

Dos monjes estaban discutiendo acerca de una bandera. Uno dijo, "La bandera se está moviendo". El otro dijo, "El viento se está moviendo". Sucedió que el sexto patriarca, Zenón, pasaba justamente por ahí. El les dijo, "Ni el viento, ni la bandera; la mente se está moviendo".
Douglas R.Hofstadter en "Gödel, Echer y Bach"
No terminó el mundo, para desgracia de todos los fanáticos de la mentira y amantes de la venda en los ojos. De nada sirvió su terror, tan semejante a la estupidez; muchos, no sólo los parisinos, aprovechamos la penumbra del eclipse para brindar con el mejor alcohol que pudimos encontrar. Cuando se retiró la luna y volvió la luz, tan sólo un leve oleaje de marea a deshoras y la sonrisa avergonzada de los ignorantes. Los péndulos continuaron su movimiento, el de Foucault y todos los demás, los que demuestran la rotación de la Tierra y los que se adentran en el tiempo, los escondidos y los contemplados, los que surgen por azar y los regulados por un mecanismo de precisión; incluso la piedra al extremo de un cordel que un niño balancea para encerrarse en su aburrimiento.
Ariadna quiere ahora contemplar el péndulo, ponerlo en marcha tal y como es: inagotable, caótico, intenso, como lo son las palabras y los trazos con que lo hemos intuído. El sexo, la memoria, la sombra, el ritmo, el humo, las manos, los espejos. Tan sólo la superstición permanece quieta.
a r i a d na

Álvaro Muñoz Robledano
DESCUBRIMIENTO DE UN ATRACTOR EXTRAÑO EN EL MOVIMIENTO, APARENTEMENTE UNIFORME, DE UN PÉNDULO
(tres instantes)
Instante 1 |
Instante 2 |
Instante 3 |
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| un escaparate | vacío | vacío | el papel | sintagma | vacío | ||
| un sombrero | que se olvida | un cuchillo | que se olvida | un sombrero | que se olvida | ||
| lenin | infrarrojo | lenin | infrarrojo | lenin | excéntrico | ||
| el tacto | de números | cutáneo | un escaparate | el tacto | de números | ||
| golpear | hasta la sangre | de números | hasta la sangre | un cuchillo | dulce | ||
| un segundo | excéntrico | caótico | golpear | un segundo | infrarrojo | ||
| un cuchillo | convexo | un sombrero | convexo | golpear | convexo | ||
| el papel | cutáneo | no | sintagma | el papel | cutáneo | ||
| no | dulce | excéntrico | dulce | no | caótico | ||
| sintagma | caótico | el tacto | un segundo | un escaparate | hasta la sangre | ||

Antonio Polo
LA LIVIANA MAGNITUD DE LAS MARIPOSAS
"Fue entonces cuando vi el Péndulo".
Umberto Eco

Ninguno comprendíamos por qué al poniente se le antoja el orto al atardecer, ni por qué el céfiro arrastra pájaros de otras latitudes, solo sabíamos que un beso iniciado en Parma bien podía concluir bajo el cielo apelotonado de Verona. Ninguno comprendíamos nada de la magia de las esferas, ni por qué las vidrieras inmóviles de una catedral filtran luces de soles tan distintos, solo sabíamos que a un día sigue otro día y que a Trebujena vuelven siempre las cigüeñas. No comprendimos nada hasta que León subió a la torre aquella noche. Ávido, abstraído, sin otra inquietud que la demostración definitiva del movimiento terrestre, logró asegurar el largo, larguísimo, hilo de cobre que sustentaba la esfera de la péndola. Luego, cuando concluyó allí, bajo una oscura bóveda, mientras la esfera oscilaba de un extremo a otro del Panteón, París fue declarada capital del universo, eje supremo de las cosmogonías, jurisdicción absoluta de la quietud. Lejos de sumarse a las celebraciones protocolarias de la física, León apenas se inmutó y continuó apreciando en aquel balanceo armónico la serenidad que se reunió entonces, como las aguas, cuando atropelladamente descienden desde los inquebrantables neveros y se recogen sumisas al alcanzar la disciplina de los océanos. Y es que el Péndulo, viajaba de un lado a otro, ordenando el mundo que ninguno comprendíamos, compensado las desavenencias de las leyes y de la naturaleza. Entonces no dudamos ya del éxito de aquel concluyente ensayo, en ningún momento, ni siquiera cuando sobre la pesada esfera se posó un lepidóptero, desafiante y contradictorio. Y, sin embargo, León dudó por primera vez aquella noche. De nuevo volvió a ascender hasta el coro para comprobar que nada afectaba a la torsión del hilo, que la grávida presencia de aquella mariposa, aunque liviana y disoluta, no podría desmoronar en ningún momento el orden conquistado. Y así se fueron sucediendo las horas, entre la admiración que nos procuraba el monótono vuelo del Péndulo y el temor a que sobreviniera la más excepcional de las catástrofes. Pero nada ocurrió mientras la esfera estuvo danzando con su forúnculo alado.



