de sus acuarelas hasta el pueblo llamado Llançá donde la dueña del único camping ha podido decirme su nombre y la época exacta en la que aquella chica que quería ser pintora estuvo allí. Silvia Compte tenía veintiocho años y pasó casi quince días en Llançá zarandeada por una violenta Tramontana de principios de agosto. Llegó en tren y al aproximarse al camping, repentinamente, comenzó a llover y el viento de los montes empezó a soplar sin compasión, de modo que los turistas decidieron irse huyendo de la indeseable compañía de las inclemencias climáticas. Pero Silvia Compte se quedó mirando el viento entre los pinos, el agua de la lluvia estancada en los charcos del suelo de su endeble tienda de campaña y la luz de alguna lámpara yendo y viniendo balanceada por la violencia del aire. La espalda empapada del jersey y las manos mojadas mientras leía el Avui y veía las fotografías de Barcelona mojada. El rugido insondable de todas las ramas azotadas a su alrededor que a veces confundía con el avance, cada vez más próximo, del tren. Como si se fuera a estrellar contra su reducido territorio… La propietaria del camping no la olvida porque una mañana su tienda ya no estaba debajo del árbol que solía cobijarla. Los excursionistas franceses murmuraron durante semanas enteras (dos o tres) sobre las verdaderas intenciones de una chica que viajaba sola, pero la propietaria no quiso escuchar los rumores. Ella no cree que Silvia Compte se hubiera ido sin pagar y sin recoger la ropa que seguía tendida en la cuerda, mecida sin piedad por aquella violenta Tramontana capaz de arrastrar un cuerpo débil e ingenuo hasta los límites de cualquier abismo furtivo. Antiguamente levantaba hombres. Palabras de la dueña del
camping en agosto de 1998.
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© Pilar Adón |
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Muchas veces me he preguntado cuándo comenzó todo, cuándo se instaló en nuestras vidas ese monstruo en el que te transformas cuando se marchan las visitas. Porque no fue cuando nos casamos. En aquel tiempo, aunque apenas salíamos ya de casa, todavía conservábamos algunos amigos. Acaso fuera esa otra vez, cuando dejé definitivamente aquel empleo en la farmacia. ¿Cómo pude ser tan ingenua y creerme aquello de que las reinas no trabajan? Recuerdo con qué obstinación reclamabas mi renuncia mientras caminábamos solos por el parque. Entonces yo sólo veía el mundo a través de tus ojos, un mundo que era glauco e inquietante del que tu me protegías. Y así de esta manera se fue desarrollando todo, como en un cuento de hadas, hasta que después de una noche (lóbrega como una pesadilla) amanecí con los ojos amoratados. A partir de ese día sólo pude ver la vida desde el cárdeno anonimato de unas gafas de sol. Por eso te escribo hoy esta carta, porque después de tantos años he hecho acopio de las fuerzas suficientes y he abandonado esa cárcel a la que tú llamabas hogar. ¡Menudo hogar! Un infierno que se debatía entre la oscuridad del dormitorio y la grasienta soledad de la cocina. Nadie puede hacerse una idea de lo que es vivir en medio de semejante abandono si no ha llegado a sentir el desprecio absoluto de ser ignorada hasta por tus propios hijos. Entonces un día empiezas a comer sola cuando todos se han marchado, luego vuelves a planchar tres veces seguidas la misma camisa, y cuando quieres darte cuenta tu mejor amiga es una maceta de petunias que hay al otro lado del pasillo. Luego escuchas por la radio que un bárbaro ha quemado a su mujer porque le ha servido fría la cena, y piensas que eso no va contigo. Otro día oyes el caso de alguien que está soportando el mismo infierno que tú, y entonces te das cuenta que no estas sola, que a poco que te fijes también proyectas una sombra cuando te acaricia el sol al atardecer, como antes, igual que cuando eras joven. No sabes cómo, pero de pronto te encuentras con fuerzas y abres una ventana para que entre la luz como si fuera primavera, solo que estamos en diciembre y el frío corta la sangre, pero tú no lo notas. Tú solo sabes que la última vejación ha sido la última vejación, y que nadie te volverá a decir nunca más qué tienes que hacer, ni siquiera el calendario. Es más, si quieres que hoy sea el 7 de abril, pongamos por caso, entonces lo será como si fuera cierto, y antes de que lleguen las lluvias o las nieves (tanto da) coges a los niños, que se sorprenderán de que sigas viva (porque los únicos gestos vitales que te han conocido han sido tus llantos ahogados por las noches, y esa mirada en los ojos que han perfilado los golpes estos años) y entonces te vas. Te vas y lo dejas todo. Te vas y dejas atrás las sombras y los requiebros. Te vas y te pones a escribir esa carta que tenías pendiente tantos años solo para decírselo. Decirle que lo has dejado. Te dejo, así definitivamente. Y como es posible que no se dé ni cuenta hasta el siguiente viernes que es cuando libera todas sus fobias, vas y le pones en antecedes para que no sufras. Porque como dicen quienes han pasado por este mismo trance: estas misivas son como las palomas de la antigüedad, que si no regresan pronto producen desasosiego.
