péndulo en posición i

La liviana magnitud de las mariposas

"Fue entonces cuando vi el Péndulo".
Umberto Eco

Mariposa y Péndulo

LA LIVIANA MAGNITUD DE LAS MARIPOSAS  Ninguno comprendíamos por qué al poniente se le antoja el orto al atardecer, ni por qué el céfiro arrastra pájaros de otras latitudes, solo sabíamos que un beso iniciado en Parma bien podía concluir bajo el cielo apelotonado de Verona.

 

Ninguno comprendíamos nada de la magia de las esferas, ni por qué las vidrieras inmóviles de una catedral filtran luces de soles tan distintos, solo sabíamos que a un día sigue otro día y que a Trebujena vuelven siempre las cigüeñas.

 

No comprendimos nada hasta que León subió a la torre aquella noche.

 

Ávido, abstraído, sin otra inquietud que la demostración definitiva del movimiento terrestre, logró asegurar el largo, larguísimo, hilo de cobre que sustentaba la esfera de la péndola. Luego, cuando concluyó allí, bajo una oscura bóveda, mientras la esfera oscilaba de un extremo a otro del Panteón, París fue declarada capital del universo, eje supremo de las cosmogonías, jurisdicción absoluta de la quietud.

 

Lejos de sumarse a las celebraciones protocolarias de la física, León apenas se inmutó y continuó apreciando en aquel balanceo armónico la serenidad que se reunió entonces, como las aguas, cuando atropelladamente descienden desde los inquebrantables neveros y se recogen sumisas al alcanzar la disciplina de los océanos. Y es que el Péndulo, viajaba de un lado a otro, ordenando el mundo que ninguno comprendíamos, compensado las desavenencias de las leyes y de la naturaleza. Entonces no dudamos ya del éxito de aquel concluyente ensayo, en ningún momento, ni siquiera cuando sobre la pesada esfera se posó un lepidóptero, desafiante y contradictorio. Y, sin embargo, León dudó por primera vez aquella noche. De nuevo volvió a ascender hasta el coro para comprobar que nada afectaba a la torsión del hilo, que la grávida presencia de aquella mariposa, aunque liviana y disoluta, no podría desmoronar en ningún momento el orden conquistado.

 

Y así se fueron sucediendo las horas, entre la admiración que nos procuraba el monótono vuelo del Péndulo y el temor a que sobreviniera la más excepcional de las catástrofes. Pero nada ocurrió mientras la esfera estuvo danzando con su forúnculo alado.

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Después lo supimos todo.

 

Supimos que la armonía se empolva la nariz con el tósigo de las ciénagas, que lo que llamamos perfección, en realidad es una ensalada de endibias con aliño de petróleo, y que la luz no es tan clara como dicen, que tiene pactos secretos con las sombras y visa de un corsario para alumbrarnos bajo el escaso sol de una cerilla. Y es que, hasta León Foucault, jamás ningún otro taxidermista había podido diseccionar los purulentos tejidos de la exactitud.

 

Anoche lo comprendimos todo gracias a la liviana magnitud de una mariposa.

Péndulo en posición i+180°

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