Después
lo supimos todo.
Supimos
que la armonía se empolva la nariz con el tósigo de las ciénagas, que lo que llamamos
perfección, en realidad es una ensalada de endibias con aliño de petróleo, y que la luz
no es tan clara como dicen, que tiene pactos secretos con las sombras y visa de un
corsario para alumbrarnos bajo el escaso sol de una cerilla. Y es que, hasta León
Foucault, jamás ningún otro taxidermista había podido diseccionar los purulentos
tejidos de la exactitud.
Anoche
lo comprendimos todo gracias a la liviana magnitud de una mariposa.
Fernanda Varo
UN ECLIPSE VIRTUAL
El reloj de Ferdinand Berthoud que ilustra el término péndola en el Anaya de la Lengua marca las once y trece, dato este último que puede parecer nimio e incluso carecer de importancia para aquel lector no avisado (supongo que usted lo está, por esta razón y no por otra sigue leyendo); tras la péndola de Berthoud y sus once y trece (pág. 725) se sitúan (pág. 726) por orden alfabético aquí nada se deja al azar los siguientes términos: pendonear, péndulo, a, pene, penene, penetrable, penetración, penetrador, -a, penetrante, penetrar, ... únicamente uno interesa al avisado de más arriba, es decir, a usted: péndulo, -a; y más precisamente péndula o cuerpa que oscila suspendida de un punto fijo, bajo la acción combinada de la gravedad y de la inercia; vaya-vayan pues situándose: las once y trece, la cuerpa oscilante, la gravedad, la inercia, reloj no marques las horas, la ahorcada... como verá-verán son ya muchos los datos, aunque vamos a ir ordenándolos y vamos a tratar de hallar cierta coherencia en este ordenamiento a que nos vemos obligados por el suceso lector usted, ustedes son el suceso; ocurren y se me ocurren, y no pueden hacer nada por evitarlo, ustedes suceden y ocurren mientras leen, después viene a suplir su devenir la acción combinada de la gravedad e inercia.
Ferdinand Berthoud debió conectarse a las 21:15, imaginamos que supuso que la navegación resultaría cómoda y la búsqueda fructífera; sentado ante un AppleVision de 16 pulgadas, al ver dibujarse en la pantalla el portal de su navegador, no pudo reprimir o no quiso reprimir un esbozo de media risa estúpida que imaginamos fue la misma media risa que se le iba lentamente atravesando en la garganta y en el alma a medida que los minutos le acercaban a la noche.
Ferdinand Berthoud a estas alturas el nombre de nuestro navegante ya debe resultaros si no familiar cuando menos un tanto familiar, Ferdinand Berthoud, decíamos, era el prototipo de navegante pendón: a pesar de poner su empeño en atenerse a los tres ó cuatro http://www. preparados para la ocasión y sacados del suplemento de El País de los jueves, el Ciberp@ís; a pesar de esa voz interior en forma de factura telefónica que le conminaba a no andar saltando de las páginas de Ariadna a las de El Crítico, de las de El Crítico a las de poesia.com, de ésta a las de Letralia, de allí a Espéculo, de Espéculo a La Rana Dorada, de La Rana Dorada a La Mosca de Jade, de ésta a los enlaces recomendados de la misma: el proyecto Scherezade, los Grupos de Investigación del Siglo de Oro, el Festival de Poesía de Medellín... 22:00, a pesar de empeños y voces RED obliga y en cuarenta y cinco minutos el escritorio del Mac se hallaba convertido en un Marenostrum de doc. o .doc en formato source a la espera de ser debidamente legibilizados por el MacLinkPlus 10.