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© Antonio Polo González |
| De arcilla solamente
Not fare well, But fare forward, voyagers, estaba yo leyendo a Eliot cuando, they're only made of clay, canta Billie Holiday por la radio, son las tres de la madrugada, y luego, it's very clear, our love is here to stay, una historia de amor que probablemente se puede contar como la mía, horizontalmente o verticalmente, hacia adelante o hacia atrás, pues de una forma o de otra las cosas, bueno, la vida, van a salir oblicuas, aunque vayamos siempre para adelante, es que tú piensas oblicuamente, ha comentado uno de esos amigos que encuentran una razón en todo, y el que no sabe se va a figurar que suelo pensar en una postura sesgada, lo cual, en este momento, es cierto, estoy en la cama echado al bies y estoy pensando en mi médico y buen amigo, el doctor Helmut Uhlmann, que ha dictaminado, en su consulta, ante una jaula de tres pájaros amarilla (la descripción es de él, pues le gusta Góngora), como digo, ante la jaula que tiene allí para relajar a los pacientes ha dictaminado, tu depresión nada tiene de oblicuo, sigue un sesgo psíquico, y yo trato de explicarle que lo oblicuo es misterioso, interesante, precisamente por ser indirecto, y él, alemán que es, se mantiene tozudo, como si no me hubiera oído, es un síndrome caracterizado por la inhibición de las funciones psíquicas, y yo, que no estoy para muchas digresiones, Helmut, lo que no me funciona muy bien es el sueño, duermo muy poco y por el día no existo, día tras día amanezco estragado, pero Helmut se saldrá con la suya, tiene tras sí el peso de la ciencia, y quiere saber si todavía tengo urgencias sexuales, y yo le contesto que no he ido para eso, que no soy un zombi sexual, y entonces él quiere saber lo que ha pasado, la mujer de Baltimore me ha dejado, la he dejado, nos hemos dejado, y se lo cuento todo, y él me sale con, Ábah!, eso le pasa a mucha gente todos los días, todo principio es ya un fin, acuérdate de Romeo y Julieta, pero para ellos la muerte es la solución a la disolución familiar, imagínate lo que les hubiera ocurrido a esos desdichados si no hubieran muerto, lo más probable es que se hubieran hartado el uno del otro, sobre todo habiendo empezado tan pronto en la vida, y Shakespeare, que no tenía nada de tonto, hizo que se les recuerde jóvenes, guapos y enamorados, y yo, algo picado, yo no soy mucha gente, y déjate de romeojulietismos, ya no soy un adolescente, yo soy yo, y ella es ella, y los otros son una retahíla de amantes, a menudo jovencísimos, porque tienen la pureza de la juventud, porque ella entonces no es el río que sigue la corriente, es la corriente que lleva al río por vados, cañaverales, confluencias y hermosas huertas, pero yo sospecho que el río, joven, vigoroso, no es de despreciar, y otras veces aparece un amante como yo y ella piensa esta vez es de verdad, y lo siente y lo demuestra, si no lo sabré yo, y eso a pesar de que no ignora que su vida es un continuo hacer y deshacer, y además, mi recuerdo de ella es... bueno, es odioso, y él, ese quizá sea tu recuerdo ahora, el mío es distinto, todavía te veo en mi mente, en tu apartamento, aquí en Ann Arbor, hace como un año, hablándome de ella, de lo muy enamorados que estábais los dos, y si os hubiera pasado lo que a los de Verona, yo os habría recordado siempre en un sublime estado amoroso, pero ahora ya... créeme, lo último que se recuerda es lo que cuenta, y puede ser lo más desagradable, o lo más bello, y Helmut, quizá misericordioso, mira el reloj y me receta unas no-sé-qué-y- no-sé-cuántas-y-no-sé-cuándo, el envase lo dirá, y me asegura, en estos casos, el tiempo es el mejor tratamiento curativo, y añade, y hay seguridad en su voz, te conozco, tienes mucha resistencia, volverás a navegar, a Helmut le gusta la pesca de altura, y sí, mi corazón tiene un deseo de volver a navegar, de arribar a buen puerto, pienso, pero me pregunto cuándo, porque la verdad es que mi corazón, en este momento, no conoce sino el odio, un odio minucioso, porque el otro día voy a la casa de ella a recoger la silla, la que compré en Quebec, la talla es soberbia, las dos caras de Jano en el respaldo, el pasado y el porvenir, me costó un ojo de la cara (lo nuestro ya había terminado entonces, quizá por eso compré la silla, para vengarme, y fui a Quebec fantaseando a Europa, para estar allá estando acá), y cuando me volví a Michigan no era cosa de dejar la silla en la bodega del avión, así que se la dejé en Baltimore, porque así, además, tenía el pretexto del regreso, y ahora vuelvo por la silla y la llamo, y ella, su voz suena desinflada, ven mañana, y voy, es domingo, por la ma–ana, y la puerta de su alcoba está cerrada, nunca lo estaba en mi tiempo, y me figuro lo que ocurre, allí está el efebo de turno, seguro, éste tiene veinticuatro a–os, pero aparenta diecisiete, según me dicen, así que ella le lleva dieciséis, lo siento, no quería hacerte una faena así, es el pintor, me está pintando las contraventanas, anoche fuimos a una fiesta y se nos hizo demasiado tarde, dice ella con un compungimiento absurdo, menudo pintor, renacentista, ecléctico, hago un chiste de todo, pero la procesión va por dentro, y me vuelvo a Michigan, con la silla en el coche y con un odio mortal en el alma, un odio hecho de amor, de congoja y de ira, y cada kilómetro que hago, y son muchos, me hunde más en el despecho, y las noches ya no me pertenecen, están sacrificadas al recuerdo, a la imaginación, y veo a los dos entrelazados en un coito interminable, y echo de menos nuestras conversaciones, y añoro nuestras intimidades, y no puedo dormir, y cuando logro dormirme es sólo por unas pocas horas, y me despierto, y veo en la televisión, de madrugada, películas sin principio ni fin, y compro un revólver, y amparado por la noche conduzco a Baltimore, y la abordo por la calle al día siguiente, y se sorprende, y yo le digo que me encuentro en la ciudad para algo muy urgente, que tengo que hablar con ella enseguida, que se meta en el coche, y lo hace con recelo, y vamos a un caserón que con un nombre supuesto he alquilado en las afueras, y la secuestro, y me dice que estoy loco (que diga lo que le parezca, no es de las mujeres que gritan), y la encadeno, y la acuso de todo, y la obligo a revivir los momentos terribles, no los buenos, pues no quiero enternecerme, y me tiene que escuchar quiera o no quiera, y la tengo encadenada allí indefinidamente, pero a veces la dejo escapar en una jungla paradisíaca que lo mismo puede ser el Edén, que Viet Nam, que un cuadro de Rousseau, y, en un ambiente bíblico científicamente absurdo pero bellamente literario, la persigo en su desnudez, y se va acrecentando el olor a plantas, a humedad, a muerte, todo realzado, con violencia, con exotismo, con una belleza primitiva, por la música de Stravinsky, y se oyen murmullos selváticos, y pájaros de mil colores parecen reir burlones presintiendo la inminencia del sacrificio, y cuando ella se aleja corriendo, aterrorizada, alzo el brazo que empuña el revólver, lo alzo muy hacia el cielo, en un ademán de protesta, y luego, muy lentamente, lo voy bajando, lo mantengo muy recto a la altura del hombro y muy cuidadosamente apunto, y mis desesperadas imaginaciones a veces operan mucho más efectivamente que las pastillas de Helmut, quien me pregunta con un interés más científico que emocional por la literatura, ¿qué clase de trabajo monográfico vas a preparar en Baltimore? (estamos tomando unas copas en mi apartamento, en Ann Arbor), voy a hacer algo sobre la estructura y el desarrollo del género cuentístico, le contesto, ¿tienes ya hecha alguna teoría?, quiere saber sí, mi teoría es que no hay ninguna teoría, le digo ¿y por qué en Baltimore?, él me pone una sonrisa de conejo y me pregunta ¿vas a escribir lo que sea ante la tumba de Poe?, y yo, estoy... bueno, muy enamorado de una mujer que he conocido en Nueva York, y le cuento cómo nos conocimos, en Baltimore estaré con ella y podré trabajar en el manuscrito, le digo, no te vuelvas a casar, me recomienda, y brindamos por un futuro feliz y productivo, y voy a Baltimore, y al verla ahora, como cuando la conocí en Nueva York hace un mes, me vuelven a fascinar su exotismo, su personalidad