A las 22:00:01 la nave de Berthoud avista casualmente la péndola del Anaya, nuestro Ulises se dirige irremediablemente a la vitrina que la custodia, cuerpa igual no vieron jamás sus ojos... a las 22:00:08 un fallo en la conexión obliga a Berthoud a reiniciar el equipo, aprovecha la ocasión para distender sus agarrotados glúteos llevando sus rodillas alternativamente hacia la barbilla, uno y dos, uno y dos... son las 22:04:00 cuando vuelve a conectarse, esta vez falla el equipo: salga de todas las aplicaciones y reinicie el ordenador. ¡Joder!, ¡vaya mierda! En sus ojos el brillo bronceado de la oscilante, en sus oídos el eco doloroso de su canto: tic tac, tic tac, tic tac... logra restablecer la conexión a las 22:12, y aquí vamos a prescindir del segundero aunque anotaremos un dato sólo por completar la información que dábamos al principio, la péndula del Anaya (pág. 725) marca las 23:13:08.
Berthoud, avieso, a pesar de relacionarse con su equipo informático como se relaciona un ludópata con su baraja, apasionadamente, pero también hipnóticamente, demencialmente, infantilmente; Berthoud (Madrid, 1944, calle del Espejo, argot de chulo, zapatos de Los Guerrilleros, Levi´s 501 negros y camisa amarilla de cuellos almidonados); Berthoud, avieso, a la vez que dirige la nave hacia una péndula cuyas formas prometen cegarle ojos y colmarle lenguas, abre una de las muchas ha contabilizado una treintena direcciones en las que se aloja el trabajo de Bernardo Casado (suponemos que le odia porque le ama léase usted, léanse ustedes a los clásicos y eso quiere decir que muchos de los doc. o .doc en formato source que pueblan su escritorio son obra suya, del tal Bernardo) y toma nota de todo rasgo diferenciador y se apresura a enviar el listado de direcciones junto a descripciones físicas y morales del sujeto que ha ido redactando a lo largo de los dos últimos años a un http://www. de matones virtuales. Berthoud racionaliza lo extraordinario para alejarlo de sí y adueñarse a la vez de su magia, Berthoud comete plagios perfectos.
Son las 22:46, Berthoud continúa acercándose a su ahorcada, el estado de la mar no puede acompasar mejor este ritmo de bolero...no marques las horas... los ojos entornados ...las horas... canturrea, se deja llevar, una voz inaudible le pide que regrese: ¡vuelve Berthoud, no bailes con la péndula, no escuches su tic tac, tic tac, tic tac..! cada vez está más cerca; la ahorcada extiende sus brazos hacia las perneras de sus Levi´s 501, Berthoud no ve, oscila junto a la ahorcada. Su nave hundida. Las 23:02, las 23:03, las 23:04, la gravedad, la inercia... los matones saben que a las 23:13:08 se detendrá el reloj, los números de la Visa Oro de Berthoud se encuentran en la zona segura de http://www. de matones virtuales; el sueldo de un penene no da para mucho, pero Berthoud nunca hizo ascos a las páginas de contactos y su ser penetrable y penetrador si se pierde o se pierden, a mí también me pasa, retrocedan a la 726 del Anaya le ha convertido en el rey de los Fondos de Inversión, directivos de bancos y cajas de ahorro palmean su espalda y su culo por este orden, y no hay hija de empresario que se le resista. Las 23:10, la oscilación continúa, Berthoud, adormecido, no parece sentir la progresiva hinchazón de las extremidades de su cuerpo, no puede ver el progresivo amoratamiento a las 23:11 ennegrecimiento de su piel. Su cabeza golpea pesadamente contra el teclado, parpadea y cree acariciar a la ahorcada con su sangre. Las 23:12. La sangre de Berthoud comienza a enfriarse, el ir y venir de la ahorcada es incesante. Las 23:13:08. El reloj se detiene. No sabemos si es Berthoud el que cierra la vitrina y comprueba que la oscilación continúa siendo la adecuada. O si es Berthoud el que cierra de golpe el Anaya y con el golpe nuestra recurrente Mosca de Jade no intente-intenten encontrar este http://www. queda aplastada entre penillanura y Pentecostés. O si la péndula la que interrumpe espontáneamente la conexión. O si nuestro Bernardo Casado que abre treinta revistas a la vez y a las treinta a la vez envía el correspondiente e-mail. O si el impago de la factura. O si el eclipse.