abierta, obsequiosa, pero no servil, su mirada invitante pero no otorgadora, su sensualidad profundamente atrayente pero nunca ostentosa, y otra vez tengo la sensación de que hemos coincidido ya antes en algún lugar del Oriente Medio, pues por su porte semítico podría armonizar con las sinagogas de Jerusalén, los bazares de Estambul o las terrazas del Cairo, y atrae a la gente con la persistencia de un imán, y un día, a poco de llegar yo a Baltimore, en una fiesta para poetas y editores, donde todos van a sacar lo que pueden, una mujer, entre veintiocho y veintinueve a–os, muy atractiva, animada sin entorpecimiento por el alcohol, se nos acerca, y después de barajar la frivolidad con la chispa intelectual, se decide ir al grano, y con más o menos sutileza nos propone un menáge â trois para la noche, me supongo que eso es sólo el principio, pues se ve claro que la mujer únicamente está interesada en ella, y ella le pone el brazo por el cuello, y las dos secretean, y ella le habla dulcemente, reposadamente, y besa a la mujer en los labios con ternura, y la mujer se aleja, no sin volver la cabeza una vez, sus ojos brillan húmedos y dolorosos, y nos marchamos de la fiesta, pero la mujer ya no está, y decido no preguntar nada, me parece que ha ocurrido algo muy personal y no debo inmiscuirme en la intimidad de unos instantes, y en Baltimore doy comienzo a una nueva vida con ella y sin ella, pues decidimos no vivir juntos para tener espacio, y dedicamos los días al trabajo y las noches al amor, al diálogo, o a los amigos, y, de vez en cuando, a tomarnos unas copas, a bailar, o a escuchar jazz en los bares de Fells Point, y una noche, al principio, en Half Moon Tavern, cansados y sudorosos de bailar, me dice, todavía estás a tiempo de volverte, conmigo vas a conocer la infelicidad, y te quiero demasiado para causarte desgracia, y yo, con sorpresa y alarma, ¿a santo de qué viene esto? y ella me mira fijamente, porque no puedo ser responsable de la felicidad de otra persona cuando yo misma no sé cómo soy, pero lo que sí sé es que he estado con varios hombres, con muchos hombres, no más de dos o tres meses, y los he hecho muy desgraciados, ahí tienes a mi ex-marido, mi relación amorosa más larga, que ahora es alcohólico, una vida frustrada, y todo por mí, y yo le digo, vamos a procurar que lo nuestro salga bien, probar que el destino no es irrevocable, como el pasado, y de algún modo salimos adelante, y en nuestra separada convivencia alternan la ternura exenta de secuencias melodramáticas, la cópula apasionada, frecuente e imaginativa, la libre expresión de lo que pensamos y sentimos y las conversaciones sobre el arte sin convencionalismos genéricos, y el periódico la envía a California para hacer una serie de entrevistas, y yo me quedo solo en Baltimore, y entiendo ahora lo duro que se me hace separarme de ella, aunque sólo sea por una semana, y cuando vuelve decidimos marcharnos de vacaciones, Baltimore se nos hace pequeño, y vamos a España (ella nunca ha estado en España), y hacemos el turismo de rigor, Madrid, Segovia, Toledo, Córdoba, Málaga, y en Córdoba florece su semitismo, y cuando entramos en la mezquita se queda atónita, nos hemos internado en un laberinto de columnas, y en un segundo el tiempo parece dejar de existir, y se nos imponen los arcos dobles de este laberinto que, misterioso en su semipenumbra, se abre y se cierra a la vez, como un corazón palpitante, columnas que dan la sensación de desplazarse continuamente, y lo imaginamos todo iluminado con lámparas de aceite, como debía estarlo en su día, y nos parece oir murmullos de rezos, repeticiones rítmicas de un eterno ritual, y lentamente nos vamos introduciendo en este bosque mágico, y entonces ve la catedral renacentista, construida, implantada en el centro de la mezquita, y yo juraría que hay lágrimas y temor en sus ojos, y por un momento toda su sensualidad se desvanece, más bien parece una virgen martirizada, y hablamos en voz baja en un rincón apartado, si yo fuese una devota creyente musulmana, esa violación la sentiría en mis entra–as, pues es una crucifixión a la inversa, el cuerpo no está clavado a la cruz, sino que la cruz hiende lo más profundo del ser, dice, pero eso que dices es excesivo, si yo pusiera esa frase en una novela o en un cuento, los lectores se reirían, es demasiado melodramática, le digo, a menos que los lectores sean musulmanes ortodoxos, figúrate si yo fuera una lectora iraní, dice, no creo que los musulmanes ortodoxos lean novelas ni cuentos occidentales, le respondo, y ella con mucho convencimiento, nada escandaliza o debiera escandalizar hoy día, la modernidad lo prohibe, sólo algunos puritanos aquí y allá se escandalizan, o pretenden escandalizarse, mira, hay un fotógrafo que ha publicado la foto de un crucifijo sumergido en orina, y otro que ha publicado fotos de dos hombres en plenos actos sexuales, unas modernidades, y la gente ha atacado estas obras por inmorales y pornográficas, y ha protestado ultrajada, pero la gente espera que en materias artísticas se le dé una patada en el culo, te digo que si nos consideramos modernos, y lo somos, no hay más remedio que aceptar el cambio y todo lo chocante como fundamento de la tradición occidental, entonces, Àpor qué te ha escandalizado el hecho de que una catedral renacentista haya sido construida dentro de una mezquita? quiero saber yo, fue un acto violento, y la violencia debe escandalizarnos a todos, dice ella, la expresión de virgen martirizada se ha desvanecido, y después de esta conversación en la catedral, proseguimos la visita, y cuando salimos de la mezquita los alentadores ruidos callejeros nos devuelven a la misma realidad de antes de entrar en ella, a una blancura de callejones y plazuelas, a un sin fin de gente ocupada y desocupada, a las mujeres que vuelven jadeantes del mercado y se detienen a descansar o a parlotear con otras de mil trivialidades y cotilleos, a los gritos de los vendedores callejeros, a los crispantes ruidos de las motocicletas, y yo imagino oir, a lo lejos, la llamada del muecín convocando a los fieles desde el alminar, exhortándoles a acudir a la salvación, testimoniando que no hay más Dios que Alá, y la algarabía que se había producido a nuestro alrededor se convierte en las repeticiones rítmicas que habíamos imaginado oir en el interior de la mezquita, ¿quieres?, me pregunta ella, haciendo una señal convenida, vamos, le respondo, y vamos al hotel, y en la cama, donde jamás ocurre nada inmoral ni moderno, nos entregamos con ahínco a la ejecución de un eterno ritual, ya han pasado tres semanas desde que volvimos de España, el tiempo vuela, observa ella, una de las frases menos memorables que le he oído decir, un día es como otro día, y hoy es lo mismo que ayer, digo yo, aparentando originalidad, pero hoy no es lo mismo que ayer, nos estamos distanciando, quizá sea mi imaginación, pero creo que cuando la imaginación se aferra a un pensamiento, a una situación, lo imaginado adquiere una insospechada realidad, como lo del otro día, cuando ella dio la fiesta para el editor del Pacific Magazine, y fui a su casa, y siempre que voy, que son casi todos los días, tengo la sensación de penetrar en un mundo aparte a medida que subo con el coche por el camino que, guiado por un arbolado espeso, conduce a lo alto de la colina, y allí, su casa, que ya lleva en manos de la familia dos o tres generaciones, un milenio para el norteamericano, recibe al visitante con ese aire anglosajón de misterio, consistencia y tristeza que comunica el ladrillo oscurecido y la hiedra que trepa y oculta, y en su interior uno se ambienta enseguida y se embebe en la personalidad de ella, en la comida, en el olor, en todo lo que es humano, y, los días fríos, en el fuego de la requemada, hospitalaria chimenea, donde arden leños de roble que despiden un olor confortante, pero me estoy desviando de lo que quería decir, voy a su casa para lo del editor, llego una hora antes para ayudarla en lo que sea, y estamos en la cocina, y suena el teléfono portátil, lo contesta, saluda brevemente, se lo lleva hasta el estudio y entorna la puerta, y yo me quedo solo, en la cocina, sumido en un mar de dudas, y la oigo cuchichear, y así unos diez minutos, y cuando vuelve, de una manera muy