Dámaso
EL PÉNDULO MÍSTICO
(Glosa a Dionisio Aeropagita)
No es ánima ni mente,
no es número ni es orden ni grandeza, pequeñez, igualdad, desigualdad,
- no hay nadie al otro lado de la puerta que vista de blanco celestial
no es imaginación ni pensamiento ni opinión ni razón, no es fuerza
- no hay nadie al otro lado que se vista con la túnica blanca -
no es luz, no es ciencia ni milagro, potestad regia ni sabiduría,
- no hay nadie, nada es blanco ni hay palabras -
tampoco es filiación, paternidad ni hermanamiento,
- no hay nadie ni nada hay -
no es uno, no es bondad, divinidad ni espíritu,
- no hay palabras -
no es sustancia ni edad ni tiempo,
- no hay nadie -
no es error ni engaño
- acaso nada -
no es tiniebla ni luz,
- nadie -
no es verdad.
- nada -

David Torres
IDA Y VUELTA
En abril de 1965 la oficina de contraespionaje del Kremlin sospechó que Anasthasius Brock, un oscuro funcionario de asuntos internos, trabajaba en realidad para el Servicio Secreto Británico. Puesto que se trataba de un rutinario caso de traición de poca monta, Brock fue despachado con el expediente habitual, es decir, fue puesto bajo vigilancia y empezó a suministrársele una serie de informaciones falsas, conocidas en la jerga del sector como "cartas marcadas". Unos años después, el Ministerio de Asuntos Exteriores soviético decidió incorporar a Brock en una complicada maniobra de agentes dobles en la que su tarea sería atraer la atención sobre sí mismo para encubrir una infiltración en pleno corazón de la inteligencia británica. Para facilitar la operación, Brock ni siquiera fue informado de que estaba siendo usado como pantalla cuando fue trasladado a Londres en el puesto de un asistente diplomático subalterno. Para Brock fue un resignado cambio de escenario, un paso de las lentas nevadas a las lentas lluvias y de los gélidos inviernos rusos a los fríos inviernos ingleses. A cambio de un aumento de sueldo, de categoría y de temperatura, se resignó también a separarse de su esposa, Natasha, y de su hija, Misha, por un tiempo indefinido. Poco a poco, fue reemplazando el vodka barato por la cerveza caliente y la partida de ajedrez los jueves por la tarde en el club Alekhine de Moscú por los campeonatos de dardos de un pub cercano a la embajada. Durante dos años su labor siguió siendo igual de rutinaria, metódica y gris que siempre; Brock ni siquiera sospechaba que hasta el más mínimo de sus movimientos era vigilado con una precisión que abarcaba incluso sus progresos en el lanzamiento de dardos. Finalmente, furiosos por la aparente inocencia de Anasthasius y la falta de progreso en la investigación, decidieron devolver la pelota. A una de las luminarias del Servicio Secreto, se le ocurrió que esa presencia tan insignificanteBrock era un tipo incapaz de levantar la voz y al que jamás se le miraba más de dos veces seguidas en una misma reunión- podía poner nerviosos a los rusos y, contando con el soborno de un alto comisario, logró promocionarlo dentro de la valija del cuerpo diplomático y facturarlo de regreso a Moscú con un nuevo aumento de sueldo. Brock, que se había asimilado sin problemas al húmedo clima de las islas y al insípido talante de sus gentes, aceptó el cambio con la misma resignación anodina con que admitía una trivial victoria al ajedrez o a los dardos. Además, habían transcurrido dos años y echaba de menos a su mujer y a su hija. Sin embargo, no disfrutó mucho tiempo de su nuevo cargo: uno de sus superiores, intrigado por el rápido ascenso de Brock y temiendo su propia caída en desgracia, no vio otra manera de quitárselo de encima que enviarlo de vuelta a Londres en la primera vacante que se produjo en la embajada. Ese brusco envite alertó a los sabuesos del Foreign Office, acostumbrados como estaban a la morosidad y a la pereza de la burocracia al otro lado del muro. En un principio, pensaron en detener e interrogar a Brock, pero finalmente decidieron que no merecía la pena descubrir el pastel, fuera éste cual fuera, a cambio de un dudoso beneficio, y lo devolvieron a Rusia unos meses después en un puesto más nebuloso y lucrativo que los anteriores. Durante los diez años siguientes, Moscú y Londres siguieron su absurda partida de ping-pong, aupando a un oscuro funcionario cada vez más arriba y quitándoselo de encima como si fuera una patata caliente. Brock pudo adquirir perfumes exóticos y abrigos caros para Natasha, así como enviar a su hija a un colegio para diplomáticos. Mientras tanto, durante sus estancias inglesas, perfeccionó su técnica de lanzamiento de dardos hasta lograr el segundo puesto en un campeonato de aficionados. Fue en ese mismo pub donde conoció a Margaret Leeds, una volcánica y cuarentona pelirroja de las islas Shetland, cuyas caricias compensaron de algún modo su solitario exilio. En un mundo donde todo aceleraba a marchas forzadas, Brock logró mantener su ritmo pausado y su perpleja calma en el ascenso del escalafón burocrático.
No obstante, en 1973, en plena crisis árabe-israelí, el nombre de Brock, sin que nadie supiera bien por qué motivo, saltó a la palestra durante una sesión de emergencia del servicio de contraespionaje británico. Alguien tocó las teclas correspondientes y el resultado fue que el más que posible ascenso de Brock al cargo de secretario de la embajada, fue archivado y relegado. La maniobra alertó a sus homónimos del otro lado del muro, quienes rápidamente reclamaron a Brock para cubrir un destino secundario en algún ministerio. La entrada de los jóvenes leones en los despachos de la inteligencia británica, arrambló con muchos de los anquilosados mecanismos de la vieja guardia. Cuando, en una de sus operaciones de limpieza, tropezaron con el nombre de Brock, descubrieron que nadie, absolutamente nadie, sabía a ciencia cierta la función o la utilidad de aquel viejo dinosaurio diplomático que había ascendido peldaño a peldaño. No sólo nadie recordaba qué le había llevado hasta su status actual, sino que en ninguno de los archivos secretos constaba que fuese un agente doble al servicio británico. No había pasado un solo informe bajo cuerda en todos esos años y otro tanto podían decir los rusos. De manera que se limitaron a dejarlo aparcado a un lado, como un modelo de auto obsoleto, en cargos cada vez más irrelevantes. Brock, que había consentido los vaivenes de su ascenso con una flema digna de su oficio, soportó con la misma entereza la cuesta abajo de su mala racha, los destinos cada vez más inocuos en oficinas más y más alejadas de los verdaderos centros de poder. Casi no se sorprendió cuando Natasha, acostumbrada a su sueldo de alto funcionario, le advirtió que iba a abandonarlo a causa de su romance con un comerciante textil. Su hija Misha, que vivía desde hacía años con un profesor de lenguas muertas, aceptó la noticia de la separación con un suspiro y un encogimiento de hombros que tal vez quería decir "y qué esperabas". En los brazos de Margaret, Brock logró distraerse de estos contratiempos, pero la primitiva fogosidad de su amante había cedido paso a una indiferencia que no ocultaba el paso del tiempo transcurrido. Cuando supo por una carta que Margaret había descubierto una tardía vocación lesbiana y que le abandonaba por una jovencita con la que iba a recorrer en coche la riviera francesa, Brock pidió la jubilación anticipada. Hacía mucho tiempo que, gracias a los progresos de la