natural, no sé si pregunta o da por descontado, ¿te apetece un martini?, los invitados ya deben estar para llegar, y yo quiero saber, ¿era algo importante?, y ella, con cierta brusquedad, no, nada, y en ese momento llaman a la puerta, los invitados empiezan a llegar, y el episodio del teléfono se esfuma, pero no de mi mente, porque nunca nos había ocurrido nada semejante, y después, en la fiesta, está muy acaramelada conmigo, casi como un acto de contrición, diría yo, y cuando nos volvemos a quedar solos, le pregunto sobre la llamada telefónica, y aunque estoy confusamente enojado, me expreso con tranquilidad, pensaba que no había secretos entre nosotros, y ella, menos calmada que yo, y no los hay, pero no veo que tengamos que dar cuenta de cada acto, de cada gesto, de cada pensamiento, tenemos a nuestra disposición todos los ingredientes necesarios para condimentar una sabrosa discusión, pero está claro que en este momento no vamos a coincidir en nada, así que decido dejarlo todo para mejor ocasión, o para sepultarlo en el olvido, pero las cosas empeoran, y dondequiera que vamos parece afanarse en que su presencia sea notada, una solemne tontería, pues ella siempre es percibida por todos sin que tenga que esforzarse, y se viste y actúa como si quisiera acostarse con todo bicho viviente, lo cual me irrita, y se lo digo, y ella me contesta enfadada que debo tener más seguridad en mí mismo, que su cuerpo la pertenece, que yo no tengo jurisdicción sobre él, y ya más sosegada, siempre te he sido leal, jamás en mi vida he tenido relaciones con dos hombres a la vez, si es eso lo que te preocupa, pero al mismo tiempo me confía que a veces se siente encerrada en su propio cuerpo y que necesita liberarse, escaparse de todo y de todos, y cuanto más se me escurre, más me siento prisionero de sus encantos, y a instancia suya paso una semana entera en su casa, una novedad, considerando que llevamos juntos algo más de siete meses, y me siento débil, sin voluntad, y la colina me da la sensación de ser una isla, en la que yo, un Ulises indefenso y perplejo, estoy condenado a permanecer sin escapatoria posible, encantado por la hechicera Circe, pero lo curioso es que ella también se siente prisionera mía,me privas de la libertad que debiera tener, los hombres sois tiranos por naturaleza, dice, y estos días dedica una buena cantidad de tiempo a entrenar a un aprendiz de periodista, un muchacho recién salido de la Escuela de Periodismo que acaba de empezar en el periódico, y ahora nos vemos menos, y aumenta mi irritación, y creo que comienzo a aborrecerla, y no sé cómo enfrentarme con esta situación, pues la quiero con locura, pero ya qué más da, voy hacia atrás como los cangrejos, en "my end is my beginning", el lema de María Estuardo, y un día recibo una invitación, es para un congreso de periodistas en Nueva York, y la acepto, hace tiempo que no voy por allí, y Helmut me lleva al aeropuerto, y hablamos de la movilidad de los americanos, mis amigos de otros tiempos ya no viven en Nueva York, algunos se han mudado, los he perdido la pista, y otros han muerto, ya no tengo a nadie en la ciudad, más libertad así, quizá, los periodistas me tienen sin cuidado, el derroche de energía que se percibe en las calles es lo que me atrae, quiero volver a perderme en el mosaico neoyorquino, reiteradamente altanero, y llego a Nueva York, y me quedo en el Sheraton, y en la cafetería del hotel me topo con Ron Tucker, lo había conocido en Washington tiempo atrás, periodista, el cuánto tiempo sin verte, el siéntate, el ¿tomas un café?, el llevo una prisa terrible, una mujer se acerca a la mesa, saluda a Ron, el besar en la mejilla, el ¿cómo estás, darling?, su cabello castaño, más bien largo, una chispa descuidado, tiene tonos rojizos, el siéntate con nosotros, los ojos son verdes, el presentar ininteligible, el hola, el Àqué tal?, la voz es algo ronca, y Ron, perdonad, ahí os dejo, tengo que entrevistar al senador Bradley, por favor paga tú mi café, la mujer se sienta, y, ya se sabe, un olor, un gesto, una palabra pueden despertar memorias, impresiones, afinidades aletargadas en nuestra