vejez en su vista y en sus manos, no lograba una diana a cinco pasos. No le quedaban razones para permanecer en Londres y cuando fue eliminado en la primera ronda en el mismo campeonato de dardos donde había cosechado tantos éxitos, se trasladó a Moscú. El club Alekhine había cambiado su nombre por el de una de las nuevas rutilantes estrellas del ajedrez soviético, pero seguía siendo el mismo antro de mesas de madera y suelos mal fregados. Brock pasaba allí sus largas tardes de jubilado, en el misterio de piezas blancas y negras movidas arbitrariamente por tenebrosas manos. Los domingos por la mañana solía pasear por el parque Gorki, donde, entre otras cosas, jugaba con un perro vagabundo. Brock se sentaba en un banco y le arrojaba un palo, entonces el perro corría, cogía el palo, regresaba y lo dejaba a sus pies con un ladrido que exigía una caricia y un nuevo lanzamiento. El perro le esperaba todos los domingos, echado junto al mismo banco de piedra, listo para empezar el juego. A Brock esa lealtad absurda y ese ir y venir con un palo en la boca le recordaban algo, algo perdido y olvidado, hundido entre sus propios recuerdos y sus torpes vaivenes, pero no podía decir el qué.

Jesús Urceloy
LA FRECUENCIA PENDULAR O CONVERSACION EN EL CAFÉ. Versión 2.0
"Luego, el príncipe tiró del pequeño lazo obligando a Bella a quedarse de puntillas. Su cuerpo se estiró; parecía ponerse más tenso y al mismo tiempo más hermoso, con las nalgas y los pechos tiesos. Los músculos de sus pantorrillas se estiraron, la mandíbula y la garganta formaron una línea perfecta que descendía hasta su seno cimbreante." El rapto de la Bella Durmiente (1993)
Anne Rice
Pormenores aparte, paseos, museos, cines, cenas, copas, arrumacos y besos, noche del viernes y con el sábado y el día del Señor en perspectiva, aparecieron ambos amantes en la casa del interdicto, un ático de techos altísimos sin paredes y con biombos, y una única habitación cerrada que contenía un pequeño lavabo, un pulcro bidé y un sencillo inodoro. El resto, un vastísimo cuarto de distancias y horizontes, hallábase comulgando en ajedreces, anemómetros, un lecho circular, estanterías que medio rebosaban en manuscritos, novelas y obras de consulta, mesas disparatadas, canapés, sillas de diseño, el gong de la RKO Pictures, alfombras persas y la historia general de la pintura en un desorden que amortiguaba ventanales, cortinajes y paredes. Aunque lo que sorprende es la profusión de raíles, ganchos y poleas, eléctricas o manuales, de los que penden lámparas, faroles, fanales, cables, cuerdas, cadenas, barras y troncos en diversidad de longitudes y grosores con que el techo universal de aquella estancia veíase poblado.
No se conocen(I) cuáles fueron los términos exactos ni qué diálogo desarrollaron aquellos dos seres cuando el correspondiente al sexo femenino descubrió hay que declarar que nunca ocultos- entre aquellos badajos, ciertos utensilios que si bien no habían tenido símil en la variada vida real ni imaginaria de la heroína, no podían obedecer sino a sustantivos tales como esposas, grilletes, muñequeras en toda textura y material- y otros artilugios que vulgarmente acuden a la boca para paladearse como cinchas, látigos, cinturones, correas, mordazas, pinzas, argollas y aretes.
"¿Me pegarás?" "No, no te pegaré". "Sí, que yo lo sé, me pegarás". "No, ya te lo he dicho". "No te creo". "Créeme". "Bueno, pero no me dejes marcas". "De acuerdo". "¿Lo ves? Me pensabas pegar". "Mira, haz lo que quieras, quédate o vete, me da lo mismo". "O sea, que no te gusto". "Me gustas mucho". "Pues me quedo". "Desnúdate". "¿Así, sin más?" "Sí, así, sin más". "Eres un guarro". "Sí, lo soy". "Bésame".