mente, y el perfume de su cuerpo, su sonrisa, el sonido de su voz traen a la mía la Biblia y el Corán, el cobre y las dunas del desierto, ¿quién puede explicar las atávicas razones?, y la voz de ella me saca de mi ensimismamiento, soy periodista, estoy asociada con el Baltimore News, con más o menos libertad, y añade, artículos, ensayos, entrevistas, cosas así, y tú, yo no soy periodista, le digo, estoy en Nueva York sólo de visita, hago cosas de tipo literario con desigual fortuna, y hablamos, y vamos perdiendo la noción del tiempo, y la conversación llega a importarnos más que las conferencias del congreso, y veo en ella el fiero y joven sentimiento de independencia de los Estados Unidos y esa pereza sensual y alegría de vivir propias del Mediterráneo, y me dice que es producto de los sesenta y los setenta, la Edad de Acuario, eso quizá explica su aversión por lo convencional, y yo siento un deseo incontrolable de tocarla, de poseerla, de olvidar el tiempo y perdonar la vida, y hay un silencio, yo no digo nada, sé que no podré dominar la voz, y ella clava sus ojos en los míos y me sostiene la mirada, yo tambien siento lo mismo, dice, y la voz le sale temblorosa, y vivimos cuatro días, con desenfado y ardor, nos alienta la magia del momento, el hoy intransferible, que con el tiempo volveremos a recrear, quizá no ya con la misma emoción pero de manera más poética, con el encanto de la remembranza, y callejeamos retozonamente por Nueva York, y un día vamos al Museo de Arte Moderno, y los lienzos cubistas de Picasso y Braque nos confirman una sospecha, el cubismo no es la sistemática reproducción del mundo visto desde todos los lados, el cubismo es una visión variadamente poética y nada sistemática de lo atractivo que puede haber en lo cotidiano, un heraldo de la vida moderna, y otro día subimos al Empire State Building, y nos acordamos de King-Kong, y yo hago sólo una pasable imitación de Kong, mientras que ella es una convicente Fay Wray, y otro día entramos en Tiffany's, y allí guardamos un minuto de silencio por Truman Capote, y una noche nos hartamos de jazz y blues en Greenwich Village, y la cantante, negra, sensual, bellísima, le canta a ella "Love for Sale", su pieza favorita, todo desde muy dentro del alma, y otra noche cenamos en la habitación del hotel, y ella hace una imitación inolvidable de Salomé pidiendo mi cabeza, y otro día, desde las alturas del World Trade Center, nos forjamos la ilusión de poseer la ciudad de Nueva York, lo común, pero nosotros nos creemos de guardia en el Olimpo, dos divinidades, las únicas, los otros dioses se han tomado unas merecidas vacaciones, hartos de las veleidades de los mortales, allá abajo, y la tarde del último día es soleada, el invierno queda atrás, la primavera empieza a imponerse en días más largos, claros, y regresamos, ella a Baltimore, y yo a Detroit, hechos ya todos los planes, reunión en Baltimore, dentro de un mes, y tenemos, sí, una gran fe en el presente maravilloso, pero más todavía, una esperanza cifrada en un porvenir que necesitamos, y, mientras tanto, hemos vivido una mitología juguetona y apasionada de nuestra estancia en Nueva York, eso ya nada, ni nadie, nos lo puede arrebatar, y le confieso, te amo, creo que te he amado siempre, y ella, con una sonrisa que se asoma en sus ojos, responde con su voz ronca y suave, no esperaba otra cosa.
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© Fernando Arrojo-Ramos. natural de Madrid. Escritor y profesor de literatura española asociado con Oberlin College, Ohio. Sus relatos se han visto publicados en España, Méjico, Colombia y Francia, en revistas literarias como El Extramundi, Turia, Lucanor, Bitzoc y otras. También han aparecido, en traducción inglesa, en revistas americanas, tales como Chicago Review, High Plains Literary Review, The Florida Review, The Laurel Review, The Portland Review, Weber Studies, The Paumanok Review, entre otras. En la actualidad, vive y escribe en una isla del Golfo de Méjico. Este cuento se publicó, en traducción inglesa, en The Portland Review, Oregón. |
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