No sólo la besa. La cuelga esposada en cuero- de las muñecas, por medio de un gancho adscrito a una polea eléctrica de un raíl del techo, próximos a un Matisse encantador y un Delacroix impresentable, que bordean un Tapies de abucheo y un móvil bastante inestable de Miró. Y allí, con sus manos alzadas, primero la está pellizcando con mucho tacto ambos pezones, luego le hace un sugerente masaje en los glúteos con una palma de metal golpes secos y distantes que calientan más que duelen-. Después, y abriéndola de piernas, le cena su sexo con una sabiduría casi femenina que sustrae a la pendulada varios retortijones esclarecedores y absolutamente inequívocos, y acaba el condumio, tras haber colocado de nuevo aquel cuerpo ondulante a la altura precisa la maquinaria eléctrica susurra un deslizamiento casi voluptuoso- con el guarro frotando su excitación en las plantas de los pies de ella, los cuales ha ungido previamente con aceite de oliva y ha unido con unas cintas de satén por los tobillos y los dedos gordos respectivamente.
"Pues así me tuvo casi dos horas más". "¡Qué barbaridad, dos horas!" "O tres". "¡O tres!" "No veas". "¿Y eso?" "Pues que no estaba convencido". "¿De qué?" "De mí". "¿De ti?" "Sí, de mí". "Explícate".
Pues dícese que dijo la aludida a la confidente- que él supuso que ella le había engañado. Que había simulado puede que por terminar cuanto antes el circense y pendular numerito- y que él no estaba dispuesto a pasar por alto tales obras de caridad. Que tras años de experiencia y muchas y comprobadas lecturas había constatado que las señoras, si arquean sus pies hacia delante, poniendo los dedos en puntillas como queriendo alcanzar el infinito, entre los alaridos y berreos del supremo instante, certificaban de esa manera la verdad, la exactitud de sus acciones. Y que él, bien por la emoción o bien por un descuido nada disculpable, no había observado con el detenimiento preciso tales acontecimientos. En fin que no pensaba bajarla hasta una segunda y definitiva certificación de tales sucesos.
"No entiendo, entonces, cómo pudiste estar tanto tiempo colgando si ya lo sabías". "No: eso me lo dijo después". "¡Vaya!" "Y tan vaya". "¿Entonces, qué te hizo?" "De todo, de todo, no puedes hacerte una idea". "Chica, me dejas alelada". "Es toda una caja de sorpresas: no sé lo que tendrá preparado para hoy". "Así que..." "Sí". "Pero..." "Bueno, me voy, que no quiero llegar tarde". "Y yo que pensé..." "Adiós, pago yo los cafés". "Muá". "Muá". "Nos llamamos".
Y ella, la otra, desde la mesa, dice adiós con los ojos mientras deja caer resbalar- la cucharilla en su café, rompiendo por pura inercia las fuerzas de la pendulación, la frecuencia del roce. Cumpliendo las leyes gravitatorias que otra vez siguen determinando el transcurrir de su vida, sus movimientos, sus acciones. Sin disimulo(II) pero con esa precisa dejadez, esa delicadeza firme que toda mujer sabe hacer gala en público, baja su mano hacia sus pies cruzados bajo la silla. Deja posar sus dedos pendulando- en cada uno de sus tobillos, donde dos cadenitas de plata no pueden o no quieren- disimular otras dos marcas rojizas en la piel que los delatan, que los envuelven.
El reloj de pared junto al mostrador da las nueve. Nadie se ha vuelto para ver -izquierdaderecha, izquierdaderecha- la inmarcesible, la cotidiana frecuencia del péndulo.
(I) Es decir que bien por el ruido ambiente o por la discreción tonal de la voz de la interlocutora no se pudo percibir el completo contenido de la narración, pero como se demuestra en este y otros párrafos de pura prosa, tampoco fue óbice para deducir los respectivos contenidos. (II) Y cerrando los ojos y sonriendo, en este orden, casi simultáneo.
Pedro Díaz Del Castillo
DISEÑO E ILUSTRACIONES

a r i a d na
Octubre 1999